miércoles, 22 de junio de 2022

Porque no quedaban entradas para ver a Patti Smith

Hoy soñé que P se mudaba a un campo lleno de luz y de árboles a las afueras de Madrid. Aún estaban montando su casa, y amontonaban sus cajas en un almacén al final de su parcela de campo. Donde se pondría el sol de Klara y el sol, el que podría hacer que se cumplan tus deseos si esto no fuese el mundo y su vida. Así que efectivamente se han mudado, porque cuando lo sueño así es porque ya ha ocurrido. Aquí al lado en mis sueños porque están cerca, muy cerca de mí. P siempre me ha regalado la LUZ con mayúsculas: ‘gracias por la luz’. Es mi padrino de luz. Me salvó la vida. Me sacó de mi abismo de mar dibujado con ceras en una cartulina. Mi madre sin saberlo le da todos los días las gracias. Sobre todo en los días que no quiero hablar, que no cojo el teléfono pero que al menos escribo para decir un no te preocupes, solo es que no tengo ganas. Aprendí frente a la oscuridad, mantener sino una red, un hilo de amor. Porque P me enseñó a darme permiso para de vez en cuando no estar bien.

Yo le doy las gracias. Emocionada mientras escucho a Patti Smith en el ‘A hard rains’s a-gonna fall’ en la entrega del Nobel de Literatura. Una y otra vez, ‘And it’s a hard’. Circular. Es mi forma de estar. Un remero. El chamán mexicano solo pudo decirme que yo en otra vida había sido un remero. Todo poesía. Un remero que no necesitaba cadenas para seguir remando. Ni siquiera una mujer. Un hombre. Por eso, cuando tarareo contenta por las calles de esta ciudad este ‘and it’s a hard’, me imagino muy hermosa con el pelo largo a la cara, como Patti Smith, vestida un poco de hombre en esta ceremonia. Siempre que me veo hermosa lo hago con una camisa blanca de cuello. Andrógina.




Fui un remero anclada a galeras y quiero ser más libre. Quiero ser explotadora, aventurera, subir y bajar las montañas, tener una piragua y remar por los pantanos. Como el arpa ‘del salón en el ángulo oscuro’. ‘Levántate y anda’.

Soy un remero que corre los 25.000 pasos de carrera submarina de un domingo por la mañana, anaeróbica, sin pulmones postcovid, a golpe de voluntad. Soy un remero que quiere seguir viviendo. Aunque este lunes no pudiera ver a Patti Smith cantando en Madrid porque se habían agotado las entradas. Aunque yo tararee por sus calles los sábados por la mañana con su pelo largo, no quedaba ni una sola entrada para mí. María no. Los sábados se sueña en el desayuno y se tararea en la calle, los domingos se ponen los cimientos para seguir viviendo el resto de la semana. Se esculpen los pies de barro de este Sísifo-remero que sube una y otra vez la piedra. De lunes a viernes. Y vuelta a empezar. ‘Esperando la mano de nieve’. ‘And it’s a hard’.

Así que hoy me levanté enfurruñada porque este lunes no había visto a Patti Smith. Porque no quedaban entradas y porque no subo y bajo las laderas de doce montañas. Porque muchas veces me quedo a la espera.

Estoy terminando De vidas ajenas. Lo alargo, tanto como se pueden alargar las letras de una palabra sin que se rompa. Poco. Pongo guiones. T-e-q-u-i-e-r-o. Como quien da puntadas. Amaranta. C-o-m-e-t-a. Siento que me quedaré un poco huérfana de libros que siempre llegan cuando tienen que llegar, cuando termine este. Ahora que para colmo no he visto a Patti Smith cantando este lunes en Madrid. Una cadena: La ridícula idea de no volver a verte- Klara y el sol- Hamnet- Neighbours y ahora este De vidas ajenas. Cuando tienen que llegar. And it’s a hard.

Ayer soñé que tenía que hacer una maleta urgente para ir a Nueva York y que no encontraba libros que llevar. No sabía lo que quería seguir leyendo. Un auténtico diluvio.

Inundarse.

