sábado, 20 de marzo de 2021

Collage

 Ayer me dijo H que me paso la vida enterrando Picassos. Visualicé Las señoritas de la calle de Avinyó, y en trozos, como si fueran espejos rotos por las costuras del cuerpo, me imaginé escondiéndolas debajo de las losas de una cocina que no conozco.

No pregunté a H que quería decir, pero pensé que él que se dedica a desenterrar versos y cantarlos, algo de esto debe saber.

Nunca he sabido cómo eran las mujeres consuelo de la canción. Pensaba si no sería mejor ser una mujer con suelo, pero ahora, yo que cuelgo figuras de pájaros y peces del techo, ya no estoy tan segura.

El suelo de la cocina es siempre un mosaico de losas blancas y negras. Pero, espera, sí que la conozco, solo que no me acordaba. Mi cerebro es una alacena. Quizá la elegí porque es bonita y vieja, y porque tiene los techos altos. Así me es más fácil fingirme los rotos.

Durante un tiempo, mi cerebro estuvo lleno de tumbas nevadas. Eran campos de Srebenica. Ahora mi cerebro está lleno de árboles. Es un bosque muy frondoso. No veo las copas, solo la humedad y los troncos rectos. Como barrotes. Un hombre me mira queriendo escapar. Con los años es casi el mismo escenario. Solo se ha derretido la nieve.

Me gustaría tener otras imágenes, pero aquí no puedo oler el mar. Des-olada.

Cuando era pequeña, en el colegio, la maestra nos mandó hacer un collage. Yo ni siquiera había oído esa palabra. Pe-dazos. Re-tazos. Co-dazos.

Mi amiga Inma lo hizo todo de flores. Era precioso. Una cartulina llena de rosas. Una bofetada de belleza. El mío era vulgar, lleno de recortes de papel sin nombres.

Hoy estoy hecha t-r-o-z-o-s. T-r-i-z-a-s.

Es lo que pasa cuando comes alambre de espino. Da igual la forma que le des para tragarlo, que te lo comas con miga de pan. Antes o después se te queda clavado.

Hoy me he despertado temprano. Sin voz. He pasado toda la noche intentando encontrar una salida. Me cuesta. Doy vueltas y vueltas, enjaulada, y no lo consigo. Lápidas. Troncos. Seguro será distinto cuando amanezca. La flor del Guernica. Estación esperanza. Se oyen los primeros pájaros pero nada es diferente. Se me escurren dos lágrimas muy finas por las mejillas. Sonrío al pequeño milagro de mis ojos, empeñados en brillar en seco. En rojo que escuece.

Nada es distinto, aunque sea de día. No puedo hablar. Tiro de toda la lista de mis decisiones. