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domingo, 31 de julio de 2022

El mapeador de ausencias

'Lo que más pesa es la espera de lo que sabemos que no va a suceder'.

A mi teléfono se le enciende una luz blanca intermitente cuando he recibido un mensaje.

Mi teléfono cuando está sin luz es un templo entero cayéndoseme encima.

Un laberinto de ventanas con forma de precipicio.

La dignidad es una mierda cuando a este lado del teléfono me duele y no consigo cambiarlo.

Mi cerebro no encuentra salida. Acaso el cuerpo pueda. Atravesar y escapar de esta forma de estar. El cuerpo como una llave. 

Voy a ducharme. Necesito quitarme de dentro este calor malo.

Hoy vi Margalida y leí tanto que ya no puedo llorar. Aunque ella viva al lado del mar y yo tenga todas las ganas.

Mientras recogía la ropa tendida, me he acordado del médico de cabecera, que una vez de niña me recetó no leer durante una semana. Mi madre me había llevado. No recuerdo qué me encontraba. Supongo estaba solo como soy, pero a ella nunca le ha gustado eso. Recuerdo la consulta perfectamente, el sentimiento de vergüenza que sentía, allí sentada, expuesta ante aquella desconocida que para mí era mi madre. Cuando salimos, cogí aquel, ‘la niña que no lea en una semana’, y me lo colgué del brazo. Como un bolso de plástico y de asa corta.

Mi madre prefiere que si salgo a la calle me deje puestas las gafas de sol. Para que la gente no me vea tanto la cara.

También me he preguntado si debería cambiarme el nombre. No es que haya lavado tanto, pero pienso mucho. 'Los nombres son anclas', pero este a mí, no sé si por defecto o por exceso de peso, no me sirve. Con este siempre estoy extraviada. O perdida o estancada. No remonto. No navego. 

El mar como una isla inaccesible. A la distancia de un coche que nunca quiero coger. Si me bañara en el mar, quizá el cerebro dejaría de arderme y podría peinarme.

Yo antes tenía un proxeneta, sin que ninguno de los dos lo supiéramos. Porque me sentía encadenada a su voluntad y hacía todo lo que él quería y con quién él quería. Margalida también se acostó con muchos hombres cuando mataron a Salvador. Porque no sabía qué hacer para seguir viviendo. Así tuvo a su hija-balsa. A veces las balsas cuando son hijas, aunque no sean auténticos barcos, pueden salvarte. A mí en cambio, aquello me sirvió para perder todas las fuerzas y quedarme sin brazos.

Mi teléfono es una mina antipersona que me estalla a diario en el pecho y me hace añicos. Tengo una colección de prótesis de madera ametralladas. De dentro y de fuera.

Me duele la cabeza. Mi cerebro es un amasijo de tripas con agujas. No sé si sabías que cuando se hace un tac de un cerebro que duele, salen los puntos blancos del dolor reflejados. Como un cielo de estrellas centelleantes, aunque sin azul. En blanco y negro.

Si pudiera hacerme tatuajes, me pintaría todo el cuerpo, la cara. Si pudiera hacérmelos y no doliesen.

Ayer dormí una siesta con sueño. Soñé que mi chulo volvía y me traía a otro cliente y que yo volvía a hacer sin remedio lo que él quería. Me dejaba encular. Pensé, mientras me dejaba hacer, que era raro, porque ya no me dolía. De repente pasamos de estar en una habitación donde él dirigía y miraba, a estar en mitad de una rotonda donde un camión de reparto de refrescos estuvo a punto de atropellarnos. En mitad de la calle, el desconocido se salió de mí y yo ya tuve la certeza definitiva de que soñaba porque tampoco olía. Así que hice lo que pude, como ocurre siempre cuando se sueña, y dejé al chulo esfumándose en una de las esquinas. Al otro le pedí la mano. 

