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miércoles, 22 de junio de 2022

Porque no quedaban entradas para ver a Patti Smith

Hoy soñé que P se mudaba a un campo lleno de luz y de árboles a las afueras de Madrid. Aún estaban montando su casa, y amontonaban sus cajas en un almacén al final de su parcela de campo. Donde se pondría el sol de Klara y el sol, el que podría hacer que se cumplan tus deseos si esto no fuese el mundo y su vida. Así que efectivamente se han mudado, porque cuando lo sueño así es porque ya ha ocurrido. Aquí al lado en mis sueños porque están cerca, muy cerca de mí. P siempre me ha regalado la LUZ con mayúsculas: ‘gracias por la luz’. Es mi padrino de luz. Me salvó la vida. Me sacó de mi abismo de mar dibujado con ceras en una cartulina. Mi madre sin saberlo le da todos los días las gracias. Sobre todo en los días que no quiero hablar, que no cojo el teléfono pero que al menos escribo para decir un no te preocupes, solo es que no tengo ganas. Aprendí frente a la oscuridad, mantener sino una red, un hilo de amor. Porque P me enseñó a darme permiso para de vez en cuando no estar bien.

Yo le doy las gracias. Emocionada mientras escucho a Patti Smith en el ‘A hard rains’s a-gonna fall’ en la entrega del Nobel de Literatura. Una y otra vez, ‘And it’s a hard’. Circular. Es mi forma de estar. Un remero. El chamán mexicano solo pudo decirme que yo en otra vida había sido un remero. Todo poesía. Un remero que no necesitaba cadenas para seguir remando. Ni siquiera una mujer. Un hombre. Por eso, cuando tarareo contenta por las calles de esta ciudad este ‘and it’s a hard’, me imagino muy hermosa con el pelo largo a la cara, como Patti Smith, vestida un poco de hombre en esta ceremonia. Siempre que me veo hermosa lo hago con una camisa blanca de cuello. Andrógina.




Fui un remero anclada a galeras y quiero ser más libre. Quiero ser explotadora, aventurera, subir y bajar las montañas, tener una piragua y remar por los pantanos. Como el arpa ‘del salón en el ángulo oscuro’. ‘Levántate y anda’.

Soy un remero que corre los 25.000 pasos de carrera submarina de un domingo por la mañana, anaeróbica, sin pulmones postcovid, a golpe de voluntad. Soy un remero que quiere seguir viviendo. Aunque este lunes no pudiera ver a Patti Smith cantando en Madrid porque se habían agotado las entradas. Aunque yo tararee por sus calles los sábados por la mañana con su pelo largo, no quedaba ni una sola entrada para mí. María no. Los sábados se sueña en el desayuno y se tararea en la calle, los domingos se ponen los cimientos para seguir viviendo el resto de la semana. Se esculpen los pies de barro de este Sísifo-remero que sube una y otra vez la piedra. De lunes a viernes. Y vuelta a empezar. ‘Esperando la mano de nieve’. ‘And it’s a hard’.

Así que hoy me levanté enfurruñada porque este lunes no había visto a Patti Smith. Porque no quedaban entradas y porque no subo y bajo las laderas de doce montañas. Porque muchas veces me quedo a la espera.

Estoy terminando De vidas ajenas. Lo alargo, tanto como se pueden alargar las letras de una palabra sin que se rompa. Poco. Pongo guiones. T-e-q-u-i-e-r-o. Como quien da puntadas. Amaranta. C-o-m-e-t-a. Siento que me quedaré un poco huérfana de libros que siempre llegan cuando tienen que llegar, cuando termine este. Ahora que para colmo no he visto a Patti Smith cantando este lunes en Madrid. Una cadena: La ridícula idea de no volver a verte- Klara y el sol- Hamnet- Neighbours y ahora este De vidas ajenas. Cuando tienen que llegar. And it’s a hard.

Ayer soñé que tenía que hacer una maleta urgente para ir a Nueva York y que no encontraba libros que llevar. No sabía lo que quería seguir leyendo. Un auténtico diluvio.

Inundarse.

Desayuno sobre la cama hecha. Quitada del medio porque a mi hija le molesta verme por la mañana. No desayunar viéndome la cara. En la caja de zapatos, me retiro a mi rincón para no abroncarme más y dejar pasar esta tormenta rutinaria. Me sorprende descubrirme lágrimas corriendo, un poco de dolor de corazón. A pesar de lo cotidiano. Miro la foto pegada en la puerta del armario. Tomada desde el interior del coche del que nos bajamos para despedirnos. Sonrío y le toco la cara a A. Con un libro de Almudena Grandes bajo el brazo. Otra vida ajena en este libro que no quiero terminar. Es una de las fotos más bonitas de mi vida. La pienso mientras escribo aquí, mientras escucho una y otra vez ‘and it’s a hard’ y sonrío extendiendo una manta entre los árboles de la casa soñada de P. Almuerzo en la hierba. Mis arrugas de cara también son picassianas.

Va a diluviar, pero mientras tanto, soy feliz tendida en el suelo rodeada de árboles. Con mis piernas entre las tuyas. Va a diluviar, pero me he lavado el pelo esta mañana y aunque este lunes no he visto a Patti Smith en directo en Madrid, me parezco un poco a ella. Aunque no sea sábado. ‘And it’s a hard’. Soy una remera. Un arpa muchas veces olvidada, que anda. Golpe a golpe. Verso a verso. Estas son cuatro verdades incuestionables.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Rosalía


Se llamaba Rosalía aunque nunca la escuché cantar. Eso sí, le gustaba la música, que seguía al compás con su pie derecho metido en su zapato de niña eterna y una sonrisa incontenible de muñequita de cuerda, que le hacía temblar todo el cuerpo. Cuando la ocasión lo permitía, hacía palmas. A la altura del corazón con los dedos muy abiertos. Sin terminar de aprenderlas. Como si la Melliza, como todos la conocíamos y la llamábamos, anduviese en su cerebro repartida de una manera un poquito más visible que el resto de nosotros. Sin esconderse ni protegerse.

