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jueves, 2 de mayo de 2024

Mrs. Vértigo

Ayer por la mañana temprano, todavía en la cama, me encontré con la muerte de Paul Auster.

Paul Auster será siempre Tombuctú, un perro que asoma su cabeza en un cuadro de Goya llamado la muerte, y cruza una autopista que en mi memoria es de cinco carriles, jugando a la ruleta rusa con su vida. En un juego en el que solo puede perder. Aunque en mi fantasía siempre está vivo, arrancando su primera carrera, esquivando al primer coche.

Ha muerto Paul Auster y Mr. Vértigo apenas se sostiene a cinco cm del suelo.

Como homenaje pienso que debería volver a releer uno de sus libros. Que no sean estos dos que más me gustaron. No podría. Sería casi como profanarme por dentro. Ni tampoco La invención de la soledad.

Me levanto y voy a la estantería para leer el primer párrafo de su último libro. Aunque lo leí hace solo unas semanas, no recuerdo los detalles. Con solo el primer párrafo, con Baumgartner escribiendo y recordando que tiene que bajar al salón donde la noche anterior había dejado olvidado un libro que necesitaba para una de sus citas, se despliega toda la novela y despierta mi memoria. Doy un salto en ella al destino final y me hundo un poco más en los cojines, tapándome hasta la barbilla.

Ramón menciona e intenta imaginar en su libro póstumo, el país de Cancerland que acuñara Auster, sus barrios. A Ramón también le gustaba Nueva York, pero no sé si existirá algo así como un Brooklyn en el País de los Enfermos, otro término que también tanto utilizamos en los últimos meses.

Porque me gustaba tanto Paul Auster, el cachorro de zarpas enormes que José Juan y yo recogimos abandonado, se llamó Brooklyn. Cuando de adulto se levantaba sobre las patas traseras, podía apoyar las delanteras sobre mis hombros altos. Como si bailáramos. La perra Maya que no era precisamente una perra pequeña, se paseaba entre sus patas erguidas, como si cruzara por debajo de un puente.

A Maya y a Brooklyn les gustaba correr la playa. Como a la milana bonita le gustaba volar el cielo.

A la derecha de la cama, en una acrobacia sostenida sobre el cuadro de la piedra del corazón, la golondrina de Maribel juega con el pez naranja de ahora-vamos-a-contar-mentiras y con la piedra de cuarzo. Otro corazón.

Se ha muerto Paul Auster y ninguna de las personas o animales que viven en mis objetos, están ya en mi vida diaria. Sin que me haya tomado todavía el café, y ya duele hoy el día.

Pausa.

He salido a correr para sostenerme. Deshojo la margarita de un me quería o no me quería, como si mi vida no existiera completamente al otro lado de las páginas de los libros.

En estos meses de duelo, he sido invisible para la mayoría de la gente. En un mundo donde todos exponen sus vidas en redes sociales, nadie me ha preguntado, como se preguntaba antes en el pueblo a las mujeres vestidas de negro: Y a ti, ¿quién se te ha muerto?

Hallo en falta el negro que anunciaba que algo te dolía, que te daba derecho a inmolarte un día sin que mediara explicación.

Hoy el duelo es mudo, invisible. Es un territorio prohibido.

Me ducho y vuelvo a meterme en la cama. Leo. No quiero salir del cuadrilátero de El luchador. Otro Tombuctú dispuesto a reventarse el corazón.

He pedido paella para comer. Estoy para adentro. No me gusta cocinar.

Leo. Veo un documental. Me acuesto temprano. Enfadada. Enfurruñada con la interinidad con la que siento mi vida a la que no consigo darle un sentido mío. Funambulista.

Dormí mal. Los gatos han ido y venido toda la noche por la almohada.

Frente al reflejo de la ventanilla del metro que me lleva a Atocha, en este día festivo en Madrid, donde los altavoces instalados en la calle Mayor escupen lo más rancio de las patrias, pienso que al menos a Siri Husvedt, todos le reconocerán su pérdida.

Pienso en el título elegido de este blog, que me dibuja en una frontera-destierro permanente. Invoco a Martha Wainwright cantando Proserpina. 

Mrs. Vértigo absurda con los pies clavados al suelo. Resquebrajada.

miércoles, 22 de junio de 2022

Porque no quedaban entradas para ver a Patti Smith

Hoy soñé que P se mudaba a un campo lleno de luz y de árboles a las afueras de Madrid. Aún estaban montando su casa, y amontonaban sus cajas en un almacén al final de su parcela de campo. Donde se pondría el sol de Klara y el sol, el que podría hacer que se cumplan tus deseos si esto no fuese el mundo y su vida. Así que efectivamente se han mudado, porque cuando lo sueño así es porque ya ha ocurrido. Aquí al lado en mis sueños porque están cerca, muy cerca de mí. P siempre me ha regalado la LUZ con mayúsculas: ‘gracias por la luz’. Es mi padrino de luz. Me salvó la vida. Me sacó de mi abismo de mar dibujado con ceras en una cartulina. Mi madre sin saberlo le da todos los días las gracias. Sobre todo en los días que no quiero hablar, que no cojo el teléfono pero que al menos escribo para decir un no te preocupes, solo es que no tengo ganas. Aprendí frente a la oscuridad, mantener sino una red, un hilo de amor. Porque P me enseñó a darme permiso para de vez en cuando no estar bien.

Yo le doy las gracias. Emocionada mientras escucho a Patti Smith en el ‘A hard rains’s a-gonna fall’ en la entrega del Nobel de Literatura. Una y otra vez, ‘And it’s a hard’. Circular. Es mi forma de estar. Un remero. El chamán mexicano solo pudo decirme que yo en otra vida había sido un remero. Todo poesía. Un remero que no necesitaba cadenas para seguir remando. Ni siquiera una mujer. Un hombre. Por eso, cuando tarareo contenta por las calles de esta ciudad este ‘and it’s a hard’, me imagino muy hermosa con el pelo largo a la cara, como Patti Smith, vestida un poco de hombre en esta ceremonia. Siempre que me veo hermosa lo hago con una camisa blanca de cuello. Andrógina.




Fui un remero anclada a galeras y quiero ser más libre. Quiero ser explotadora, aventurera, subir y bajar las montañas, tener una piragua y remar por los pantanos. Como el arpa ‘del salón en el ángulo oscuro’. ‘Levántate y anda’.