Me gustó que me la diera. Ver el ángulo que formaban nuestros brazos al unirse. No lo conocía. Le pregunté su fecha de nacimiento. Era del sesenta y nueve. Esa fecha me servía. Sin ninguna connotación. Era solo un poco mayor que yo. Ni muy mayor, ni muy joven. Yo lo conducía por las calles de la mano. Me contó cómo fue que había llegado a mí. No era guapo. Llegamos a un bloque de pisos. Yo conocía a la dueña del bajo. Parecía que nunca hubiese dejado de ser una prostituta. Nos pusimos a hacerlo, esta vez porque yo quería, aunque fuese feo. Solo por la esperanza de que tocándome me resucitase y me crecieran los huesos y la carne. De repente, una de las paredes se volvió de cristal, y al otro lado, se hizo una plaza con gente mirándonos desde los balcones. Gritaban. Se reían señalando hacia nosotros. Entró una niña pequeña en la habitación. La cogí en brazos para cubrirme la cicatriz del vientre. Con ella encima, tendida hacia atrás intentaba que tampoco se me viera la cara. Que no pudieran reconocerme. Tapada con una niña-escudo de dos o tres años que ya no podía ser mía, aunque yo había tenido una.

Me desperté sudando. Hacía calor. 

El hombre del sueño me dijo que confiara, que no había nada de lo que preocuparse que, aunque estuvieran al otro lado, ni siquiera podían vernos. Me aseguró que, en cualquier caso, aunque aquello hubiera sido un escaparate, a nadie le importaba lo que hacíamos.

Y aun así me desperté sudando porque hacía calor.

Y eso que me hubiera seguido seguir soñando, hablando con ese hombre que era feo pero que tenía manos-agarre y había nacido en un año bueno.

Quién sabe si hasta me habría besado.

Leo El mapeador de ausencias.






domingo, 24 de mayo de 2020

Eslabones

Leo Eslabones de Nuruddin Farah. El primero de la trilogía del que ya leí el tercero. No importa, sino al contrario. Hay pasados que son más grandes que nosotros, imposibles de dimensionar. Que necesitan ser contados y leídos. En realidad, no sabíamos nada. Llenos de buitres. 


Tic-tac-tic-tac

La casa está llena de relojes que miden los tiempos: los lentos, los que van demasiado rápido, los que dan igual dos días antes o después. No quiero tener una colección de relojes que no nazcan de la tierra.

Estoy cansada en un giro que aburre a todos los que ya saben que siempre estoy cansada. Pero que mi cuerpo soporta creyendo que ya no puede más. Los ojos demasiado secos.


Día-noche-día-noche

En la casa hay solo dos espejos de medio cuerpo, que devuelven imágenes distintas según sea de día o de noche. A la del día le cabe aún un espacio de compasión. Diminuto. En una esquina. La de la noche es grotesca. Devuelve un amasijo de carne que se espanta a sí mismo. Como si surgiera de un grabado negro y sordo.

El mundo de Alicia se ha vuelto loco atrapado en sí mismo. Sin poder ver su tamaño real.


Un eslabón-otro eslabón-un eslabón- … conforman una cadena.

Leo Eslabones de Nuruddin Farah. Página 62: ‘En ese trayecto, fue como si su vida se hallase en una entreplanta, entre el piso llamado “Tedio” y el piso llamado “Esperanza”.

En Madrid existe una estación de metro llamada Esperanza, en la que trabajaba de guardia de seguridad un caballero que yo imaginaba andante. Solo porque me llamaba hermosa.

Me duele el estómago porque tomé casi un litro de helado de chocolate. Terapia para que duela menos.

Los pájaros han invadido el cielo. Nos hemos quedado sin azul. Sus trinos son estridentes. Insoportables si se pudiera decir. Porque mis oídos han ido creciendo y creciendo sin control y sin alas. Anoche incluso me visitó una mosca. Zumbaba como un mosquito, pero en sordo de mosca. Insolente. Sin campo.

Me está costando dormirme. Una vuelta, otra vuelta. No consigo pintar puertas mágicas en las paredes, ni inventar un cuerpo en mi cama. Se me están olvidando los abrazos. La saliva. Oler.