Se llamaba Rosalía y siempre te buscaba con la mirada generosa y te dejaba entrar muy, muy adentro en sus ojos. Para que la siguieras y la acompañaras a una casa ordenada y limpia. Nerviosa, contenta, andaba por delante, dando pequeños saltitos ilusionados. Como cuando le compraron el dormitorio nuevo. Su casa. A la casa arriba de la mía. La entrada con su mesa y sus sillas, arrimadas a la pared encalada, dejaban en mitad un espacio donde en mi memoria de niña, nunca supimos quererla lo suficiente. Eran tiempos en los que aún no habíamos aprendido a decir que nos queríamos. Con ventanas pequeñas abiertas a la luz.

No necesito cerrar los ojos para tocarle el pelo corto recogido con lañas detrás de sus orejas. Como se peinaba mi abuela. Su falda. Su camisa y su rebeca. Sus medias y sus zapatos de hebilla. No necesito cerrar los ojos para llegar hasta el patio que ya no existe en la que ella era más grande y lavaba y yo más pequeña. Abrir el grifo que había justo a la izquierda conforme entrabas. Llenar el cubo de zinc de agua. Oírla caer. Mojarnos las manos hasta los codos. Como solo podíamos hacer en su casa sin que nadie nos riñera. Coger el jabón verde. Nuestros dedos como peces.

No necesito cerrar los ojos para verla sentada en una silla de mi casa. Con sus pies pequeños apoyados en el garrotillo más bajo de la silla. Antes o después de almorzar. Para pasar la mañana o la tarde. En la mesa con la enagüillas en invierno. Con mi abuela Dolores. Escuchando callada, como yo, todas las conversaciones.

Se llamaba Rosalía aunque cuando le preguntábamos como se llamaba, nos decía Rosa: Rosa López Ortega. De nuevo sonriendo con los ojos que abrían su puerta. Cuando le preguntaba por su familia, siempre acudía primero al hermano que más tiempo quiso, su mellizo, que había muerto cuando era joven. De su padre, que le dejó su casa para asegurarse que alguien la cuidara al menos a cambio de su pago, hablaba con devoción. En silencio, con la mirada muy atrás y triste. Intentando quién sabe si tocar el tiempo de antes. Como un río en su memoria. Otro grifo, otra agua. Añorando un espacio donde estoy segura se sentía protegida. Su padre. De su madre no hablaba en mi memoria. Desconozco el posible dolor que se callaba o que yo borré.

Sus tres hermanos la tenían por meses para comer y dormir. Como muchas personas mayores que entonces eran solo viejos y mudaban de hijos. Cambiaba todos los días uno, que venían precedidos de entusiasmo o mohín según un destino impuesto, inamovible e implacable que mandaba en una vida de ella pero que no la tenía en cuenta. Yo lo sentía terriblemente injusto. En mi mente de niña, cómo podían hacerle eso si eran su familia. Por pura lealtad, todavía hoy recuerdo la casa que ella siempre prefería y la que menos le gustaba.

Se llamaba Rosalía y hubo un tiempo en que fuimos muy amigas aunque ella hubiera nacido mucho antes que yo y tuviese años de mujer y yo fuera solo esa niña. Aun así hablaba las palabras a cuartos o a medias. Aunque a mí me valía, sé que a ella le dolía no hablar como los otros adultos que a veces, solo para no hacer el esfuerzo de escucharla, le decían no entenderla. Anticipaba lo que yo aún no sabía: que crecería y me iría como antes se habían ido otros, mientras ella solo envejecería un poquito más.

No estuve cuando se murió. Me gustaría pensar que en algún lugar de su cerebro consiguió guardarme como yo la guardo, aunque lo más probable es que si alguna vez se acordó de mí, sintiese que era solo otra persona más que la había abandonado.

Se llamaba Rosalía y aunque yo era chica, me enseñó que no a todas las personas se las puede querer de la misma manera, que hay personas a las que hay que respetar y querer siempre un poco más. Me enseñó que las palabras duelen. Lo que decimos y cómo lo decimos. Me enseñó que crecer significa empezar a ver las diferencias en las personas, mudarnos a unos ojos más ciegos, a un corazón peor. Como cuando le decían que la llamaban para que se fuera porque no sabía irse. Como cuando ya no podía venir tanto a mi casa porque mi hermana pequeña, que siempre estaba con ella, tenía que aprender a hablar mejor. Como cuando una moto la atropelló al cruzar la calle y la dejó toda magullada y ningún vecino dijo haber visto el accidente.

Eran otros tiempos y la calle Nueva de mi pueblo, como otras muchas de otros pueblos, aún no sabía ni de los abrazos ni de cinemas paradisos. Ni yo tampoco.

Eran otros tiempos pero a mí aún me avergüenza no haberla sabido querer mejor.

Hoy en mi casa está su mesa que heredamos. Aunque pasa el año arrimada a otra pared, la ponemos en el centro del comedor en la Nochebuena para caber todos. La sacamos al huerto el día de Navidad, para comer al sol. El bombo de la Melliza en el centro de lo que somos. Un regalo de la vida. Con todas nuestras carencias y nuestros querer aprender a mirarnos y vernos más. En la calle Nueva.

No necesito cerrar los ojos para darle la mano y entrar pa’dentro por el jilo de la casa. Para que se siente otra vez en una de las sillas de mi casa. Mi abuela Dolores también viva.

Se llamaba Rosalía y aunque nunca la escuché cantar, le gustaba palmear y bailar la música. Con sus pies de mujer encerrados en zapatos de hebilla de niña.

Se llamaba Rosalía y era mi amiga y yo la quería y la sigo queriendo. Ojalá allá dónde esté pueda perdonarme la ausencia.

La Melliza, tan hermosa.

lunes, 28 de octubre de 2019

Mientras dure la guerra


Cierro los ojos y vuelvo atrás en el tiempo.

¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!

Sístole, sístole, diástole, diástole. El corazón desacompasado. Sin recurso poético.

En la cámara mientras hacía la cama de mi madre jugaba a ser otra frente al espejo que había encima de su cómoda. Cogía una de las sábana y me la ponía por el cuerpo, ya de una manera, ya de otra. Me deleitaba observando una transformación y un tiempo que solo se reflejaba en mi cerebro. Date prisa, date prisa. ¿Cuándo vas a terminar? Mi madre cerraba a golpe de grito cualquier puerta.

Por la noche, no entendía el mundo. No entendía por qué nosotros vivíamos en lo más cerca donde nada era posible, donde no podíamos tener tamaño. Me tapaba la cabeza hasta casi no poder respirar y temblaba intentando entender esto de vivir y de morir, para qué era que mi madre me había nacido.

Garbancito, ¿dónde estás? Diminuta, en una pesadilla recurrente, caía desde el borde de arriba al agua del cubo de la fregona. Era mi mundo más amplio. El miedo y las ganas de hacer pis me despertaban. Otras veces lo hacía mi madre que toda la vida tuvo un ogro tragado, dedicado a asfixiar los sueños incluso antes de que se formasen.

Alicia, Alicia, sin duda es ya muy tarde.

En la escuela participaba en todo lo participable para desesperación de mi madre que siempre tenía preparada una lista enorme con las cosas que yo tenía que hacer. Qué poco le pareces a tu hermano, que no se apunta a nada. Para mi hermano, mi madre no tenía una lista. Ponle el vaso de leche a tu hermano. Ni gritos por perra ni por pájaros en la cabeza.

Siempre me han gustado los animales.

Leía a escondidas todo lo que encontraba, fuese o no apropiado para mi edad, levantando las historias en escenarios imaginados en los que yo tenía siempre un papel. Ponía el despertador muy temprano para estudiar y escribir en la cama, antes de que fuera la hora de las cosas que tenía que hacer antes de ir a la escuela. Era el tiempo que le dedicaba a escribir la poesía y el teatro que luego recitaríamos o representaríamos en clase. El teatro estaba lleno de diálogos, algo maravilloso que consistía en hablar de frente o entre personas. Qué poco le pareces a tu hermano, que no necesita levantarse temprano para estudiar. Para mi madre mi hermano era el más listo de los dos.

Sístole, sístole, diástole, diástole. El corazón desacompasado.

Una vez quise apuntarme a clases de guitarra, pero mi madre dijo que no podíamos permitírnoslo y no hubo manera de convencerla de lo contrario. Qué poco le pareces a tu hermano. Me gustaba, me gusta tanto la música. Un cuadro que se pinta en el aire. 

Frente al espejo de encima de la cómoda de mi madre podía ser una directora de orquesta. Date prisa, date prisa. ¿Cuándo vas a terminar? Hasta que descubrí lo que realmente más me gustaba. No quedarme en los brazos sino bailar con todo el cuerpo, teatralizando por completo cada una de las notas. Con la cara y el cuerpo pintados. Con vestidos casi de aire. Un cuadro en blanco y en movimiento. Eso era lo que más me gustaba. Pero el reflejo del espejo en la habitación de mi madre se empeñaba en no mostrarme mi fuerza.

Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino? La más guapa nunca era yo, así que un día dejé de mirarme en el espejo mientras hacía las camas para bailar solo por detrás de los ojos. Aun así mi madre seguía gritando siempre que me diese prisa. Esta niña no sirve para nada.

Libros. Teatro. Cine. Música. Danza. Escondidos.

Que va, no creas, soy más fea de lo que parezco. 

Con listas interminables de lo que hay que hacer.

¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!

Estudié una ingeniería, que era lo apropiado porque servía para algo, de manera que aquí sigo, casi sin haberme movido de mi sitio asignado: temblando sin entender para qué vivo, leyendo todo lo que puedo y siempre que puedo en una continua lucha por descubrir, como si tuviese un hambre y sed insaciables, como si me jugase la vida en cada libro; levantando espejismos en los que yo soy la directora de cada obra; bailando músicas dentro de cuerpos que nunca son el mío; visitando museos; condenada a comparaciones forzadas en las que siempre pierdo. La belleza siempre cayendo hacia el otro lado. Qué poco le pareces a tu hermano. Queriendo encontrar confianza para sacarme los órganos de dentro. Para limpiarlos y que no se me pudran. Tenderlos al sol. Para poder crear algo. Como una necesidad imperiosa de respirar. Respirar y amar.

Tú siempre te equivocas. Sin tiempo.

Hace unos días vi una obra de teatro hermosa, Lo nunca visto. Las actrices en su interpretación conseguían crecerla y crecerla, dejando las frases sostenidas en lo oscuro de la sala. 

Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino? Garbancito, ¿dónde estás? 

Cuando la obra terminó y todos aplaudieron y salieron de la sala con sus felicitaciones, con un corazón desacompasado en una doble diástole, yo me quedé otra vez quieta y atrapada frente al espejo de la cómoda.

¡Sí se puede! ¡No se puede! ¡Sí se puede! ¡No se puede! ¡Sí se puede! ¡No se puede! ¡No se puede!, decían las actrices formando círculos.

Sí se puede cambiar la realidad. No se puede cambiar la realidad. Qué poco le pareces a tu hermano.

Yo quería escribir novelas y tocar la música. Quería ser directora de orquesta. Pintarme las manos y hacer cuadros, la cara y hacer teatro. Danzar con un cuerpo portentoso.

¿Os ha gustado? Esto es lo que hacemos.

¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!

Yo quería. Sin tiempo. Alicia, Alicia, sin duda es ya muy tarde. De mis bolsillos se escapan todas las listas de lo que hay que hacer. Nunca llegarás a nada en la vida. Todo está oscuro. Me he perdido. Soy la más fea.