Desayuno sobre la cama hecha. Quitada del medio porque a mi hija le molesta verme por la mañana. No desayunar viéndome la cara. En la caja de zapatos, me retiro a mi rincón para no abroncarme más y dejar pasar esta tormenta rutinaria. Me sorprende descubrirme lágrimas corriendo, un poco de dolor de corazón. A pesar de lo cotidiano. Miro la foto pegada en la puerta del armario. Tomada desde el interior del coche del que nos bajamos para despedirnos. Sonrío y le toco la cara a A. Con un libro de Almudena Grandes bajo el brazo. Otra vida ajena en este libro que no quiero terminar. Es una de las fotos más bonitas de mi vida. La pienso mientras escribo aquí, mientras escucho una y otra vez ‘and it’s a hard’ y sonrío extendiendo una manta entre los árboles de la casa soñada de P. Almuerzo en la hierba. Mis arrugas de cara también son picassianas.

Va a diluviar, pero mientras tanto, soy feliz tendida en el suelo rodeada de árboles. Con mis piernas entre las tuyas. Va a diluviar, pero me he lavado el pelo esta mañana y aunque este lunes no he visto a Patti Smith en directo en Madrid, me parezco un poco a ella. Aunque no sea sábado. ‘And it’s a hard’. Soy una remera. Un arpa muchas veces olvidada, que anda. Golpe a golpe. Verso a verso. Estas son cuatro verdades incuestionables.

sábado, 23 de abril de 2022

El lenguaje de los pájaros

He abierto la ventana que da a la ciudad de los tejados. Después de la lluvia, se cuela el trino de sus pájaros, que en mi cabeza cuando cantan, se presentan quietos, con las alas plegadas, sin vuelo. Se extienden los alfeizares y los equilibrios al borde. El vuelo de los pájaros de esta ciudad es por algún motivo silencioso en mi mente. En color quizá, pero callado. Si lo pienso, debería percibir el canto y el vuelo unidos, en una doble pirueta, pero por algún motivo, y sin haberme dado cuenta antes, en mí, la voz y las alas de estos pájaros están disociadas.

Tener voz. Saber volar. Iba en teoría junto.

Vacío. En un largo descenso. Sin voz.

Pero qué hacen estos pájaros aquí. Por qué eligen estar aquí. De alguna manera conformé una especie de imagen de pájaros urbanos suicidas. Sin consciencia de haberlo hecho. O al menos de alas rotas, de vuelo corto o no bien aprendido.

La estatua y la golondrina. El soldadito de plomo y la bailarina.

Para abrazar hay que despegar los brazos del cuerpo. Cuando me quedo sin voz, no puedo hacerlo.

No tengo árbol en esta ciudad.

Hoy es el día del libro. Y mi librería estaba llena de gente. Cualquier sábado está casi vacía, pero hoy llena. Qué extraña relación. Gallinas picoteando. Podía escuchar el cacareo. A golpe de fechas. Bien por los libreros. He saludado y me he ido para otro día.

En la primera parte de 2666, había un libro tendido. Se aireaba las hojas al viento. Los libros se dibujan con frecuencia como pájaros. También silenciosos. ¿Urbanos?

En mi casa los libros cuando llegan pasan un tiempo en el descansadero, para poder encontrar su sitio, para poder ser leídos. El descansadero es un lugar de suelo.

En esta ciudad tengo un poyete y un muro alto en el que da el sol. Y ahora mismo no sé si me hace sentir más viva, o más sola. Seguramente lo último. Imposible abstraerse de los humillados que pasaban por aquí de camino a la hoguera.

Mientras escribo me estoy quedando dormida. Me mezo. Sin plumas.

Con frecuencia no me quiero. Y hoy aún menos que no dejo de comer.

Compré una maceta de cilantro y otra de hierbabuena que se me secó en estos días que bajé al sur.

Estoy leyendo un libro que no me interesa aunque tengo que leerlo, y tengo empezado otro que sí, aplazado. Cada vez me resulta más difícil leer novela, y tengo más necesidad de otro tipo de lecturas.

Cada vez me resulta más difícil leer sin más, porque cada vez veo menos. En el libro electrónico, consigo agrandar la letra y eso me gusta. Aunque no tenga hojas.