Ya no tiro alambres de un tejado a otro para escalar equilibrios. Sin estatuas. Tengo calor. Pesada a plomo.


Fortunata-Jacinta-Fortunata-Jacinta

Fortunata sube continuamente los escalones de una casa en cuesta que hay en la parte alta de la calle Toledo, llegando ya a la plaza Mayor. Altos, gastados de antes. Los sube a dos, con los ojos muy abiertos. Como si no pudiera esperar más a llegar arriba y abrir la puerta. La he visto esta mañana cuando pasé por allí corriendo. Como si se le escapase la vida.

Solo los sube, nunca los baja. Bajarlos los baja Jacinta. Resignada, con sombrero a la moda y vestida de verde. A pesar de asomarse a finales del siglo XIX, la pancarta del ‘No pasarán’, ya ha pasado, y los caciques siguen voceando su libertad.


Una piedra-otra piedra-una piedra

‘Mátalo, mátalo’- gritaba Doña Perfecta. Era una ‘Crónica de una muerte anunciada’ pero sin Caribe. Llena de envidia. La gente de siempre cogida del pescuezo con la soga bien corta.

Las mismas manos de unos y de otros. Las mismas cuerdas. El mismo llanto de los girasoles y las giralunas.


Razón-locura-razón-locura

Ayer vi Entre la razón y la locura. Emocionada asistí a los diálogos de las palabras encadenadas y al dolor de vivir en lo que no existe.


Una ola-otra ola- y otra, … hacen un mar.

Tengo sed. Demasiado helado de chocolate. 

En julio vendrá el mar, pero antes llegará junio con todo lo esperado y todas sus incertidumbres. Quién sabe si Fortunata dejará de subir, si los espejos se romperán.

Las palabras son eslabones. Y peldaños para alcanzar lo imposible. Deseo-desear. Poner una escalera.


Los pies, mis pies, anticipan los archi-pie-lagos en la orilla.


(Levitando, Estela Cuadro)




sábado, 9 de junio de 2018

Bosquejo


Si me pusiera a escribir, qué escribiría.

Si tuviese que elegir un nombre, cuál elegiría.

Ando los soportales de la plaza como si ese fuera el sitio en el que aguarda el tiempo, donde puede encontrarse lo perdido.

Los pasos perdidos como las lágrimas de madre siempre son amarillos.

Empujo la puerta. Me adentro en el archivo donde se guardan todos los nombres. Todas las fechas.

Nació. Murió.

Desaparece el ruido. Solo avanzo. Me cruzo con caras que llevan personas dentro. 

Los nombres están llenos de polvo. Se pierden los hilos que los unen. El sentido de los tesoros. Nació.

Atravieso la frontera de nuestros mundos. En la esquina antigua pusieron un café moderno. Vuelvo de nuevo al mío. Con una bolsa con libros. Con pan que huele a pan. Compro una nueva planta.

Me duele la piel de las manos. Limpié los suelos. Olvidé cuidarlas. 

Si me pusiera a escribir, qué escribiría.

Fuera de la cabeza. Fuera de los ojos. Del loco que cruza la calle hablando. Tombuctú. Qué escribiría.

Elegí una canción que no es del todo mía. Tiene arena. Está lejos. Después de muchos días.

Pienso en el general Dann y en su perro de las nieves. Su camino es intransitable. Lleno de ciénagas.

Si pudiera elegir qué escribir, elegiría La estación de la sombra o los páramos de Comala. Con sus voces. Con su lluvia. Con sus manos cuarteadas. Olvidé cuidarlas.

En noviembre quiero ir a Ruanda. Quiero visitar una selva. Nacieron. Murieron.

Quiero escuchar el sonido del agua. Bañarme en ríos fríos. Volverme azul. Tocar el sol. Decir los nombres.

Tengo una amiga. Tengo otra amiga y otra.

Tengo una hermana. Tengo otra hermana.