Aunque yo lo grite, en la cámara vieja ya no duerme nadie. ¡Sí se puede! ¡No se puede! ¡Sí se puede! ¡No se puede! Me duele el corazón. Sin poesía.

Cuando yo era pequeña pensaba que todos teníamos la misma capacidad de sentir el dolor y la emoción, aunque yo saltase y me cayese más que mi hermano. ¡Sí se puede! ¡No se puede! Las listas, todas por el suelo. Sin un beso. Con todos los gritos. Esta niña no sirve para nada.

Eso no es amor.

Ayer fui al cine y vi Mientras dure la guerra. En la fila 2, de lado y con la rebeca por encima como parapeto para evitar las embestidas de la pantalla. Sola en la sala para el último crédito. Salí emocionada. Me pareció excepcional. Amenábar siempre me cura. Sobrevolar el mar, matarme antes de que me maten, darme las claves para perdonarme. Necesito tanto perdonarme.

¡Sí se puede! ¡No se puede! Vas a llegar tarde. ¿Qué es lo que hay que hacer ahora?

Perdonarme por ser yo. Qué poco le pareces a tu hermano. Por no haber sido más valiente para vivir la vida que me había soñado. Sin gritos. Con los besos. Con los dedos gastados y todos los versos. 

Hasta ahora.

Perdonarme y quererme un poco más. Cuidarme. Qué no me duela tanto el corazón.

Sístole, sístole, diástole. Acompasado.


lunes, 14 de octubre de 2019

Apuntes de una sala de espera


Leer En la orilla no ha sido un buen preámbulo para esta sala de espera. Los cuerpos hinchados y flotando en el marjal. Como grandes medusas llenas de tierra.

El marjal es un laberinto en el que el tiempo no es ninguna dimensión. No pasa. Los hombres perseguidos y matados como alimañas. Los rostros ahogados. Sin presente.

Marjal. Alimañas. El hombre es una bestia. Los cañones de los revólveres, las escopetas de caza. Estos muertos incómodos.

Marjal. Matar. Caza.

Sí, leer este libro ahora. Por aquello de lo inexorable. Abiertos. Sin aire. 

En el marjal se oyen los trinos de los pájaros y los saltos de los sapos al entrar en el agua. Algunos sapos deberían escribirse con z. Porque son enormes cuando se tragan.

En el cartel, ‘silencio, por favor’.

Empezar Zoco chico apoyada en el quicio de un vagón de metro, con un perro moribundo al que no dejan de dar patadas, no ha sido tampoco una buena idea. Los hilos en la boca. El charco de sangre con forma de cabeza.

Otra z.

En la pintura que compartimos ayer antes de despedirnos, un Guernica de inmigrantes se hunde en una patera mientras, en el horizonte, un barco de vacaciones pasa. El mar es azul pero no me acuerdo de buscar la flor.

Salgo del hospital. Me agarro fuerte al borde. Invento una tierra al fondo. Salto al vacío de la noche.

En el marjal hay una tierra con un mar adentro.


En el marjal el agua es verde. Es la misma red, pero con menos gritos.

En el marjal hay hoy un muerto solo, vuelto hacia sí mismo, pero en algún momento, como ahora en el mar, el muerto de este enredado de cañas, también fue colectivo.

El ruido seco de las cañas.

Escribo ovillada en la silla de plástico del fondo de la sala. Vadeando el vértigo de perdernos. En un cortejo de solos. Con tiempo.

En el cartel, ‘silencio, por favor’.


No había flor.


"Guernica 2015", versión europea. Por Javcho Savov

sábado, 9 de junio de 2018

Bosquejo


Si me pusiera a escribir, qué escribiría.

Si tuviese que elegir un nombre, cuál elegiría.

Ando los soportales de la plaza como si ese fuera el sitio en el que aguarda el tiempo, donde puede encontrarse lo perdido.

Los pasos perdidos como las lágrimas de madre siempre son amarillos.

Empujo la puerta. Me adentro en el archivo donde se guardan todos los nombres. Todas las fechas.

Nació. Murió.

Desaparece el ruido. Solo avanzo. Me cruzo con caras que llevan personas dentro. 

Los nombres están llenos de polvo. Se pierden los hilos que los unen. El sentido de los tesoros. Nació.

Atravieso la frontera de nuestros mundos. En la esquina antigua pusieron un café moderno. Vuelvo de nuevo al mío. Con una bolsa con libros. Con pan que huele a pan. Compro una nueva planta.

Me duele la piel de las manos. Limpié los suelos. Olvidé cuidarlas. 

Si me pusiera a escribir, qué escribiría.

Fuera de la cabeza. Fuera de los ojos. Del loco que cruza la calle hablando. Tombuctú. Qué escribiría.

Elegí una canción que no es del todo mía. Tiene arena. Está lejos. Después de muchos días.

Pienso en el general Dann y en su perro de las nieves. Su camino es intransitable. Lleno de ciénagas.

Si pudiera elegir qué escribir, elegiría La estación de la sombra o los páramos de Comala. Con sus voces. Con su lluvia. Con sus manos cuarteadas. Olvidé cuidarlas.

En noviembre quiero ir a Ruanda. Quiero visitar una selva. Nacieron. Murieron.

Quiero escuchar el sonido del agua. Bañarme en ríos fríos. Volverme azul. Tocar el sol. Decir los nombres.

Tengo una amiga. Tengo otra amiga y otra.

Tengo una hermana. Tengo otra hermana.

Tengo una prima. Tengo otras primas y otras.

Tengo una tía. Tengo otras tías y otras.

Tengo una madre.

Tenía una abuela y también otra.

Todas tienen un nombre. Una historia.

También tenía una vecina con rosas amarillas. Y otras de antes y de ahora.

Y una perra. Tenía una perra que se fue en junio. Como Saramago y su Blimunda que ve las voluntades. Cierra los ojos. Come pan duro.

Casi se me olvida. Porque ella está hacia adelante. Justo de mí, tengo una hija. En la habitación de al lado.

La tarde. Los geranios en la ventana.

Si me pusiera a escribir cómo sería que contaría una historia Del color de la leche.

Después de atravesar países fue detenida en Libia. Otra mujer atrapada en su destino. En la cárcel fue obligada a prostituirse. Aunque no había quemado ninguna casa. Cargando cubos con piedras. Corre, no para, su niño.

Si tuviese que elegirle un nombre, cuál sería.

Esteban, se llamará Esteban, dijeron las mujeres de los pescadores.

Echar las redes al mar. Recogerlas. Tirando con las manos.

Elegí una canción. Khawuleza. Khawuleza, mama. Date prisa, mama. No te dejes atrapar.

La canto como una nana. Los niños duermen juntos. Con sus nombres colgando en las cunas. Atrapando los sueños. Date prisa, mama.

Todos los nombres. Todas las caras. Todas las manos.

En el mismo sitio. A través de la ventana veo a los pájaros volando el cielo.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Saltan chispas

Que se 'vuele' el miedo
que come por dentro todas las ilusiones que tengo,
que salgan arrugas en las comisuras de tanto reír,
…
Que me eches de menos.



Música. En la canción, cambio una h por una v, y el miedo pasa de olerse a volar. Que se vaya el miedo.

Domingo tarde, el gato arrullado en la manta del sofá y las piernas. Hasta que dentro de un rato habite el atardecer en el alféizar de la ventana del tejado. El pelo en pelusa contra el sol. Al viento.

Saltan chispas. Lo que antes era un querer y luego una necesidad, ahora es una angustia. Angustia de no escribir con los dedos las historias que hilvano en la cabeza. Cosiendo y descosiendo en la galería del patio.

Saltan chispas y me asalta contarte que este verano leí menos porque se me secaron los ojos. Que no era que ya fuera fuerte, que era solo que ahora no me sale llorar. Hago años y te escribo en la distancia un 'amanecí triste pero con los ojos secos casi no se nota'.

Tengo unas gafas nuevas. Leí menos, solo cuatro libros buenos. En el rincón naranja de la casa, con la ventana abierta. Todo recto hasta el amanecer. Solo cuatro, tres con corazón. Pero todos buenos. Capital y el albañil polaco. Capital y el joven pakistaní. Capital y las vidas cruzadas que me envió en canción un día hace años mi amigo L. Apuntes. NoraWebster descubriendo la música con rebeca fina. Mojándose los pies, nadando en el mar. A veces pienso que quizá no contó nada, solo una vida corriente, de una persona corriente a pinceladas. Y eso es lo extraordinario. Apegos feroces. Qué maravillosos reproches. Qué extraordinarias frases hechas como trincheras inexpugnables. Conformando los pasos, lo que somos. Las madres. Del color de la leche. Sin saber si es un libro de antes o de ahora. Una historia de siempre. Las mujeres del campo. El sonido de las piedras cuando caen en el cubo de zinc. Deslomarse. Pan y queso. Y vuelta a los hilos.

Saltan chispas. Me pongo a escribir con la imagen de tu abrazo en la plaza y no sé por qué te cuento los libros que leí este verano que leí menos porque se me secaron los ojos y se me erizó más la piel. Hojas. Púas.

Domingo tarde. El gato me mordisquea el brazo reclamando atención. Se vuelve a arrullar. El sol sigue bajando a pie. Desde ayer andamos sin ascensor.

Miro alrededor. Al lado de la Alicia despeinada, he puesto una raíz invertida pintada de colores. Es la planta vieja de mi abuela que también se secó y me la he traído al revés. También me traje otro trozo roto. Las olas escupen y yo recolecto tesoros en cada paseo.

Leí poco pero me bañé mucho en el mar. Me puse todos los baños que pude. Hasta que se me gasten.

Saltan chispas y yo encontré una historia para escribir, que no sé ni cómo empieza ni cómo transcurre, pero que sé que está. Está llena de pinturas, de paredes, de agujeros desde los que ver el cielo. De deseo en falda corta. De leonas que cazan. De invisibles y visibles.

J dice que soy una vaga y que tengo miedo y yo sé que es verdad. H, que le robe horas al sueño. B, que me deje de dar vueltas y me ponga de una vez.

Domingo por la tarde. Y no me pongo de verdad. Me entretengo en este sitio. Excusas. Calentamiento. Cuerdas.

Te abrazo y todo en la plaza es incierto. Habito círculos de los que quiero salir. '¿Cuánto tiempo es para siempre? A veces solo un segundo'. Me acuesto y me despierto con fijación en los dientes. Con ganas de morder a 'dentellá' pura. Piedras.

Huelo. Piel. Huelo. Piel.

Huellas también se escribe con H.

Dedos. Despliego una línea en el suelo de arena. Escribo versos. Me pongo una flor en el pelo. Corro descalza. Me saco a bailar. El gato me mira y bosteza.

Acercarme a tu boca, a tu voz.

Te beso la boca. Te beso la voz.

Saltan chispas. Ensayo el tacto en los dedos. Busco excusas.





domingo, 9 de julio de 2017

Un grano de trigo


Para que crezcan mujeres y hombres libres. 

A veces pienso que puedo cruzar el África de los hombres en solo dos zancadas. Arrancar en el Egipto de Naguib Mahfuz, apoyarme en la Kenia de Ngũgĩ wa Thiong'o, y volver a avanzar la pierna izquierda hasta la Sudáfrica de J. M.Coetzee. Sus mujeres habitan otro continente en mí. Entre ellas, Doris Leasing, con la que a veces me curo. Hay quien no la considera una autora africana. Yo siempre vi su literatura negra. Enraizada. Sin matices. Atravesada de caminos. Existen otros y otras muchos. Van llegando. Son paredes, puertas, ventanas, tejado incluso, todo lo que hace mi casa. Son ojos, remos, dedos. Pelo. El propio esqueleto que se tiende para que descanse, que duerme la siesta en el suelo. El que anda. El que te deja huérfana.