Soy un remero que corre los 25.000 pasos de carrera submarina de un domingo por la mañana, anaeróbica, sin pulmones postcovid, a golpe de voluntad. Soy un remero que quiere seguir viviendo. Aunque este lunes no pudiera ver a Patti Smith cantando en Madrid porque se habían agotado las entradas. Aunque yo tararee por sus calles los sábados por la mañana con su pelo largo, no quedaba ni una sola entrada para mí. María no. Los sábados se sueña en el desayuno y se tararea en la calle, los domingos se ponen los cimientos para seguir viviendo el resto de la semana. Se esculpen los pies de barro de este Sísifo-remero que sube una y otra vez la piedra. De lunes a viernes. Y vuelta a empezar. ‘Esperando la mano de nieve’. ‘And it’s a hard’.

Así que hoy me levanté enfurruñada porque este lunes no había visto a Patti Smith. Porque no quedaban entradas y porque no subo y bajo las laderas de doce montañas. Porque muchas veces me quedo a la espera.

Estoy terminando De vidas ajenas. Lo alargo, tanto como se pueden alargar las letras de una palabra sin que se rompa. Poco. Pongo guiones. T-e-q-u-i-e-r-o. Como quien da puntadas. Amaranta. C-o-m-e-t-a. Siento que me quedaré un poco huérfana de libros que siempre llegan cuando tienen que llegar, cuando termine este. Ahora que para colmo no he visto a Patti Smith cantando este lunes en Madrid. Una cadena: La ridícula idea de no volver a verte- Klara y el sol- Hamnet- Neighbours y ahora este De vidas ajenas. Cuando tienen que llegar. And it’s a hard.

Ayer soñé que tenía que hacer una maleta urgente para ir a Nueva York y que no encontraba libros que llevar. No sabía lo que quería seguir leyendo. Un auténtico diluvio.

Inundarse.

Desayuno sobre la cama hecha. Quitada del medio porque a mi hija le molesta verme por la mañana. No desayunar viéndome la cara. En la caja de zapatos, me retiro a mi rincón para no abroncarme más y dejar pasar esta tormenta rutinaria. Me sorprende descubrirme lágrimas corriendo, un poco de dolor de corazón. A pesar de lo cotidiano. Miro la foto pegada en la puerta del armario. Tomada desde el interior del coche del que nos bajamos para despedirnos. Sonrío y le toco la cara a A. Con un libro de Almudena Grandes bajo el brazo. Otra vida ajena en este libro que no quiero terminar. Es una de las fotos más bonitas de mi vida. La pienso mientras escribo aquí, mientras escucho una y otra vez ‘and it’s a hard’ y sonrío extendiendo una manta entre los árboles de la casa soñada de P. Almuerzo en la hierba. Mis arrugas de cara también son picassianas.

Va a diluviar, pero mientras tanto, soy feliz tendida en el suelo rodeada de árboles. Con mis piernas entre las tuyas. Va a diluviar, pero me he lavado el pelo esta mañana y aunque este lunes no he visto a Patti Smith en directo en Madrid, me parezco un poco a ella. Aunque no sea sábado. ‘And it’s a hard’. Soy una remera. Un arpa muchas veces olvidada, que anda. Golpe a golpe. Verso a verso. Estas son cuatro verdades incuestionables.

sábado, 23 de abril de 2022

El lenguaje de los pájaros

He abierto la ventana que da a la ciudad de los tejados. Después de la lluvia, se cuela el trino de sus pájaros, que en mi cabeza cuando cantan, se presentan quietos, con las alas plegadas, sin vuelo. Se extienden los alfeizares y los equilibrios al borde. El vuelo de los pájaros de esta ciudad es por algún motivo silencioso en mi mente. En color quizá, pero callado. Si lo pienso, debería percibir el canto y el vuelo unidos, en una doble pirueta, pero por algún motivo, y sin haberme dado cuenta antes, en mí, la voz y las alas de estos pájaros están disociadas.

Tener voz. Saber volar. Iba en teoría junto.

Vacío. En un largo descenso. Sin voz.

Pero qué hacen estos pájaros aquí. Por qué eligen estar aquí. De alguna manera conformé una especie de imagen de pájaros urbanos suicidas. Sin consciencia de haberlo hecho. O al menos de alas rotas, de vuelo corto o no bien aprendido.

La estatua y la golondrina. El soldadito de plomo y la bailarina.

Para abrazar hay que despegar los brazos del cuerpo. Cuando me quedo sin voz, no puedo hacerlo.

No tengo árbol en esta ciudad.

Hoy es el día del libro. Y mi librería estaba llena de gente. Cualquier sábado está casi vacía, pero hoy llena. Qué extraña relación. Gallinas picoteando. Podía escuchar el cacareo. A golpe de fechas. Bien por los libreros. He saludado y me he ido para otro día.

En la primera parte de 2666, había un libro tendido. Se aireaba las hojas al viento. Los libros se dibujan con frecuencia como pájaros. También silenciosos. ¿Urbanos?

En mi casa los libros cuando llegan pasan un tiempo en el descansadero, para poder encontrar su sitio, para poder ser leídos. El descansadero es un lugar de suelo.

En esta ciudad tengo un poyete y un muro alto en el que da el sol. Y ahora mismo no sé si me hace sentir más viva, o más sola. Seguramente lo último. Imposible abstraerse de los humillados que pasaban por aquí de camino a la hoguera.

Mientras escribo me estoy quedando dormida. Me mezo. Sin plumas.

Con frecuencia no me quiero. Y hoy aún menos que no dejo de comer.

Compré una maceta de cilantro y otra de hierbabuena que se me secó en estos días que bajé al sur.

Estoy leyendo un libro que no me interesa aunque tengo que leerlo, y tengo empezado otro que sí, aplazado. Cada vez me resulta más difícil leer novela, y tengo más necesidad de otro tipo de lecturas.

Cada vez me resulta más difícil leer sin más, porque cada vez veo menos. En el libro electrónico, consigo agrandar la letra y eso me gusta. Aunque no tenga hojas.

Los libros físicos también pueden ser medallas.

No tengo amigos en esta ciudad.

El trabajo que me quedé a hacer aquí, no me ha salido bien. He resultado inepta. Como yo soy al parecer no sirve como madre.