Tengo una prima. Tengo otras primas y otras.

Tengo una tía. Tengo otras tías y otras.

Tengo una madre.

Tenía una abuela y también otra.

Todas tienen un nombre. Una historia.

También tenía una vecina con rosas amarillas. Y otras de antes y de ahora.

Y una perra. Tenía una perra que se fue en junio. Como Saramago y su Blimunda que ve las voluntades. Cierra los ojos. Come pan duro.

Casi se me olvida. Porque ella está hacia adelante. Justo de mí, tengo una hija. En la habitación de al lado.

La tarde. Los geranios en la ventana.

Si me pusiera a escribir cómo sería que contaría una historia Del color de la leche.

Después de atravesar países fue detenida en Libia. Otra mujer atrapada en su destino. En la cárcel fue obligada a prostituirse. Aunque no había quemado ninguna casa. Cargando cubos con piedras. Corre, no para, su niño.

Si tuviese que elegirle un nombre, cuál sería.

Esteban, se llamará Esteban, dijeron las mujeres de los pescadores.

Echar las redes al mar. Recogerlas. Tirando con las manos.

Elegí una canción. Khawuleza. Khawuleza, mama. Date prisa, mama. No te dejes atrapar.

La canto como una nana. Los niños duermen juntos. Con sus nombres colgando en las cunas. Atrapando los sueños. Date prisa, mama.

Todos los nombres. Todas las caras. Todas las manos.

En el mismo sitio. A través de la ventana veo a los pájaros volando el cielo.

domingo, 9 de julio de 2017

Un grano de trigo


Para que crezcan mujeres y hombres libres. 

A veces pienso que puedo cruzar el África de los hombres en solo dos zancadas. Arrancar en el Egipto de Naguib Mahfuz, apoyarme en la Kenia de Ngũgĩ wa Thiong'o, y volver a avanzar la pierna izquierda hasta la Sudáfrica de J. M.Coetzee. Sus mujeres habitan otro continente en mí. Entre ellas, Doris Leasing, con la que a veces me curo. Hay quien no la considera una autora africana. Yo siempre vi su literatura negra. Enraizada. Sin matices. Atravesada de caminos. Existen otros y otras muchos. Van llegando. Son paredes, puertas, ventanas, tejado incluso, todo lo que hace mi casa. Son ojos, remos, dedos. Pelo. El propio esqueleto que se tiende para que descanse, que duerme la siesta en el suelo. El que anda. El que te deja huérfana.

Hay un mapa dibujado en mi cuerpo. Pintado en el pecho. Alrededor de la tierra de África está el mar. 

Terminé ‘Un grano de trigo’ de Ngũgĩ wa Thiong'o. Lo leí febril de pura hambre. Como siempre que lo leo. Es un libro de una profundidad y de una belleza mayúsculas. Se adentra en la tierra. Frente a Thiong’o siempre me siento tan agradecida. Tan pequeña.

Sembrar hombres y mujeres. Atravesar la vida libres.

Los libros siempre llegan cuando tienen que llegar. Aunque no le tocaba, antes de salir de la casa, se empeñó en acompañarme. El vestido largo, el estómago apretado. Un libro valiente. Yendo hacia el cementerio civil, a acompañar, a enterrar con y en dignidad a Timoteo Mendieta. A enterrarlo como hombre, en una caja de hombre entero.

Para que broten hombres y mujeres libres.

Entre aplausos, las manos hechas hojas de palabras. Un paso atrás. Para no entrometerme en la intimidad desnuda del dolor de Ascensión Mendieta. En el tiempo desaparecido en el instante. En la urgencia del duelo no hecho. Sobrevenido. En las distintas edades que todos tenemos. Cantamos a la tierra. Nos sentamos en ella y levantamos la vista.