Hay un mapa dibujado en mi cuerpo. Pintado en el pecho. Alrededor de la tierra de África está el mar. 

Terminé ‘Un grano de trigo’ de Ngũgĩ wa Thiong'o. Lo leí febril de pura hambre. Como siempre que lo leo. Es un libro de una profundidad y de una belleza mayúsculas. Se adentra en la tierra. Frente a Thiong’o siempre me siento tan agradecida. Tan pequeña.

Sembrar hombres y mujeres. Atravesar la vida libres.

Los libros siempre llegan cuando tienen que llegar. Aunque no le tocaba, antes de salir de la casa, se empeñó en acompañarme. El vestido largo, el estómago apretado. Un libro valiente. Yendo hacia el cementerio civil, a acompañar, a enterrar con y en dignidad a Timoteo Mendieta. A enterrarlo como hombre, en una caja de hombre entero.

Para que broten hombres y mujeres libres.

Entre aplausos, las manos hechas hojas de palabras. Un paso atrás. Para no entrometerme en la intimidad desnuda del dolor de Ascensión Mendieta. En el tiempo desaparecido en el instante. En la urgencia del duelo no hecho. Sobrevenido. En las distintas edades que todos tenemos. Cantamos a la tierra. Nos sentamos en ella y levantamos la vista.

En la ida, a la salida del metro, conocí a Horacio con H, como Martín. Argentino. Por su trabajo y mientras esperábamos, hablamos del exilio de Juan Ramón y Zenobia Camprubí. De Huelva. De Platero. Y se hicieron presentes. Yo le enseñé el libro con pudor. Luego nos sobrevino la emoción y cada quien hizo con ella lo que pudo. Desde la parte de atrás de la cara se forman los surcos. 

Enterrar hombres y mujeres libres para que broten como semillas.

Llegar cuando tuvo que llegar. Estamos hechos de tantas edades distintas. De niños que no envejecen. De viejos que no tocan. De tantas miserias y grandezas. Somos de agua de olas.

Frente a Thiong’o, frente a la Memoria, frente a los Kihika y a las Mumbi, frente a los Timoteos y a las Ascensiones, me siento tocada por el don de la vida.

Aplaudo su camino. Compro flores moradas en la plaza. Sentada en este sofá rojo, intento escribir para exorcizar lo revuelto, limpiar las paredes blancas de esta casa mía de dentro. Lenta. Espesa.

Terminé ‘Un grano de trigo’ de Ngũgĩ wa Thiong'o. ‘Cambiaré la figura de la mujer. Tallaré una mujer … embarazada’.

Frente al silencio, frente al miedo, lo que tú siembras, sí es el cuerpo que va a brotar. Somos árboles.




jueves, 1 de junio de 2017

La teta asustada

Algunas noches naufrago y en mi arrastrarme al agua del mar que siempre está en el Golfo de Guinea, me llevo a algunas personas que me quieren. No me suelto. No me sueltes le decía mientras giraba y giraba, pero en realidad era yo la que se aferraba a sus brazos. Soy yo, le decía a mi madre, vestida de bailarina de tul. Mírame, giro, soy yo. Y mi madre en su cocina me contestaba que ya lo sabía, que ella siempre me había reconocido.

El mar de las noches de tormenta solo es eso. Un mar donde el viento te azota la cara que luego te duele mucho por la mañana, como si los huesos se estuvieran desencajando, pero solo eso. Se te cuela en los ojos, que se quedan inmóviles. Se te cuela en los pulmones que se hinchan como hígados. Pero solo eso. Es un mar donde no te mueres. Solo es un mar que duele. Y del que ya sabes que tus amigos salen un poco antes que tú, dando bocanadas. Es un mar que te mira. Hipnótico. Que espera paciente a que decidas salir por la rampa que te sale por la garganta. Soy Neda. Tengo voz. Pero no en este mar. Verde. Como todas las sirenas de los viajes a Ítaca.

Algunas noches naufrago y por la mañana me siento como si me hubiesen abofeteado la cara, que me la quito y la planto en el suelo. Intento buscar la vergüenza de haberme hundido. Pero no la encuentro. Es Madrid, me digo, aquí nadie me conoce. Y los que me quieren me dieron el permiso que necesito para ser yo. Tengo un bosque de máscaras.

En la cafetería, he preguntado por el título de esa canción que escucho casi todas las mañanas. Ja era fort. Los altavoces hasta ahora invisibles se han contagiado de los ojos de la pared, y tienen los suyos propios de fetiche de madera. Son mujer. En la puerta del palacio, han pegado un graffiti con un árbol de corazones rosas. Una declaración de guerra a la reina de corazones rojos, Alicia. En la plaza una niña en monopatín con coletas tiesas de poco pelo, mientras va al colegio, le dice a su padre que hay muchos cachivaches. Y estoy de acuerdo. Cachivaches y baches. La triste historia del elefante en su otro viaje.

Llego a casa. El gato Nuba está en la cama, camuflado en su rebecona. Por la mañana temprano ha vuelto a llevar la bolsa de las papas a la cama. Recurrente. La busca en la cocina, la saca de las puertas, de los cajones, y la arrastra. Sube el escalón, la altura de la cama y las pone ahí, y ya no las mira más. Solo hasta que las devuelvo a su sitio para volver a arrastrarlas. Esta mañana mientras ordenaba las sábanas de la cama de un solo lado, he pensado en sus raíces blancas, y las he extendido como si fueran una colcha. Las aliso con la mano y me pongo a jugar al juego de las tres razones para que el gato que no sabemos de dónde viene, que parte suya es real y que parte dibujada en una sonrisa asomada de Cheshire, elija las patatas y las traiga. Una: iban en las bodegas de los barcos llenos de esclavos. A Essi que tenía hambre, no le gustaban. Prefería los boniatos pero se las comía.  Dos: son las papas de Fausta que tenía la enfermedad de la teta asustada que mamó de su madre. Estaban en su vagina, para defenderla de los hombres. Tuvo que sacárselas para transitar la pasarela del miedo. Tres: si las abres, puedes usarlas como un pincel de nubes y de olas azules y blancas. Essi-Fausta-Alabama. Un puente.