Como yo soy al parecer no sirve para mucho. Pero bien mirado, tampoco importa demasiado, nos vamos a morir igual. Nuestro tiempo es un punto, que es un círculo mirado con lupa. No es una línea con sus renglones rectos o torcidos. Es un bucle, un nudo, un enredo. Una cagada de mosca. Lo demás es soberbia.

Cuando yo era chica y las cabras pasaban por la calle, la dejaban llena de cagarrutas. El otro día encontré esa palabra tan fea en un libro. Fue desconcertante. Seguramente es un buen libro para la celebración de hoy. De Edem Awumey, Explicación de la noche. Una enumeración de libros que conforman huesos, mientras se van rompiendo a golpes, piedras sobre las que apoyarse para atravesar un charco, una vida. Un hombre Giacometti caminando. A un Giacometti no le caben medallas. Salvo en los testículos.

Hoy me levanté muy temprano, si a las dos y media se puede decir temprano. A las cuatro y media ya había visto un documental y por supuesto había tomado un primer desayuno. La generación silenciosa. Me emocionó. Llovía.

En el patio, el libro tendido de Bolaños se habría mojado. La golondrina y su príncipe feliz se habrían mojado.

Los pájaros se callan con la lluvia.

El violín es un pájaro.

Como yo soy es muy fácil acostumbrarse a hacerme daño. Porque desmigo la memoria, pita, pita, pita, pita, … y me quedo.

Pero a veces ocurre algo, ese mínimo e insignificante hecho, ese chasquido de dedos, que me despierta. Y me acuerdo. Y levanto una choza. Y no me mojo. Una choza no es una jaula. Y le pongo una puerta. Por si quiero mantenerla abierta o cerrarla. 

Pocas veces, la lucidez, la voz. Al grito de arriba las ramas. Pero no es ningún milagro.

En el cielo del campo, los pájaros pueden hacer lo que quieran. Correr en círculos como los perros.

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas.

A la salida de mi casa tengo puesto un espejo en el que me veo la cara.



sábado, 20 de marzo de 2021

Collage

 Ayer me dijo H que me paso la vida enterrando Picassos. Visualicé Las señoritas de la calle de Avinyó, y en trozos, como si fueran espejos rotos por las costuras del cuerpo, me imaginé escondiéndolas debajo de las losas de una cocina que no conozco.

No pregunté a H que quería decir, pero pensé que él que se dedica a desenterrar versos y cantarlos, algo de esto debe saber.

Nunca he sabido cómo eran las mujeres consuelo de la canción. Pensaba si no sería mejor ser una mujer con suelo, pero ahora, yo que cuelgo figuras de pájaros y peces del techo, ya no estoy tan segura.

El suelo de la cocina es siempre un mosaico de losas blancas y negras. Pero, espera, sí que la conozco, solo que no me acordaba. Mi cerebro es una alacena. Quizá la elegí porque es bonita y vieja, y porque tiene los techos altos. Así me es más fácil fingirme los rotos.

Durante un tiempo, mi cerebro estuvo lleno de tumbas nevadas. Eran campos de Srebenica. Ahora mi cerebro está lleno de árboles. Es un bosque muy frondoso. No veo las copas, solo la humedad y los troncos rectos. Como barrotes. Un hombre me mira queriendo escapar. Con los años es casi el mismo escenario. Solo se ha derretido la nieve.

Me gustaría tener otras imágenes, pero aquí no puedo oler el mar. Des-olada.

Cuando era pequeña, en el colegio, la maestra nos mandó hacer un collage. Yo ni siquiera había oído esa palabra. Pe-dazos. Re-tazos. Co-dazos.

Mi amiga Inma lo hizo todo de flores. Era precioso. Una cartulina llena de rosas. Una bofetada de belleza. El mío era vulgar, lleno de recortes de papel sin nombres.

Hoy estoy hecha t-r-o-z-o-s. T-r-i-z-a-s.

Es lo que pasa cuando comes alambre de espino. Da igual la forma que le des para tragarlo, que te lo comas con miga de pan. Antes o después se te queda clavado.

Hoy me he despertado temprano. Sin voz. He pasado toda la noche intentando encontrar una salida. Me cuesta. Doy vueltas y vueltas, enjaulada, y no lo consigo. Lápidas. Troncos. Seguro será distinto cuando amanezca. La flor del Guernica. Estación esperanza. Se oyen los primeros pájaros pero nada es diferente. Se me escurren dos lágrimas muy finas por las mejillas. Sonrío al pequeño milagro de mis ojos, empeñados en brillar en seco. En rojo que escuece.

Nada es distinto, aunque sea de día. No puedo hablar. Tiro de toda la lista de mis decisiones. Tú, siempre te equivocas. Leo Vindictas. Las mujeres llevan velas y van iluminando el camino oscuro de las otras mujeres. En una canción de t-r-a-z-o-s. Pero yo no sé lo que debo hacer. Marta Brunet escribe Soledad de sangre:

- A casa- y lo siguió en lo oscuro.

Y no sé si soy yo ella o el perro del que tiran del collar: a casa.

Me voy porque no sé hacer otra cosa. Me voy huyendo. Avergonzada de mi laberinto de pasillos.

En quince años, nunca pensé que la historia pudiera contarse de otra manera. La mitad de los hombres que se suicidan en este país tienen más de 79 años. No quiero ser María, la mala. Por alguna razón me recuerdas cuando hablas de política a mi padre y no puedo soportarlo. Me quedo sin aire. No quiero hablar. Te miro las manos y no son las suyas, y aún así no lo consigo. Las siento en el cuello. Mi padre también dijo, aunque no fuera verdad y yo me tapase la cabeza con la almohada, que no le importaban sus hijos. El infierno de Dante tiene nueve círculos y un vestíbulo, pero no tiene los colores del Bosco. John Berger escribió sobre cómo Descartes le robo el alma a los animales y a nosotros nos dejó sin metáforas, en la Fama y soledad de Picasso. Quién sabe si también de sangre.

- A casa- y lo siguió en lo oscuro.

Mi amiga Inma siempre hacía los trabajos de la escuela mucho más bonitos que yo. A ella no le pegaban si pedía dinero para comprar cosas para la escuela.

Collage.

Cuando baje al pueblo, tomaremos un café en su cocina blanca. Donde no parece nadie dedique las noches a levantar los suelos.