En la ida, a la salida del metro, conocí a Horacio con H, como Martín. Argentino. Por su trabajo y mientras esperábamos, hablamos del exilio de Juan Ramón y Zenobia Camprubí. De Huelva. De Platero. Y se hicieron presentes. Yo le enseñé el libro con pudor. Luego nos sobrevino la emoción y cada quien hizo con ella lo que pudo. Desde la parte de atrás de la cara se forman los surcos. 

Enterrar hombres y mujeres libres para que broten como semillas.

Llegar cuando tuvo que llegar. Estamos hechos de tantas edades distintas. De niños que no envejecen. De viejos que no tocan. De tantas miserias y grandezas. Somos de agua de olas.

Frente a Thiong’o, frente a la Memoria, frente a los Kihika y a las Mumbi, frente a los Timoteos y a las Ascensiones, me siento tocada por el don de la vida.

Aplaudo su camino. Compro flores moradas en la plaza. Sentada en este sofá rojo, intento escribir para exorcizar lo revuelto, limpiar las paredes blancas de esta casa mía de dentro. Lenta. Espesa.

Terminé ‘Un grano de trigo’ de Ngũgĩ wa Thiong'o. ‘Cambiaré la figura de la mujer. Tallaré una mujer … embarazada’.

Frente al silencio, frente al miedo, lo que tú siembras, sí es el cuerpo que va a brotar. Somos árboles.




domingo, 28 de mayo de 2017

Ellas [también] cuentan

Ellas [también] cuentan es un libro, una antología maravillosa de narrativa breve y poesía de escritoras africanas de expresión inglesa de mi compañero del Club de Lectura Mamah África (él llegó antes), Federico Vivanco (Baile de Sol Ediciones, 2017). Agradecida.

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Lo empecé anoche. Me emociona. Me he trenzado el pelo. Me hormiguean los dedos de las manos, los labios. Cada capítulo abre una puerta.

Lo último que he leído, el relato Ekow de la ghanesa Ayesha Harruna Attah. Lo hice en la ‘cafetería del espejo’ que seguro tiene otro nombre, aunque no para mí, que los voy superponiendo. Como tatuajes que no puedo hacerme: Alabama Monroe. En la mesa larga me escondí detrás del jarrón con raíces invertidas. Para no ocupar espacio, ni para los de dentro ni para los de fuera que estuviesen por llegar. Que no moleste. Que no me note. Solo un café. Enfrente, el portal verde descolorido, y nosotras con el estómago al revés en la boca (decoración interior propia), incapaces de traspasarlo. Azúcar moreno. Gachas. ‘Querida, dice ella, ¡Eres puro hueso!’. La mesa de la ventana abierta que nos conocía ha quedado libre.

Salgo. He comprado un vestido y un pañuelo amarillo, medio pan de trigo y centeno.

El umbral de los padres como horizonte. El cuadro del museo como horizonte. El final del campo de girasoles como horizonte.

Recogí dos libros que había pedido me reservasen en la librería. Encargué otro como a veces lo hago, con el apellido del escritor con las consonantes cambiadas. Costumbre. Rayuela. Arayala. Ya no lo veo. Todos los nombres extraviados detrás de un mostrador.

***

Ayer te conté una historia de cuando era pequeña y yo aún no lo sabía. A recaudo. Corría entre los tallos verdes de los girasoles. Las hojas grandes como caras. Las flores de un amarillo-sol imposible, haciendo acrobacias en el aire. Cargadas de semillas. Por encima, cubriéndome la cabeza. Como sombreros. Eran altas, enormes y hermosas. Conformando un cuadro. Al final de la sala con suelo enlosado. Como un tablero de ajedrez. Corría y corría, abriéndome paso, remando con los brazos entre los girasoles. En otra vida fuiste un remero, me dijo el chamán. Corría y corría, animándome a seguir. Con una determinación que luego no recuerdo haber vuelto a tener. Pero entonces yo aún no sabía del tamaño de los girasoles. Ni del mío. Por debajo del cielo. Corría y corría. Era una saltadora de vallas con el único propósito de alcanzar el horizonte que atardecía. Mis pies que escapan el suelo, los brazos como remos, el pensamiento una liana que no cesa entre los tallos. Si sigo un poco más, llegaré hasta el horizonte. Ya está más cerca. Solo es necesario correr hasta el final del campo de girasoles. Solo hasta el final y habré llegado al horizonte por donde el sol atardece.