Los libros físicos también pueden ser medallas.

No tengo amigos en esta ciudad.

El trabajo que me quedé a hacer aquí, no me ha salido bien. He resultado inepta. Como yo soy al parecer no sirve como madre.

Como yo soy al parecer no sirve para mucho. Pero bien mirado, tampoco importa demasiado, nos vamos a morir igual. Nuestro tiempo es un punto, que es un círculo mirado con lupa. No es una línea con sus renglones rectos o torcidos. Es un bucle, un nudo, un enredo. Una cagada de mosca. Lo demás es soberbia.

Cuando yo era chica y las cabras pasaban por la calle, la dejaban llena de cagarrutas. El otro día encontré esa palabra tan fea en un libro. Fue desconcertante. Seguramente es un buen libro para la celebración de hoy. De Edem Awumey, Explicación de la noche. Una enumeración de libros que conforman huesos, mientras se van rompiendo a golpes, piedras sobre las que apoyarse para atravesar un charco, una vida. Un hombre Giacometti caminando. A un Giacometti no le caben medallas. Salvo en los testículos.

Hoy me levanté muy temprano, si a las dos y media se puede decir temprano. A las cuatro y media ya había visto un documental y por supuesto había tomado un primer desayuno. La generación silenciosa. Me emocionó. Llovía.

En el patio, el libro tendido de Bolaños se habría mojado. La golondrina y su príncipe feliz se habrían mojado.

Los pájaros se callan con la lluvia.

El violín es un pájaro.

Como yo soy es muy fácil acostumbrarse a hacerme daño. Porque desmigo la memoria, pita, pita, pita, pita, … y me quedo.

Pero a veces ocurre algo, ese mínimo e insignificante hecho, ese chasquido de dedos, que me despierta. Y me acuerdo. Y levanto una choza. Y no me mojo. Una choza no es una jaula. Y le pongo una puerta. Por si quiero mantenerla abierta o cerrarla. 

Pocas veces, la lucidez, la voz. Al grito de arriba las ramas. Pero no es ningún milagro.

En el cielo del campo, los pájaros pueden hacer lo que quieran. Correr en círculos como los perros.

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas.

A la salida de mi casa tengo puesto un espejo en el que me veo la cara.



sábado, 20 de marzo de 2021

Collage

 Ayer me dijo H que me paso la vida enterrando Picassos. Visualicé Las señoritas de la calle de Avinyó, y en trozos, como si fueran espejos rotos por las costuras del cuerpo, me imaginé escondiéndolas debajo de las losas de una cocina que no conozco.

No pregunté a H que quería decir, pero pensé que él que se dedica a desenterrar versos y cantarlos, algo de esto debe saber.

Nunca he sabido cómo eran las mujeres consuelo de la canción. Pensaba si no sería mejor ser una mujer con suelo, pero ahora, yo que cuelgo figuras de pájaros y peces del techo, ya no estoy tan segura.

El suelo de la cocina es siempre un mosaico de losas blancas y negras. Pero, espera, sí que la conozco, solo que no me acordaba. Mi cerebro es una alacena. Quizá la elegí porque es bonita y vieja, y porque tiene los techos altos. Así me es más fácil fingirme los rotos.

Durante un tiempo, mi cerebro estuvo lleno de tumbas nevadas. Eran campos de Srebenica. Ahora mi cerebro está lleno de árboles. Es un bosque muy frondoso. No veo las copas, solo la humedad y los troncos rectos. Como barrotes. Un hombre me mira queriendo escapar. Con los años es casi el mismo escenario. Solo se ha derretido la nieve.

Me gustaría tener otras imágenes, pero aquí no puedo oler el mar. Des-olada.

Cuando era pequeña, en el colegio, la maestra nos mandó hacer un collage. Yo ni siquiera había oído esa palabra. Pe-dazos. Re-tazos. Co-dazos.

Mi amiga Inma lo hizo todo de flores. Era precioso. Una cartulina llena de rosas. Una bofetada de belleza. El mío era vulgar, lleno de recortes de papel sin nombres.

Hoy estoy hecha t-r-o-z-o-s. T-r-i-z-a-s.