Collage de libros. Entre los pinos que dan a la playa, me desnudo entre libros. Todos permanecen abiertos menos el Ensayo sobre la ceguera que se ha cerrado sobre sí mismo. Yo tenía una perra Maya que murió el mismo día que Saramago.

Termino Vindictas y aunque he escrito los países y las fechas de vida al lado de los nombres de las autoras, aunque yo no quiera, se me deshacen los cuentos entre los dedos y se me mezclan. Desenterrar. Aunque las cuentistas lleven luces de vigilia. 

Hojada. Des-hojada. Me-quiere. No-me-quiere. 




sábado, 15 de agosto de 2020

La pintora y el ladrón

 Yo soy la ladrona de mis cuentos.

‘Y sé todos los cuentos’ que escribiera León Felipe.

Si lo pienso, solo hay dos direcciones en las que siempre me he imaginado yendo. Hacia el frente donde se alcanza el horizonte, saltando girasoles amarillos, y hacia arriba, soñando enormes lianas de habichuelas verdes, para después de las nubes, escalar a lo alto las vidrieras de colores de Sainte-Chapelle. A manos y pies, como subo las montañas, conectada a lo primigenio de mi origen. A brazos y piernas de viento, como cuando juego a correr el cárabo con Azarías.

Así, mis cuentos tendrían que estar llenos de granjas al pie de las colinas de Ngong, de lluvia de la de atrapar con la boca muy abierta. De yo-creos-en-las-hadas que devuelvan la vida a las Campanillas a las que se les está apagando la luz. En cambio, me empeño en buscar una y otra vez, los caminos que hacia abajo se adentran en los lagos en los que solo es posible flotar o sumergirse. Sin hacer pie. Las ataduras. Los troncos huecos desde los que se cae a un mundo de conejos blancos con reloj. Tic-tac. Tic-tac. En el que me cuesta tanto encontrar mi tamaño.

Yo soy la ladrona que roba las semillas mágicas de mis cuentos y las esconde dejándome sin posibilidad alguna de alcanzar mis sueños. La Amaranta que se queda a la espera, entreteniendo su vida entre los hilos. La que no es valiente. La que se esconde tras los no-tiempos.

Yo soy la ladrona de mis cuadros.

En el sótano, en esperables buenas condiciones de luz y de temperatura, hay dos pinturas que no son mías, del pintor albanés Maks Velo. De espaldas. Las mires como las mires, son oscuras e incluso si no fuera una barbaridad decirlo, hasta un poco feas. Parece que Velo hubiera pintado algo comprendido entre los barrotes de una celda y unos grilletes para inmovilizar el cuello, lo cual no sería nada sorprendente. Cada vez que vengo a la casa, les doy la vuelta, las dejo un poco al aire y las miro para devolverlas luego a un nuevo, prefiero no pensarlo, encierro. Intento sacudir la idea para no sentirme cómplice de la tiranía y subo todo lo rápida que puedo las escaleras.

Las pinceladas están llenas de palabras y, al contrario, cada frase puede ser un dibujo entero. En la casa los libros y los cuadros se disponen en los mismos sitios como si fueran iguales. Me gusta apoyarlos en las paredes encima de los muebles, en el suelo sobre las maderas y las piedras recogidas en la playa. Para que puedan escuchar el viento.

La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Alexiévich preside en vertical estos días el descansadero de los libros. Para apuntalar un poco el alma después de su lectura. Evoco las palas del corazón de Herta Müller. Leído como está escrito, en las intermitencias del trabajo y del sueño, tirando del título de Las intermitencias de la muerte de Saramago. Buscando la salida al miedo de seguir perdiendo la vida.

Estos días de retiro en mi casa, a pesar del trabajo y el limpiar y ordenar obsesivos, han estado llenos de libros y de películas. Con almuerzos en la hierba que rodea el lago soledad. A base de latas de caballa. Algún tomate y sandía. Auténtica felicidad.

Vi la película documental La pintora y el ladrón. La recomendé. A mis amigos les gustó, pero no tanto como a mí. A pesar de su belleza, el canto de sirenas de la autodestrucción de los personajes no es un imán igual para todos. He visto Tierra de Dios con sus países ingleses, y Moffie que transcurre irremediablemente en la frontera sudafricana de Esperando a los bárbaros. Y otras más. Pero la que más me ha impactado sin duda es System Crasher. Benni se me ha metido en la cabeza y no deja de correr en el pasillo que hay detrás de mi frente mientras grita mamá, mamá, mamá, mamá. 

El pasado es algo que no existe como lo pensamos. Un poliedro lleno de caras. Mamá, mamá, mamá, mamá.

Escribo en la mesa del salón. Hace al menos 4 días que esta página anda abierta. Coser y descoser. Lo que me gustaría contar no está aquí, pero sí detrás de la puerta que está al fondo de esta habitación.

Voy a cumplir años. Las siete vidas de un gato. Benni corre y no entiende. Benni grita para protegerse.

Es solo asumir de una vez por todas que no hay nada que perder. Cerrar el círculo de este blog. Girar el pomo y empujar. Entrar a un escenario donde no sea preciso seguir esperando a nadie que no sea yo. Dejar escapar a la Sherezade de Nélida Piñón. Ponerme a pintar. En un festín de Babette. Sin califas ni ladrones de fuera ni de adentro.

Un salto de fe.

domingo, 24 de mayo de 2020

Eslabones

Leo Eslabones de Nuruddin Farah. El primero de la trilogía del que ya leí el tercero. No importa, sino al contrario. Hay pasados que son más grandes que nosotros, imposibles de dimensionar. Que necesitan ser contados y leídos. En realidad, no sabíamos nada. Llenos de buitres. 


Tic-tac-tic-tac

La casa está llena de relojes que miden los tiempos: los lentos, los que van demasiado rápido, los que dan igual dos días antes o después. No quiero tener una colección de relojes que no nazcan de la tierra.

Estoy cansada en un giro que aburre a todos los que ya saben que siempre estoy cansada. Pero que mi cuerpo soporta creyendo que ya no puede más. Los ojos demasiado secos.


Día-noche-día-noche

En la casa hay solo dos espejos de medio cuerpo, que devuelven imágenes distintas según sea de día o de noche. A la del día le cabe aún un espacio de compasión. Diminuto. En una esquina. La de la noche es grotesca. Devuelve un amasijo de carne que se espanta a sí mismo. Como si surgiera de un grabado negro y sordo.