Casi cinco años. Mi madre hizo un flan y le puso bolas de merengue. Cinco años. El vestido solo podía ser azul. Cinco años y me viene la imagen del hombre de los perros que me daba miedo. La barba. Sus dientes. El hombre. Los perros.

Ayer te conté una historia de cuando era pequeña y aún no sabía que no es posible alcanzar el horizonte. Aunque se pinten cuadros y se visiten museos. Ganan las blancas. Pierden las negras.

Agotada, me di la vuelta, y deshice el camino largo. El campo de girasoles. El melonar de al lado. Subí la cuesta que lo bajaba. El melonar de nuestros esfuerzos no estaba reservado para la belleza del sol que solo se ponía a la derecha del padre. Ni para las respuestas. Las hojas que me pican las manos. Subí a cuatro patas porque no podía más. Estaba tan cansada. Los terrones secos. Empinados. Sin recompensa para los sueños. Al final de este camino estaba el cansancio de mi madre y su dónde has estado.

***

El amarillo de los girasoles de Van Gogh que no pueden atrapar las fotografías. Ni las reproducciones.

El tamaño de las flores que me cubren la cabeza.

El pan frito con azúcar. Duro.

Casi cinco años. Los perros que ladran. Sin horizonte.

La hija que ahora solo sabe ser su madre. Las raíces invertidas en una vasija de cristal.

La voz de las que también cuentan. Los pasos. Las manos que se sujetan el vientre frente al portal verde. Parirse.

Entro en la casa. Remar en un mar de papel dibujado en un atlas.



domingo, 12 de marzo de 2017

El cuaderno dorado

Domingo tarde. Leo ‘El cuaderno dorado’ de Doris Lessing.

Leerla me cura por dentro. Me serena.

Doris Lessing es de color amarillo.

Quiero reescribir uno de mis posts anteriores, ‘El otro pie de la sirena’. Pero dentro del agua, alegre. Un pie de madera que se vuelva pez. Que no tenga taras. Encontrar los colores de pintar.

Hoy estuve a punto de comprar un geranio. Solo a punto. Si lo compro no sabré sostener su belleza quieta en la casa con techo. Con las manos abiertas de quien no puede hacer nada. Esperaría a que le saliera la primera flor y me lo comería llena de hambre. A dos manos. Hasta escupir la raíz. La boca de tierra.

Es domingo, Doris Lessing es de color amarillo, el pie de madera de la sirena en el agua es un pez y los geranios abren patios.

Arrastro la mano por la pared blanca del de mi casa. Como si tocara letras de nombres.

Leo a Doris Lessing porque me sana por dentro. Me gusta tocar las piedras.

Intento imaginarme a Paulina, la protagonista de 'el otro pie', sentada a la orilla de un riachuelo que salta su agua entre las piedras. Una sirena de carne y hueso, con la falda abierta y remangada y los pies más descalzos. El bueno quieto apoyado en el lecho, el de madera alegre, moviéndose inquieto. Lleno de escamas verdes. Escurridizo. Incapaz de dibujar precipicios. Intento imaginarme la selva, su piel negra, los dibujos de su ropa. Pero se me escapan. No lo consigo. El hatillo lleno de los alambres que le salen por la boca está anudado a un lado. Pero ahora no importan. Aunque se retuerzan.

Paulina echa el cuerpo hacia atrás en la orilla. Sin sacar los pies del agua. Siente su espalda tumbada, el descanso en la nuca. Le suenan las tripas. Escucha sus tripas. Siente el cerebro enfriándose con la tierra, el pie este izquierdo que se le escapa, da igual en la tierra que en el agua. Como si no fuera suyo.