Es lo que pasa cuando comes alambre de espino. Da igual la forma que le des para tragarlo, que te lo comas con miga de pan. Antes o después se te queda clavado.

Hoy me he despertado temprano. Sin voz. He pasado toda la noche intentando encontrar una salida. Me cuesta. Doy vueltas y vueltas, enjaulada, y no lo consigo. Lápidas. Troncos. Seguro será distinto cuando amanezca. La flor del Guernica. Estación esperanza. Se oyen los primeros pájaros pero nada es diferente. Se me escurren dos lágrimas muy finas por las mejillas. Sonrío al pequeño milagro de mis ojos, empeñados en brillar en seco. En rojo que escuece.

Nada es distinto, aunque sea de día. No puedo hablar. Tiro de toda la lista de mis decisiones. Tú, siempre te equivocas. Leo Vindictas. Las mujeres llevan velas y van iluminando el camino oscuro de las otras mujeres. En una canción de t-r-a-z-o-s. Pero yo no sé lo que debo hacer. Marta Brunet escribe Soledad de sangre:

- A casa- y lo siguió en lo oscuro.

Y no sé si soy yo ella o el perro del que tiran del collar: a casa.

Me voy porque no sé hacer otra cosa. Me voy huyendo. Avergonzada de mi laberinto de pasillos.

En quince años, nunca pensé que la historia pudiera contarse de otra manera. La mitad de los hombres que se suicidan en este país tienen más de 79 años. No quiero ser María, la mala. Por alguna razón me recuerdas cuando hablas de política a mi padre y no puedo soportarlo. Me quedo sin aire. No quiero hablar. Te miro las manos y no son las suyas, y aún así no lo consigo. Las siento en el cuello. Mi padre también dijo, aunque no fuera verdad y yo me tapase la cabeza con la almohada, que no le importaban sus hijos. El infierno de Dante tiene nueve círculos y un vestíbulo, pero no tiene los colores del Bosco. John Berger escribió sobre cómo Descartes le robo el alma a los animales y a nosotros nos dejó sin metáforas, en la Fama y soledad de Picasso. Quién sabe si también de sangre.

- A casa- y lo siguió en lo oscuro.

Mi amiga Inma siempre hacía los trabajos de la escuela mucho más bonitos que yo. A ella no le pegaban si pedía dinero para comprar cosas para la escuela.

Collage.

Cuando baje al pueblo, tomaremos un café en su cocina blanca. Donde no parece nadie dedique las noches a levantar los suelos.

Collage de libros. Entre los pinos que dan a la playa, me desnudo entre libros. Todos permanecen abiertos menos el Ensayo sobre la ceguera que se ha cerrado sobre sí mismo. Yo tenía una perra Maya que murió el mismo día que Saramago.

Termino Vindictas y aunque he escrito los países y las fechas de vida al lado de los nombres de las autoras, aunque yo no quiera, se me deshacen los cuentos entre los dedos y se me mezclan. Desenterrar. Aunque las cuentistas lleven luces de vigilia. 

Hojada. Des-hojada. Me-quiere. No-me-quiere. 




sábado, 15 de agosto de 2020

La pintora y el ladrón

 Yo soy la ladrona de mis cuentos.

‘Y sé todos los cuentos’ que escribiera León Felipe.

Si lo pienso, solo hay dos direcciones en las que siempre me he imaginado yendo. Hacia el frente donde se alcanza el horizonte, saltando girasoles amarillos, y hacia arriba, soñando enormes lianas de habichuelas verdes, para después de las nubes, escalar a lo alto las vidrieras de colores de Sainte-Chapelle. A manos y pies, como subo las montañas, conectada a lo primigenio de mi origen. A brazos y piernas de viento, como cuando juego a correr el cárabo con Azarías.

Así, mis cuentos tendrían que estar llenos de granjas al pie de las colinas de Ngong, de lluvia de la de atrapar con la boca muy abierta. De yo-creos-en-las-hadas que devuelvan la vida a las Campanillas a las que se les está apagando la luz. En cambio, me empeño en buscar una y otra vez, los caminos que hacia abajo se adentran en los lagos en los que solo es posible flotar o sumergirse. Sin hacer pie. Las ataduras. Los troncos huecos desde los que se cae a un mundo de conejos blancos con reloj. Tic-tac. Tic-tac. En el que me cuesta tanto encontrar mi tamaño.