El mundo de Alicia se ha vuelto loco atrapado en sí mismo. Sin poder ver su tamaño real.


Un eslabón-otro eslabón-un eslabón- … conforman una cadena.

Leo Eslabones de Nuruddin Farah. Página 62: ‘En ese trayecto, fue como si su vida se hallase en una entreplanta, entre el piso llamado “Tedio” y el piso llamado “Esperanza”.

En Madrid existe una estación de metro llamada Esperanza, en la que trabajaba de guardia de seguridad un caballero que yo imaginaba andante. Solo porque me llamaba hermosa.

Me duele el estómago porque tomé casi un litro de helado de chocolate. Terapia para que duela menos.

Los pájaros han invadido el cielo. Nos hemos quedado sin azul. Sus trinos son estridentes. Insoportables si se pudiera decir. Porque mis oídos han ido creciendo y creciendo sin control y sin alas. Anoche incluso me visitó una mosca. Zumbaba como un mosquito, pero en sordo de mosca. Insolente. Sin campo.

Me está costando dormirme. Una vuelta, otra vuelta. No consigo pintar puertas mágicas en las paredes, ni inventar un cuerpo en mi cama. Se me están olvidando los abrazos. La saliva. Oler.

Ya no tiro alambres de un tejado a otro para escalar equilibrios. Sin estatuas. Tengo calor. Pesada a plomo.


Fortunata-Jacinta-Fortunata-Jacinta

Fortunata sube continuamente los escalones de una casa en cuesta que hay en la parte alta de la calle Toledo, llegando ya a la plaza Mayor. Altos, gastados de antes. Los sube a dos, con los ojos muy abiertos. Como si no pudiera esperar más a llegar arriba y abrir la puerta. La he visto esta mañana cuando pasé por allí corriendo. Como si se le escapase la vida.

Solo los sube, nunca los baja. Bajarlos los baja Jacinta. Resignada, con sombrero a la moda y vestida de verde. A pesar de asomarse a finales del siglo XIX, la pancarta del ‘No pasarán’, ya ha pasado, y los caciques siguen voceando su libertad.


Una piedra-otra piedra-una piedra

‘Mátalo, mátalo’- gritaba Doña Perfecta. Era una ‘Crónica de una muerte anunciada’ pero sin Caribe. Llena de envidia. La gente de siempre cogida del pescuezo con la soga bien corta.

Las mismas manos de unos y de otros. Las mismas cuerdas. El mismo llanto de los girasoles y las giralunas.


Razón-locura-razón-locura

Ayer vi Entre la razón y la locura. Emocionada asistí a los diálogos de las palabras encadenadas y al dolor de vivir en lo que no existe.


Una ola-otra ola- y otra, … hacen un mar.

Tengo sed. Demasiado helado de chocolate. 

En julio vendrá el mar, pero antes llegará junio con todo lo esperado y todas sus incertidumbres. Quién sabe si Fortunata dejará de subir, si los espejos se romperán.

Las palabras son eslabones. Y peldaños para alcanzar lo imposible. Deseo-desear. Poner una escalera.


Los pies, mis pies, anticipan los archi-pie-lagos en la orilla.


(Levitando, Estela Cuadro)




lunes, 9 de diciembre de 2019

El paseo


El espacio de adentro y el espacio de afuera.

Supongo que el espacio de adentro a veces no nos cabe y duele tanto que se vomita. Como una sombra, no se puede desprender y se lleva puesto de vestido largo. Por delante y por detrás. Enredando el pelo. Apretando el cuello.

Cuando el espacio de adentro está afuera me falta el aire para respirar y me hago cada vez más pequeña. Tanto que tengo que salirme entera y habitarme enfrente. Me llevo la mano al pecho y me tiro hacia fuera de la piel. Para romperla.

Cuando el espacio de adentro está afuera, salgo a andar mucho. Aunque las piernas y los pies me pesen como si fueran de piedra dura.

Mi espacio de adentro es gris. Como el aire contaminado de esta ciudad. A plomo.

Pienso que tengo fijación por la quietud de las estatuas de los tejados. Como Bartlebies alzados.

Hoy he hecho el recorrido de siempre. Nada más enfilar la calle abajo he leído un mensaje. Si algo existe de alma, también ésta se me ha caído a los pies. Por lo que faltaba. Ahora que lo escribo, me pregunto que tendrá eso que ver con que mis calcetines se hayan empeñado durante toda la tarde en escaparse una y otra vez de mis talones. Para enrollarse y quedarse sin remedio en la planta de los pies. Haciéndome daño. Aquí sentada mientras tecleo se mantiene intacta su presencia incómoda en el pie derecho. Como una soga. No hay poesía plausible en un calcetín enrollado en el pie que se te clava. Ni aunque el cielo atardezca en rosa en la ventana.

Así con el alma en los zapatos y el espacio de adentro por fuera, he vuelto a acordarme de aquel amigo mío. A veces uno deja atrás a un amigo como quien se corta un brazo y no pasa nada. Como si no doliera. Como si nunca hubiera existido una mano izquierda. A-brazos.

Una muleta. Unas alas postizas en un boca a boca urgente. Un dolor que duele un poco menos.

En el puente del viaducto han colgado una guirnalda de luces de Navidad. Una silueta de ángel se suspende en el aire sobre el establo donde está el Niño. Paso por debajo y pienso como siempre en sus suicidas. Sonrío el desatino o el atino del ángel, que nunca se sabe.

Cruzo las calles esperando que los semáforos se pongan en verde. Qué pena es a veces no creer en un dios.

En el parque todo sigue igual. Las personas pasean a los perros olvidándose de ellos mientras miran el móvil. Los perros ladran a la pelota devuelta a sus pies. Los padres pasean a los niños bien abrigados, olvidándose de ellos mientras miran el móvil. Los niños agitan sus manitas delante de sus ojos por si acaso los vieran. Las aves anticapitalistas se bañan en el hilo del río. Agua con sed de agua. Entre las cañas. Tan tiesas. Casi lanzas.

Cruzo el puente con todas mis necesidades colgando. Siempre que empiezo a llegar, se despliega una nueva arena.

El mendigo del mercado una vez fue un hombre libre, pero en el desierto, el Sol le quemó los ojos. Adivina por el sonido el valor de las monedas que caen en el platillo. En el palacio, Sherezade no quiere seguir contando historias para seguir viviendo.