Intento imaginármela riendo en el río pero está demasiado cansada. Le dibujo el deseo trepándole los muslos, pero incluso así, Paulina se duerme. Como si hasta ahora solo pudiera ser piernas, una coja, sin resto de forma en el cuerpo. De no dormir. Demasiado cansada de andar enterrando estrellas caídas todas las noches. De andar vendiendo fetiches en el mercado todos los días. La dejo estar. Cierro yo también los ojos y a tientas vuelvo a su casa con el patio gris.

Lo encalo. El geranio que no quise comprarme esta mañana ha florecido en mitad. Han desaparecido los arriates de espinos. Como un Guernica sin Guernica, solo con flor.

Volvéis. Nos sentamos en el rebate de la entrada de la casa. Los perros son perras y mueven el rabo. Como si no estuvieran hechas de pan duro. Me siento feliz. Paulina, Doris Lessing y yo. Leales entre nosotras. En silencio. Mirando al frente. Nos hacemos color. Violeta. Amarilla.

Yo soy marrón. Como una lluvia de barro. Sonrío, me siento acompañada, les doy la mano.

Es domingo por la tarde y leo ‘El cuaderno dorado’ de Doris Leasing de las mujeres libres que se sientan en rebates para mirar al frente si les da la gana. La ropa tendida. Me suenan las tripas de sirena de Paulina dentro. En un concierto glorioso de chasquidos de leona sin cojera. Busco mis manos, mis ojos.

Es domingo por la tarde. Intento escribir pero solo consigo quedarme en la superficie. Caótica. Enredada. A manotazos. Quizá simplemente sea que no pueda escribir desde donde no estoy.


lunes, 12 de enero de 2015

Hope Ibrahim

Cuando nací mi madre me llamó Hope y así parió conmigo, en carne y hueso, toda la esperanza amarga que había estado creciendo en sus ojos. Apretó los dientes y sin quererlo me volvió de sal.

Mi abuela con sus brazos de piel larga, me lavó y me colocó al cielo, hasta que me volví tan negra como una noche de luna escondida. Con una raíz desenterrada me peinó el pelo, formando un océano de olas revueltas. Sonrió en algún lugar perdido de su cara y escupió en mi frente, queriendo salvarme de la dura carga de nacer con los sueños de otros.

Me gustaba pisar la tierra descalza. Corría y corría con un vestido blanco de pequeñas flores bordadas. Los rizos al aire. Los dientes al viento. Con una voz escapista de las cosas del mundo.

Me gustaba limpiarme la cara con las manos y luego las manos en el vestido blanco. De arriba a abajo. Como si encalase una pared. Jugando a esconder los colores de las flores.

Mi madre siempre con su cuello alerta, me sacudía agarrándome de un brazo. Hope sucia. Esperanza sucia. Es tu único vestido. Yo estoy demasiado cansada, tendrás que lavarlo tú.

Me sacude. Ya no recuerdo si lloro. Solo que su mano se me hunde por dentro, como si pudiese abrirse paso hasta agarrarme el pecho donde yo crío en jaulas mis vísceras blandas. Corro hacia el patio de atrás. Ahí está el cubo. Hope sucia. Esperanza sucia. Me meto entera. Agazaparme, mojarme y muy rápida levantarme abriendo los brazos. Con la cabeza hacia atrás. Simulando un salto de agua. Froto el vestido y meto el pelo dentro. Chorrea en un mar plano, en calma.

Mi abuela mastica hierba sentada en la puerta. Limpia semillas en la falda. Me siento con ella con un puñado en las manos. A mi abuela no le importa si mi vestido blanco se ensucia de barro. No me acaricia porque no sabe. Solo sabe peinarme como si quisiera arrancarme el nombre.

Solo tengo cinco años. Los zapatos de la escuela, los únicos que tengo, tienen la suela rajada. Si llueve mis pies hacen ruido de charcos.

Mi madre trabaja. Siempre está cansada. Es guapa pero parece más fea que otras madres.