Yo soy la ladrona que roba las semillas mágicas de mis cuentos y las esconde dejándome sin posibilidad alguna de alcanzar mis sueños. La Amaranta que se queda a la espera, entreteniendo su vida entre los hilos. La que no es valiente. La que se esconde tras los no-tiempos.

Yo soy la ladrona de mis cuadros.

En el sótano, en esperables buenas condiciones de luz y de temperatura, hay dos pinturas que no son mías, del pintor albanés Maks Velo. De espaldas. Las mires como las mires, son oscuras e incluso si no fuera una barbaridad decirlo, hasta un poco feas. Parece que Velo hubiera pintado algo comprendido entre los barrotes de una celda y unos grilletes para inmovilizar el cuello, lo cual no sería nada sorprendente. Cada vez que vengo a la casa, les doy la vuelta, las dejo un poco al aire y las miro para devolverlas luego a un nuevo, prefiero no pensarlo, encierro. Intento sacudir la idea para no sentirme cómplice de la tiranía y subo todo lo rápida que puedo las escaleras.

Las pinceladas están llenas de palabras y, al contrario, cada frase puede ser un dibujo entero. En la casa los libros y los cuadros se disponen en los mismos sitios como si fueran iguales. Me gusta apoyarlos en las paredes encima de los muebles, en el suelo sobre las maderas y las piedras recogidas en la playa. Para que puedan escuchar el viento.

La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Alexiévich preside en vertical estos días el descansadero de los libros. Para apuntalar un poco el alma después de su lectura. Evoco las palas del corazón de Herta Müller. Leído como está escrito, en las intermitencias del trabajo y del sueño, tirando del título de Las intermitencias de la muerte de Saramago. Buscando la salida al miedo de seguir perdiendo la vida.

Estos días de retiro en mi casa, a pesar del trabajo y el limpiar y ordenar obsesivos, han estado llenos de libros y de películas. Con almuerzos en la hierba que rodea el lago soledad. A base de latas de caballa. Algún tomate y sandía. Auténtica felicidad.

Vi la película documental La pintora y el ladrón. La recomendé. A mis amigos les gustó, pero no tanto como a mí. A pesar de su belleza, el canto de sirenas de la autodestrucción de los personajes no es un imán igual para todos. He visto Tierra de Dios con sus países ingleses, y Moffie que transcurre irremediablemente en la frontera sudafricana de Esperando a los bárbaros. Y otras más. Pero la que más me ha impactado sin duda es System Crasher. Benni se me ha metido en la cabeza y no deja de correr en el pasillo que hay detrás de mi frente mientras grita mamá, mamá, mamá, mamá. 

El pasado es algo que no existe como lo pensamos. Un poliedro lleno de caras. Mamá, mamá, mamá, mamá.

Escribo en la mesa del salón. Hace al menos 4 días que esta página anda abierta. Coser y descoser. Lo que me gustaría contar no está aquí, pero sí detrás de la puerta que está al fondo de esta habitación.

Voy a cumplir años. Las siete vidas de un gato. Benni corre y no entiende. Benni grita para protegerse.

Es solo asumir de una vez por todas que no hay nada que perder. Cerrar el círculo de este blog. Girar el pomo y empujar. Entrar a un escenario donde no sea preciso seguir esperando a nadie que no sea yo. Dejar escapar a la Sherezade de Nélida Piñón. Ponerme a pintar. En un festín de Babette. Sin califas ni ladrones de fuera ni de adentro.

Un salto de fe.

domingo, 24 de mayo de 2020

Eslabones

Leo Eslabones de Nuruddin Farah. El primero de la trilogía del que ya leí el tercero. No importa, sino al contrario. Hay pasados que son más grandes que nosotros, imposibles de dimensionar. Que necesitan ser contados y leídos. En realidad, no sabíamos nada. Llenos de buitres. 


Tic-tac-tic-tac

La casa está llena de relojes que miden los tiempos: los lentos, los que van demasiado rápido, los que dan igual dos días antes o después. No quiero tener una colección de relojes que no nazcan de la tierra.