Doy la vuelta al lago y enfilo la vuelta.

Una joven con el pelo corto camina sobre una cuerda elástica agarrada a dos árboles. Entre los pasos ensaya algunas piruetas. Un joven con rastas le da la mano izquierda ayudándole en el equilibrio. En la otra lleva un pájaro. Como en El paseo de Chagall, sonríen.

La pirueta es un libro de Halfón. A mí no se me olvida su apellido porque si le cambio la f es un halcón. Pienso que para ser equilibrista el pelo corto es imprescindible. Este pelo mío largo, sobra. Pasa al contrario que con la cola de los gatos.

El otro día en la playa un gato gris que tomaba el sol no tenía cola. Sentí vértigo en el estómago al imaginarlo saltar entre ventanas. Como cuando a Mr. Vértigo le faltó un dedo y dejó de levitar y volar.

Siempre he querido ser trapecista. Mrs. Vértigo. Con pelo corto. Para no caerme.

Subo la cuesta. Me pesan las piernas. Traspaso otra vez el puente. Después de mirar hacia los cristales para la disuasión. El ángel aún no se iluminó.

En el banco donde antes de instalarnos en Madrid, intentaba adivinar los ruidos que se nos colarían en la casa, como una medida de las probabilidades de felicidad futura, me miro las manos y me pienso los trozos, lo que va quedando. Las tripas como un colador. Otra soga.

Las tripas solo están en el espacio de adentro. Aunque se vacíe por fuera.

Ya en la casa como pipas. Me tranquiliza lo que se repite. Me meto los dedos. La ropa está tendida.

Aquí todo me resulta más difícil. Hasta amar.

El espacio de afuera en el que me hago más grande, se ha quedado en la otra casa. Allí tengo un balcón y un espejo largo. Un patio con macetas y una amiga. 

Con ella cerca siempre es más fácil, todo parece casi posible. Desprenderme de mis necesidades. Vestirme violeta. Sin exilios.



lunes, 14 de octubre de 2019

Apuntes de una sala de espera


Leer En la orilla no ha sido un buen preámbulo para esta sala de espera. Los cuerpos hinchados y flotando en el marjal. Como grandes medusas llenas de tierra.

El marjal es un laberinto en el que el tiempo no es ninguna dimensión. No pasa. Los hombres perseguidos y matados como alimañas. Los rostros ahogados. Sin presente.

Marjal. Alimañas. El hombre es una bestia. Los cañones de los revólveres, las escopetas de caza. Estos muertos incómodos.

Marjal. Matar. Caza.

Sí, leer este libro ahora. Por aquello de lo inexorable. Abiertos. Sin aire. 

En el marjal se oyen los trinos de los pájaros y los saltos de los sapos al entrar en el agua. Algunos sapos deberían escribirse con z. Porque son enormes cuando se tragan.

En el cartel, ‘silencio, por favor’.

Empezar Zoco chico apoyada en el quicio de un vagón de metro, con un perro moribundo al que no dejan de dar patadas, no ha sido tampoco una buena idea. Los hilos en la boca. El charco de sangre con forma de cabeza.

Otra z.

En la pintura que compartimos ayer antes de despedirnos, un Guernica de inmigrantes se hunde en una patera mientras, en el horizonte, un barco de vacaciones pasa. El mar es azul pero no me acuerdo de buscar la flor.

Salgo del hospital. Me agarro fuerte al borde. Invento una tierra al fondo. Salto al vacío de la noche.

En el marjal hay una tierra con un mar adentro.


En el marjal el agua es verde. Es la misma red, pero con menos gritos.

En el marjal hay hoy un muerto solo, vuelto hacia sí mismo, pero en algún momento, como ahora en el mar, el muerto de este enredado de cañas, también fue colectivo.

El ruido seco de las cañas.

Escribo ovillada en la silla de plástico del fondo de la sala. Vadeando el vértigo de perdernos. En un cortejo de solos. Con tiempo.

En el cartel, ‘silencio, por favor’.


No había flor.


"Guernica 2015", versión europea. Por Javcho Savov

domingo, 13 de octubre de 2019

Nada crece a la luz de la luna





Es fácil olvidar que la luna no tiene luz propia. Que la suya no es más que un reflejo de la del sol.

También es fácil olvidar, que al contrario, no podemos ser a través de los demás, sino de nosotros mismos.

He tomado la fotografía del libro de Nendreaas en otra ventana. Con el separalibros que elegí antes de empezarlo superpuesto. Entonces no me di cuenta de que otra mujer de espaldas también miraba. Desde dentro. La luz tan fuerte del sol hace que parezca de noche en la calle de afuera. 

Es lo que tienen los días. Unos amanecen y otros no.

Pienso en los baños de atardecer en mi mar. De sol en tonos rojos hacia el oeste. De luna, en azul, si te giras para buscar el este. La arena, las olas. Otra línea invisible pero tangible, dentro de una misma.

Hace tiempo me regalaron un cuaderno en blanco. Pensé en escribir todos los títulos de los libros que a partir de entonces fuera leyendo. Pero nunca lo hice. 

Una vez para mi cumpleaños, me regalaron una larga tira de papel que bajaba las escaleras hasta la hamaca del patio, donde a temporadas me curo de la locura. Con los comienzos de muchos de los libros que me gustan.  ‘Muchos años después, frente al pelotón defusilamiento, …’  Aún hoy a veces la recorro. Con el dolor de quien imagina tocar las letras de nombres amputados. Con la incertidumbre de quien en el mar, se da la vuelta, esperando que al otro lado no haya desaparecido el mundo y sigan volando los pájaros sobre las olas.

Es fácil olvidar que delante de una casa cerrada que no es la tuya, no es posible crecer árboles. Si acaso cuerdas que se enredan en el estómago, en el corazón, en el cuello. Que te asfixian. Nada nuevo. Las mujeres siempre tuvimos todos nuestros órganos y todas nuestras partes, aunque mirásemos de espaldas. 

Delante de una casa cerrada, con las ventanas iluminadas o no, con llave o sin ella, lo más que se puede crecer es la nieve en los pies.

El libro de Nendreaas es la falta de esperanza. Es la aguja que se te clava y te aborta a ti misma una y otra vez. Es el no encontrar la manera de dar con un aire que poder respirar. Un sumidero que te traga y que te tragas. Siempre en la oscuridad. Muriéndote. Aunque sea de día.