Es primavera. Mi abuela llora lágrimas nacidas secas y mi madre sigue apretando los dientes. Me coge de la mano, el vestido blanco con flores de colores puesto. Los zapatos rotos. Tira de mi brazo negro con su mano negra.

Hasta ahora nunca había visto el mar. Este es el río, Hope sucia, Esperanza sucia. Cuando lleguemos al otro lado podré comprarte unos zapatos nuevos.

Hasta ahora nunca había visto la luz en los ojos de mi madre. Hope mía, Esperanza mía. También de sal. Con las olas en el pelo. Tu mano.



Hope Ibrahim falleció el 19 de abril de 2005 mientras su madre intentaba cruzar el Estrecho con ella en brazos. Ese mismo día mi hija, Hope mía, Esperanza mía, cumplía 5 años. Ese mismo día, Hope mía, Esperanza mía, mis zapatos de niña seguían teniendo las suelas rajadas.


Miro el Estrecho desde la atalaya del cementerio blanco de Tarifa. Siempre con tanta fuerza ‘pa’ dentro, que traga, en el agua. Me siento en un banco pegado a la pared. Cierro los ojos al sol y al viento echado hoy. Emocionada. La piel larga de la abuela. Las piernas flojas de la madre. De los ayes enterrados con los muertos sin nombre, han crecido tréboles. Hope mía, Esperanza mía, al menos tú tuviste tu nombre. Me trago el aire. A la ea, la ea, la niña, ea. A la ea, la ea, te doy la mano.





martes, 13 de mayo de 2014

NEDA




Escucho ‘Neda’. La escucho sin imágenes. Me eriza la piel. Me cierra los ojos. Recurrente. Los conecta con la garganta, y la garganta con el pecho, y el pecho con el vientre. Giro y giro sin parar con los ojos cerrados, intentando encontrarme.

¿Cómo te llamas? Me llamo Neda, que significa voz. Voz.

Y mi voz nace del vientre.

Voz, María, voz. Deja de flotar tranquila en el pozo de dentro. No te recrees en las paredes ni en las barandas verdes que conforman tus costillas.

Voz, María, voz. Sal a la calle, descansando los ojos que buscan ventanas. Trepa, María. Trepa hasta la boca. Vístete hermosa con el vestido nuevo. Búscate una tapia con sombra y apóyate en ella conformando un cuadro pintado. Siéntate debajo de un árbol. Sonríe mareas.

Voz, María, voz. Compra cajas para guardar tus cosas. Tu ropa, tus libros, tus piedras pintadas, tu árbol de los deseos, tu mujer al viento, tu bailarina dorada.

Voz, María, voz. Siéntate en las cajas cerradas. Disfruta de la cima de esta montaña. Recuerda que eres alpinista de sueños. Riega las plantas.

Voz, María, voz. Píntate el cuerpo con un encaje de henna. Pasea por la casa desnuda. Desnuda, María, sin miedo al cuerpo vivido.

Voz, María, voz. Levántate y anda con tus dos manos y tus dos rodillas magulladas. Olvídate del arpa olvidada en el ángulo oscuro.

Voz, María, voz. Para seguir escuchando. Para seguir siendo consciente de ti. Con todas tus miserias y todas tus grandezas. Para no olvidarte.

Voz, María, voz. Cuando puedas, deja de flotar en tu pozo adornado de nenúfares, de cortinas doradas. Deja de flotar y mira hasta que consigas alejarte del espejismo de los muros de las ciudades invisibles. Trepa el verde, Neda. La luna en tu ventana.

Grita, María, grita. Grita, María, grita tus desiertos. Grita tu nombre. Corre, hasta que cada célula vuelva a respirar.

Vomita el agua, María. Sin vergüenza de hacerlo. Para no ahogarte. Para que nazcan ríos en África.

Voz, María, voz. Hasta que sea otra vez azul. Muy azul.

No te mueras, Neda. Resiste. No te venzas. No encuentres tu lugar en un mundo pequeño.