Estoy cansada en un giro que aburre a todos los que ya saben que siempre estoy cansada. Pero que mi cuerpo soporta creyendo que ya no puede más. Los ojos demasiado secos.


Día-noche-día-noche

En la casa hay solo dos espejos de medio cuerpo, que devuelven imágenes distintas según sea de día o de noche. A la del día le cabe aún un espacio de compasión. Diminuto. En una esquina. La de la noche es grotesca. Devuelve un amasijo de carne que se espanta a sí mismo. Como si surgiera de un grabado negro y sordo.

El mundo de Alicia se ha vuelto loco atrapado en sí mismo. Sin poder ver su tamaño real.


Un eslabón-otro eslabón-un eslabón- … conforman una cadena.

Leo Eslabones de Nuruddin Farah. Página 62: ‘En ese trayecto, fue como si su vida se hallase en una entreplanta, entre el piso llamado “Tedio” y el piso llamado “Esperanza”.

En Madrid existe una estación de metro llamada Esperanza, en la que trabajaba de guardia de seguridad un caballero que yo imaginaba andante. Solo porque me llamaba hermosa.

Me duele el estómago porque tomé casi un litro de helado de chocolate. Terapia para que duela menos.

Los pájaros han invadido el cielo. Nos hemos quedado sin azul. Sus trinos son estridentes. Insoportables si se pudiera decir. Porque mis oídos han ido creciendo y creciendo sin control y sin alas. Anoche incluso me visitó una mosca. Zumbaba como un mosquito, pero en sordo de mosca. Insolente. Sin campo.

Me está costando dormirme. Una vuelta, otra vuelta. No consigo pintar puertas mágicas en las paredes, ni inventar un cuerpo en mi cama. Se me están olvidando los abrazos. La saliva. Oler.

Ya no tiro alambres de un tejado a otro para escalar equilibrios. Sin estatuas. Tengo calor. Pesada a plomo.


Fortunata-Jacinta-Fortunata-Jacinta

Fortunata sube continuamente los escalones de una casa en cuesta que hay en la parte alta de la calle Toledo, llegando ya a la plaza Mayor. Altos, gastados de antes. Los sube a dos, con los ojos muy abiertos. Como si no pudiera esperar más a llegar arriba y abrir la puerta. La he visto esta mañana cuando pasé por allí corriendo. Como si se le escapase la vida.

Solo los sube, nunca los baja. Bajarlos los baja Jacinta. Resignada, con sombrero a la moda y vestida de verde. A pesar de asomarse a finales del siglo XIX, la pancarta del ‘No pasarán’, ya ha pasado, y los caciques siguen voceando su libertad.


Una piedra-otra piedra-una piedra

‘Mátalo, mátalo’- gritaba Doña Perfecta. Era una ‘Crónica de una muerte anunciada’ pero sin Caribe. Llena de envidia. La gente de siempre cogida del pescuezo con la soga bien corta.

Las mismas manos de unos y de otros. Las mismas cuerdas. El mismo llanto de los girasoles y las giralunas.


Razón-locura-razón-locura

Ayer vi Entre la razón y la locura. Emocionada asistí a los diálogos de las palabras encadenadas y al dolor de vivir en lo que no existe.


Una ola-otra ola- y otra, … hacen un mar.

Tengo sed. Demasiado helado de chocolate. 

En julio vendrá el mar, pero antes llegará junio con todo lo esperado y todas sus incertidumbres. Quién sabe si Fortunata dejará de subir, si los espejos se romperán.

Las palabras son eslabones. Y peldaños para alcanzar lo imposible. Deseo-desear. Poner una escalera.


Los pies, mis pies, anticipan los archi-pie-lagos en la orilla.