Cuando era niña y la luna no era más que un pequeño cacho, tenía forma de tajada de melón. Pero eso era solo porque en mi pueblo se cultivan melones. Parece absurdo. Nadie piensa en un trozo de melón cuando mira a la luna.

El otro día la luna era un hilo. Solo un hilo. Lo peor de los hilos es cuando los descubres. Enterarte de que estaban ahí sin que lo supieras.

Delante de una casa cerrada, solo puedes enredarte y asfixiarte con los hilos. O cortarte en trozos.

A veces me he imaginado como sería estar además de deshecha, borracha. Muy borracha. Solo consigo intuirme vomitando sin límites y muy vieja. Con la boca muy abierta. Probé a prostituirme. Entonces solo era nada, ni bueno ni malo. Luego fue enorme y aún pesa mucho.

Después de terminar el libro y de tomar la foto, no la que se ve, sino otra mental, en la que salgo yo en esta otra ventana, me he sentado en el sofá. Mirando hacia ella. Me he tocado las piernas, deslizando las manos hacia los pies, volviéndolas hasta las rodillas. Esta parte de mí que anda. Me he sentido como la mujer en el ‘Sol de la mañana’ de Hopper, y por primera vez, he encontrado el verdadero sentido de sus cuadros en mí. Como un imán.

No era la desolación. No es la desolación. De meterme sola en el mar. De ser yo. Era la determinación. Es la determinación. Es mi determinación. 

Me acaricio desde los tobillos a las rodillas, desde las rodillas a los tobillos. Los dedos de los pies. Esa parte de mí que anda. Es la determinación permanente de mirar hacia fuera y tomar la decisión de seguir. No soy la mujer paralizada, la que se niega, la que se clava agujas. Soy la mujer que agarra los pomos y abre las puertas de salir. La que deja atrás las puertas cerradas de no entrar. Aunque me duela el paso.

En el libro de Nendreaas se puede, así, si lo escarbas un poco, respirar. Plantar flores.

Me pinto el cuerpo. Bajo la escalera. ‘La niebla cubría la tierra’.

Dicen que nada crece a la luz de la luna. Ni falta que hace.

domingo, 28 de julio de 2019

Un espacio llamado Limbo


Paso a través de la puerta del Limbo, esa parte del Infierno de Dante que los vivos pisamos todos los días. Me miro los pies y pienso si acaso los charcos profundos no serán su antesala. Nos recibe un barman con camisa de arlequín. Es un fabuloso acróbata con sonrisa de Cheshire y un único pendiente. Dos Alhambras especiales, por favor. Tras la puerta de entrada que se cierra, dejamos atrás el calor que escapa del asfalto de la ciudad.

Las puertas de adentro están abiertas de par en par. Seguimos el dibujo de las losas en el suelo hacia el patio. Si sigo un poco más, sé que podría volver a Roma.

Hemos llegado pronto. Están dispuestos el escenario y las mesas, encendidas las velas, pero aún no despertaron a la noche los virtuosos.

El Limbo es una casa andaluza con patio. O un patio andaluz con casa. Debajo del toldo descorrido, se ve un cacho del cielo del Paraíso. Alrededor, hay arriates con plantas y platos de cerámica semienterrados. Provenientes de nuestras ruinas. Un gato negro duerme atento en un cuadro de la pared. Atento a un perro de cal blanco que no deja de correr la casa. Me acerco y le toco el pelo casi erizado. Es tan hermoso. Siento su pulso. Sin tambores.

Doy un sorbo a la cerveza mientras extasiada por la belleza de los prados, me pierdo en las emociones del tiempo. Me enredo en los recuerdos y navego por la música que nos llega a los tobillos. Como el agua. Suena 'Step' de Vampire Weekend. Siento la verdadera embriaguez y me deslizo en un vestido de seda. Bailo como si fuese los ojos de Rebeca pintados en una fachada de piedra en una plaza. Se abren los libros y pasan sus hojas manos invisibles. Tendemos 2666 versos en las cuerdas que cuelgan del techo de nuestro mundo.

A mi vestido le ha nacido un árbol y a mi pelo rizos. Invoco a los otros ojos que una vez me quisieron y me vieron hermosa. Invoco a sus manos y a los sabios antiguos. A las estatuas de sal. Invoco a mis pies descalzos. A las mariposas que escapan de las escafandras. A los minotauros que derriban los muros de los laberintos en septiembre.

En coma. Sin conseguir entender. Sin encontrar la salida.

Invoco a la poesía de Lorca en Nueva York, al muro de Bartleby y a la piel arponada de Moby Dick. A un funambulista llamado Varsovia capaz de atravesar las líneas enemigas. Invoco a las ventanas que se abren al mar en mis sueños. Invoco al amigo que sigue sentado frente a mí. Qué se enfada conmigo. ¿Tú quieres seguir siendo testigo de cómo se mata poco a poco todos los días? ¿Es eso lo que quieres?

No, no es lo que quiero. Trago. Transparente. Incapaz de ocultar nada en este espacio cuadrado. Me revuelvo buscando el antídoto. Amaranta, cosiendo y descosiendo su mortaja. Porque no sé si seré capaz de sostenerme firme.

El uso de la razón ordena la jerarquía de las penas. Entre los traidores a nadie se le ocurrió incluir a los que se traicionan a sí mismos. Sin sitio en las Malasbolsas.

I feel it in my bones. I feel it in my bones.

En coma. Subida a un tren subterráneo llamada Moebius.

I feel it in my bones. I feel it in my bones.

Invoco al aire que hará desaparecer las esquinas en las que silenciosas y cubiertas de polvo se quedan las arpas.

El viernes estrené el vestido. Seguro que estabas guapísima.

Cómo duele vivir.

Gracias. Me gustó muchísimo el espacio, la música. 

Alicia había visto un gato sin sonrisa pero nunca una sonrisa sin gato.

Salimos. Vuelvo a traspasar la puerta de ese bar con escenario, velas, mesas en el patio, paredes encaladas y losas antiguas, llamado Limbo. Al que entramos para escapar del calor subsahariano de esta ciudad nuestra que ya es más tuya que mía. Donde decidimos quedarnos hablando, apuntalando a la verticalidad nuestra propia realidad. En el fondo esa peli del cine de verano que íbamos a ver no era tan buena.