Estoy cansada. Me pasa a la mañana de las noches. He cambiado la foto del perfil y he elegido una con mis hermanos y hermanas. En cadena. Para no soltarme. No me sueltes.

Estoy cansada. Las sirenas se zambullen profundo. La niña entra en el colegio. El padre sigue. Se cuela el ruido del día por la ventana abierta. Construyen en alguna casa cercana. Essi se tumba por un rato en el sofá y su piel negra que brilla lo ocupa todo. Como un espejo. Fausta deambula un rato más por la casa con Rebeca. Se cuentan cosas. Se escuchan sus faldas. Sus melenas de pelo recogidas. Cierro los ojos para poder hacer. El gato de Cheshire desaparece poco a poco, como ellas, hasta que no queda más que su sonrisa. Soy Alabama. Pienso en lo bueno que sería si pudiera dormirme un rato, solo un rato, como Alicia en el árbol. Hasta que no me duela la garganta de cristal roto.

No llores, niña, que no sabré qué decir
No llores, niña, que eres más guapa cuando ríes
...
¿O es que usted no está de acuerdo conmigo?
¿Quién quiere un cuento triste para ir a dormir?

martes, 11 de octubre de 2016

Lumbrarada

‘En el mismo lindero del monte se encontraron, mirándose con sorpresa, porque no se conocían…’

Se encontraban desde hacía tiempo, pero ella tenía tanto miedo a sí misma, que se empeñaba en seguir diciéndole que no lo conocía. Iba hasta su casa, comía de su mano, lamía sus dedos pero se empeñaba en seguir manteniendo su piel de animal callejero. Incluso, acostumbrada a huir de las puertas, había sacado la casa a la plaza, deshaciendo las paredes, desmontando las estanterías. La cama, el sofá, ocupaban el espacio de los bancos con nombre.

Ella se aseguraba de que en su casa siempre fuera viernes, el día en que acumulaba los cansancios. Aun así, cuando llegaba, con un anhelo más grande que su cobardía, se descalzaba y se quitaba los pendientes, su tocado de jaula vacía de pájaros. Los dejaba sobre la mesa, comprobando que seguían siendo círculos. Que la puerta podía abrirse. Era su verdadera desnudez. Hasta donde era capaz. Los pies descalzos de sonambulista. Las orejas sin aros. Sin equilibrio. Pero la puerta preparada. Para salir corriendo. A partir de ahí el resto era solo piel de fuera desde la que intentaba recuperar su cuerpo.

Estaba agotada. Tumbada boca abajo en el sofá sentía los dedos llenos del plomo de las balaceras de dentro. El peso de la invisibilidad de las alas. Estaba tan agotada que se le escapó la casa, que se recogió para su sitio. Con la cara aplastada sobre el cojín, solo pudo tararearse mentalmente una canción. Para seguir viviendo. Él, que la miraba cerca, con un cuidado infinito, le puso palabras a su canción del traidor. Y así, besándola en la boca como si tuviese sed, con la voz, ella pudo ver el color de los muebles y de sus plumas, y se durmió soñando que amaba. Que tras la ventana habían puesto una playa. Y en la playa una hoguera en la que ardían la jaula vacía y su piel de afuera. A tientas le lamió los labios y le supieron a mar. Y a partir de ahí solo fue capaz de recordar que nadaba y nadaba. Profundo. Con los ojos abiertos debajo del agua.

Despertó sin ropa, acurrucada en su forma hecha de perro. Tengo que irme. Me visto y te acompaño.

Por el camino, en un amanecer alargado, ‘que no terminaba nunca’, rozándose las manos, le susurró al oído, un ‘buena lumbrarada la que hemos armado, mujer’.  Y ella supo que le sonreía el vientre. Pero no podremos tener hijos. Y eso por qué.

Y no añadió nada. Porque ya no estaba segura de sus años ni del tiempo que estaba recorriendo.




Lumbrarada es un cuento de Emilia Pardo Bazón. A él pertenecen los entrecomillados.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Apuntes de un viaje


Un día.

Esquina. Café. Ventana. Pasa la gente, los coches, el tranvía.

Suena música. Voz. ‘Es una cover’, dice la hija refiriéndose a la canción. Ella no sabe qué es una ‘cover’.

El cristal crea un escenario palpable del mundo. Ajeno. Música. Necesita un café.

Llega el café. La espuma forma una hoja. Todo el tiempo ha pensado en lo mismo pero no quiere plasmarlo. Para que no pese. Para que no exista más en su garganta. Para no sentir que acosa.

Ventana. Calle. Ruido. Lejano. Los edificios cercanos al cementerio judío nuevo estaban llenos de agujeros de metralla. Armas de liberación. Disparos. Fachadas. Ventanas. Crecen las orquídeas. Las cortinas son de encaje blanco. Visillos detenidos en el tiempo. Enmarcados.

La vida enmarcada. Escenarios. Se enfría el café. Música.

‘La ventana parece un marco’, dice la hija.

Música. Solo piensa en desnudarse. El café se enfría. Bailar desnuda. Invocar las manos. Como si esculpiesen la piel. Cuello. Música.

La cucharilla del café tiene forma de pala del corazón. Deshace la espuma. 'Todo lo que tengo lo llevo conmigo'. La hija canturrea la música. El marco. La piel. Las manos. El cuello. El cerebro insistente.

Mira hacia la ventana. El paraíso en la otra esquina. El paraíso en un abrazo. En la cama de un domingo temprano. Descuenta los pasos. Sonríe. Música. Ritmo. Calor. Deseo.

El café está agrio. Le cuesta poner azúcar blanco. Los granos de azúcar blanco como disparos. Cierra los ojos. La hija dormita apoyada en el bolso sobre la mesa.