(Levitando, Estela Cuadro)




viernes, 10 de abril de 2020

Historias de una ventana


Un día


Al otro lado de la calle, los vecinos que hasta hace unos días no conocía, salen a los balcones. No sé nada de ellos, pero ya los espero. Y ellos también me esperan. En un saludo de manos, cuasi banderas. A la hora en punto e incluso un poco antes. De pie sobre la cama, me asomo al tejado por su ventana. Sin zapatitos de cristal. A la izquierda aparece mi hija desde la suya. La miro contenta como si no la hubiera visto en todo el día y me sorprendiera encontrarla: ¡Hola, hija! Extendiendo una distancia que necesito. A la derecha llega urgente el vecino que ha sido padre nuevo estos días. Pregunto por la mamá y la niña Alma que ya tan chiquita sabe contar historias. Arriba, los vecinos del ático. Ella trabaja en un hospital. Por eso sus hijas y la perra Alta están en el pueblo con los abuelos. Las hallan en falta. Después de aplaudir, nos preguntamos por el día. Encima justo de donde nació Gloria Fuertes. Con el tiempo que haga en la cara. 'Con cien cañones por banda, ...'. 'Viento en popa, a toda vela, ...'. Cierro los ojos y respiro.  ¡Hasta mañana, familia! Justo antes de cerrar de nuevo la ventana.

Me bajo de la cama. ‘En la lona gime el viento, ...'.

Otro día


En Navidad, cuando aún no sospechaba que pasaría esta Semana Santa en Madrid, lejos del Sur que me habita y que tanto necesito para no sucumbir a la anaerobia, un gran amigo con el que comparto el deambular voluntario de los pasos, me regaló un retrato en forma de Breve elogio de la errancia: la ausencia, el desarraigo y distanciamiento activo, lo que me ancla a mi identidad.

Me miro desde fuera estos días y lo releo mentalmente. Descubro la inercia a seguir confinada, el chirrío interno, la protesta, cada vez que imagino que vuelvo a salir. Tendrá que ser progresivo, dicen. Y tanto. Mientras escalo el cristal del salón en el que se instala el sol con mis patas crecidas de salamanquesa. Se llamaba Gregorio Samsa. Buscando mosquitos. Dicotomía.


Hoy


Hoy tengo el almuerzo hecho y como no trabajo quizá pueda ponerme a escribir un rato. En el muro encalado del pecho, sacudo el polvo al viejo letrero de lo imposible. Lo encuadro en su altar. Sé que entre los días marcados he pensado y he escrito en la cabeza, pero debió perderse como siempre por los desagües. Es mi canción del cobarde. ‘Es de ver cómo vira y se previene a todo trapo a escapar’. Quizá en alguna cloaca haya crecido un jardín.

Mientras esta mañana me vestía, pensé en el hilo que mantengo y me une a Aura Estrada, la mujer mexicana de Francisco Goldman que se ahogó en las olas. Siempre quise casarme en un campo cerca del mar. Para ponerme unas sandalias.

El Viernes Santo huele a magdalenas. Antes de escribir esta frase he puesto en el horno mi primer bizcocho de yogurt. Me he saltado un poco las medidas. Unas por defecto. Solo puse tres huevos aunque mi madre me dijo cuatro. ¿Es qué acaso ya no se acuerda que no podíamos permitirnos gastar tres huevos en un dulce? Y encima quería cuatro. Otras por exceso. Para compensar creo que me he pasado con la levadura. Quizá la masa se agrie. Pero el molde que estaba sin estrenar tiene forma de flor. Eso debería ser suficiente para compensar mis desmedidas.

En el pueblo para Semana Santa se iba al horno a hacer magdalenas. También roscos de vino y galletas. Pero esa es otra historia. Como la del primer bizcocho de limón que probé a los tres años. Incomparable. En el cortijo donde me escondí para darme el primer beso con lengua que desbarató una abeja revoltosa. Donde había un castillo si empujabas alto el columpio y nos asustamos de un toro cojo. Donde aún giro en mi primera ahogadilla dentro de un pilón de agua. Con los ojos abiertos. Donde un chico llamado Leoncio iba de más grande. Esta sería definitivamente también una historia para otro día.

Empieza a oler a bizcocho. Vaya, tendría que haberle puesto el azúcar por encima que también me dijo mi madre. Quizá demasiado tarde. ‘¿Mi ley? La fuerza y el viento’.

No detallaré lo que me ha pasado. El horno, la manopla, la rejilla y el molde en combate. He puesto un poco de azúcar por encima. Definitivamente, una tormenta de resultados inciertos.