Donde habita Averroes. Esa parte del Infierno de Dante que está más cerca de la luz.





sábado, 6 de abril de 2019

No puedes tocarme


‘No puedes tocarme’.

Perfopoesía. Afropea. Aprender. Aprehender. El hibisco que era púrpura. Los libros.

‘No puedes tocarme’.

Está nublado y la colcha roja del sofá está tendida. Tendida. Recogida. Vuelta a tender. Me invento un desafío con la lluvia. Hubo un tiempo que me gustaba correrla. La carretera. Como quien corre el cárabo. Sudo. Miro las gotas que resbalan mis brazos. Las recorro. Alabama Monroe. Tatuajes.

‘No puedes tocarme’.

A veces la lluvia me sorprende en la playa. Llueve sobre el mar. Sigo leyendo bajo la sombrilla. Con la cara apoyada en la toalla y la toalla excavada en la arena. Trinchera. A ras de horizonte. Agua sobre agua. Archivo una fotografía mental. Monocolor. Detrás de los ojos.

‘No puedes tocarme’.

Me ayudas a recorrer el camino que lleva de la oscuridad hacia la luz. Me ayudas a desnudarme. Para volver a vestirme. Me enseñas que se puede encender y apagar la noche. Con el mismo interruptor con el que se puede encender y apagar una lámpara. Encender las estrellas, las ranas y los grillos. Para no tener miedo.

‘No puedes tocarme’.

En el vientre se me ha alojado un poliedro intramural. Un cubo casi perfecto. En la frontera de dentro. Con excepción de a la hija, hasta ahora solo había crecido cosas por fuera y de pájaro. Las plumas en la espalda para convertirme en otra, la máscara en la cara para mirar desde atrás. Me pregunto cómo será que se vuele con un poliedro enredado. Como un segundo cerebro. Chillida Leku. Desenredar el viento.

‘No puedes tocarme’.

Lo toco desde todos sus lados. Sube y baja las escaleras. Gritando. Reconozco sus urgencias pero no quiero escucharlo.

‘No puedes tocarme’.

Hace tiempo que no sueño con la niña no nacida. Que no pinto puertas en el laberinto. Que no quiero andar los pasos ni aprender las lenguas. Que me escondo.

‘No puedes tocarme’.

Me asomo al acantilado. Me ha crecido un grito cuadrado en el vientre al que le amputo una y otra vez la voz. De un tajo. Como si fuera un brazo que cae al suelo y escondo. Ni una gota. Ni un grano de sal. Sin memoria.

Pido una mano. La mano, la mano, la mano. ‘No puedo tocarme’.

La colcha tendida. Las nubes. El poliedro enroscado en el eco de la poesía. Al rescate. Su mano. Sin saberlo. El vuelo torpe. Simulacro. Mujer. De viento o humo. Encender y cruzar el día. Escuchar la música. Llorando y riendo.


"Yves Bonnefoy: Une Hélène de vent ou de fumée II"
Grabado al Aguafuerte
Eduardo Chillida

sábado, 9 de junio de 2018

Bosquejo


Si me pusiera a escribir, qué escribiría.

Si tuviese que elegir un nombre, cuál elegiría.

Ando los soportales de la plaza como si ese fuera el sitio en el que aguarda el tiempo, donde puede encontrarse lo perdido.

Los pasos perdidos como las lágrimas de madre siempre son amarillos.

Empujo la puerta. Me adentro en el archivo donde se guardan todos los nombres. Todas las fechas.

Nació. Murió.

Desaparece el ruido. Solo avanzo. Me cruzo con caras que llevan personas dentro. 

Los nombres están llenos de polvo. Se pierden los hilos que los unen. El sentido de los tesoros. Nació.

Atravieso la frontera de nuestros mundos. En la esquina antigua pusieron un café moderno. Vuelvo de nuevo al mío. Con una bolsa con libros. Con pan que huele a pan. Compro una nueva planta.

Me duele la piel de las manos. Limpié los suelos. Olvidé cuidarlas. 

Si me pusiera a escribir, qué escribiría.

Fuera de la cabeza. Fuera de los ojos. Del loco que cruza la calle hablando. Tombuctú. Qué escribiría.

Elegí una canción que no es del todo mía. Tiene arena. Está lejos. Después de muchos días.

Pienso en el general Dann y en su perro de las nieves. Su camino es intransitable. Lleno de ciénagas.

Si pudiera elegir qué escribir, elegiría La estación de la sombra o los páramos de Comala. Con sus voces. Con su lluvia. Con sus manos cuarteadas. Olvidé cuidarlas.

En noviembre quiero ir a Ruanda. Quiero visitar una selva. Nacieron. Murieron.

Quiero escuchar el sonido del agua. Bañarme en ríos fríos. Volverme azul. Tocar el sol. Decir los nombres.

Tengo una amiga. Tengo otra amiga y otra.

Tengo una hermana. Tengo otra hermana.

Tengo una prima. Tengo otras primas y otras.

Tengo una tía. Tengo otras tías y otras.

Tengo una madre.

Tenía una abuela y también otra.

Todas tienen un nombre. Una historia.

También tenía una vecina con rosas amarillas. Y otras de antes y de ahora.

Y una perra. Tenía una perra que se fue en junio. Como Saramago y su Blimunda que ve las voluntades. Cierra los ojos. Come pan duro.

Casi se me olvida. Porque ella está hacia adelante. Justo de mí, tengo una hija. En la habitación de al lado.

La tarde. Los geranios en la ventana.

Si me pusiera a escribir cómo sería que contaría una historia Del color de la leche.

Después de atravesar países fue detenida en Libia. Otra mujer atrapada en su destino. En la cárcel fue obligada a prostituirse. Aunque no había quemado ninguna casa. Cargando cubos con piedras. Corre, no para, su niño.

Si tuviese que elegirle un nombre, cuál sería.

Esteban, se llamará Esteban, dijeron las mujeres de los pescadores.

Echar las redes al mar. Recogerlas. Tirando con las manos.

Elegí una canción. Khawuleza. Khawuleza, mama. Date prisa, mama. No te dejes atrapar.

La canto como una nana. Los niños duermen juntos. Con sus nombres colgando en las cunas. Atrapando los sueños. Date prisa, mama.

Todos los nombres. Todas las caras. Todas las manos.

En el mismo sitio. A través de la ventana veo a los pájaros volando el cielo.