Mira hacia la ventana. Aire de ciudad plastificado.

Su vida gira alrededor del pulso marcado por el hueco del vientre. La pala del corazón. Incansable. Rendida. Mecánica. Dispuesta. Exhausta.

La pala del corazón escarbando palabras. El agujero. Los ojos para adentro. El hueco conecta con los ojos de dentro.

Se toma el café.


Otro día

Sentada en los escalones de una plaza. Su hija lee al lado. Los dedos de los pies fríos. En sandalias. Escribe en azul sin nada que contar. El paso de la gente. La imposibilidad de ser extranjera. El extranjero de Camus. Una chica rubia tira una colilla al suelo limpio. En el suelo regado se han formado charcos.

Le lloran los huesos de la cara. Le tiemblan los pómulos. Hace tiempo que no llora de ojos. La imposibilidad de llorar por fuera en uno mismo.

Le asalta de nuevo Tombuctú. La presión en el pecho que le provocan sus idas y venidas por la autopista. El estallido sordo de una paloma atropellada por el coche que no frenó. Demasiadas palomas.

Repasa las paredes estucadas en marrón oscuro, las velas encendidas. La mesa. La silla. Alguien escribió un ‘esperando a Godot’.

Con frecuencia no consigue respirar. Se asfixia. Piensa si quizá termine muriéndose de una enfermedad pulmonar comandada por su cerebro.

Perro come perro. La gente pasa. No pasa nada. Todo alrededor resulta agresivo.

Siente de nuevo la presión en el esternón. Ese fiel amigo. Piensa en el miedo y no lo encuentra. Su miedo es minúsculo en un mundo de miedos y sufrimientos grandes que viajan en barcos.

Sus nalgas empiezan a enfriarse en la piedra.

Quizá este viaje sirvió para eso. Para medir el tamaño de su miedo.

Llama a Tombuctú que se acerca. Lo amarra. ‘Deja de jugar a ser un perro sin sitio’.

Piensa si acaso no sería mejor dedicarse un rato a llorar con ojos y luego a reírse de buena gana. Su agua conoce los surcos.

Pasa el flautista de Hamelin. Música. Pasa y ella no se va detrás. Es alta. El pelo largo. Otra vez crecido.


jueves, 22 de octubre de 2015

Estación de paso

El niño-gato rompió esta mañana el asa de la taza vacía del café de hoy.

Tengo una colección viva de tazas sin asa que intento no ponerle a las visitas.

Desayuno escuchando a Bob Dylan, cabeceando al ritmo de los pies que descuentan las letras de las canciones. Me hablo para dentro y pienso en el peso que se me amontona en los huesos y que me configura una frontera de Babel propia. Me invade el ruido estridente del bulbo raquídeo en el cuello. Su desajuste expandiéndose por la espalda. Por los hombros, por la columna hacia abajo, como una maraña blanca, pegajosa. Sin azúcar ni color rosa de feria.

Desayuno tostadas con aceite y chocolate negro. Como todos los días. Chocolate negro. Pelo mojado. Sonrío al amanecer que se cuela ya por la ventana y me recreo en bailar sentada. En lo confortable de sentir los pies descalzos dentro de los calcetines.

Ayer me enviaste una foto: ‘En el tren volviendo al sur’.

Voy a saltar al cielo de tu foto desde el tren. Como la señora Vértigo.

‘¡Bienvenida al cielo, señora Vértigo! Parece que en el salto se le ha caído el miedo. Acompáñeme’.

Me alargas la mano y yo te acerco la mía. Sonrío. No me acuerdo de que eres un hombre-faro y que quizá aún no levantaste tus amarres para convertirte en barco. No me acuerdo de que me paso el día tras la barra de la taberna del puerto, poniendo copas a hombres-naufragio. Con las manos de paño húmedo. Con los talones agrietados. No me acuerdo de nada porque esta mañana estoy soñando y me he escapado del personaje del cuadro de Hopper.

En el tren volviendo al sur.

Giro. Giro. Giro.

Y en la orilla me encuentro al gaviero. '¿Gaviero de gaviota?' Podría ser. Y pienso en Alberti y en la espuma de las olas.

Giro. Giro. Giro.

Esta mañana tengo ganas de besar. De recrearme en la saliva. De tumbarme en la arena sintiendo en la espalda la superficie del mundo.

'Buen día, bella'.

Me miro al espejo y con compasión destierro las cordilleras de defectos. Con los brazos a los lados del cuerpo. El vientre redondo. Los muslos aglomerados en frenada súbita. No salen los pies en el espejo pero yo me los miro. Me miro el culo. Hola, desconocido. Me miro la cara atravesada de orillas. El surco derecho que me recorre la mejilla. Una cárcava de vida abierta. Sí, creo que soy bella, gaviero.

Buen día, sur.

Acompáñeme al cielo.

Sonrío la maravillosa tontería de soñar con la que amanecí esta mañana. No necesito puentes. Porque salto. No necesito trenes. Porque todas las estaciones son de paso. De salto. De rayuela.

En el tren volviendo al sur.

Miro la fotografía del faro con luz de la pared. Sigue ahí. Es de ladrillo. Con escaleras de subir y bajar. No es un hombre anclado. Que no son gigantes, sino molinos.

En el tren volviendo al sur. Los hilos que corren a lo largo de la vía.

Creo que emprendí el viaje de vuelta a Ítaca.

'¿Qué era esa otra cosa que no te podías permitir?' La desnudez.

Mientras reímos desnudos en la casa de los cuatro vientos. Rodeados de arena y rosas amarillas.

En el tren volviendo al sur. Sonrío el juego. Bailando la música de Dylan. Cabeceando. Regustándome en el café de taza sin asa que rompió el niño-gato que tiene dos orejas y rabo y araña sin telas en la espalda desde el cuello a la cintura.

Giro. Giro. Giro.

Bienvenida, espuma. Bienvenida, emoción.