Hoy es Viernes Santo. Y este, como para casi todos, no era el que tocaba este año.

Mi hija nació un Miércoles Santo por la noche. Ese viernes, porque había menos personal disponible por festivo, en el hospital no se acordaron de venir a limpiarme los puntos. Y yo no dije nada aunque lo necesitaba. Me visitaron algunos familiares. Mi abuela Dolores quería venir, pero no quedaba sitio. A las dos semanas, nos fuimos al pueblo y yo no quería que ella la cogiese de pie en brazos. Porque creía que como era viejita se le caería. Apenas dejaba que lo hiciera sentada. Murió solo dos semanas después. No hay consuelo para mi terrible ignorancia.

Cuando fui a conocer a la niña Emma y la tomé de la cuna, sus padres alargaron los brazos aterrados. No se me va a caer, les dije asombrada. Era yo entonces apenas el cascarón de hueso de un barco fantasma. Reinventándome en los espejos. Suspiro. Esta también es una historia para otro día.

Ya he sacado el bizcocho. Huele muy bien. El azúcar que añadí a destiempo ha quedado blanco y suelto. La masa ya no lo quiso. Bueno, no pasa nada, lo sacudiré un poco. Aún así tiene buen aspecto. Lo he dejado enfriándose. Nos hemos mirado como perfectos desconocidos.

Estos días he leído Fortunata y Jacinta, en homenaje a Pérez Galdós y a los toros mariposa. Aún no puedo hablar del libro. Temo que Fortunata se me escape de dentro si lo hago. He subido y bajado todas las calles del barrio que ahora no transito: la Concepción Jerónima, la Ave María, la Mira del Río, la calle Toledo; la Cava Alta y la Baja, los escalones del Arco de Cuchilleros. He retorcido en la mano pañuelos blancos y negros.

Tengo el pelo largo hasta la cintura. De perfil parezco un Jesús Nazareno.

A mi tronco le ha salido una flor violeta. Parecida a un cardo, pero sin pinchos. Con los pétalos divididos en peldaños. Para entrar y salir. Ay, si se me va y ya no me vuelve.

Mi tronco tiene desde ayer una gota de agua escapada y sostenida en la flor. ‘Qué raro, si ni siquiera hay nubes’ en el techo. Quizá una lágrima. A la espera. Me acordé al verla de la estatua y la golondrina.

A la espera. Porque esta Semana Santa no era la que nos tocaba este año. La íbamos a pasar juntos en el Sur. Nos íbamos a amar yendo y viniendo calles. A emocionar, a callarnos y a reírnos. Cogeríamos azahar en la Alameda para tu madre. Tomaríamos amontillado con un papelón de pescaíto frito. De anochecida, nos pondríamos debajo de tu ventana de antes que da a la catedral y veríamos pasar los pasos. Nos recogeríamos arrullados en tu cama de madrugada. Después con el sol alto recorreríamos el barrio de Las Viñas. Para terminar sentándonos en el escalón de la casa de la calle del Madroño, que hemos elegido. Con su puerta abierta al patio y la buganvilla. ‘¿Qué es mi barco? Mi tesoro’.

El Madroño. Parece que no dejáramos Madrid.

Te he llamado: he hecho mi primer bizcocho. Y tú has hecho tu primer puchero y te has tomado hasta un poco de Tío Diego. Dices que me quieres. Mi tronco, al que le ha salido un primer hijo, enreda sus hojas en el tuyo y que te cuido. Se aclara un poco la tarde. La ventana enmarca un tímido azul del cielo con nubes. Los pájaros que ahora hacen lo que quieren, dan saltos.

El azúcar me ha entonado un poco el estómago y la tristeza, que no la distancia. Me pongo un café y sigo leyendo. Tengo el pelo demasiado largo. Me lo recojo. Será que consiga que Fortunata no se me escurra.

En un rato, los aplausos en el tejado y los vecinos. ¿Cómo están Victoria y la niña? ¿Y Almudena? Al final hice el bizcocho. Apenas cuatro frases en carne y hueso que me amarran al día. Para no perderme como Aura en las olas.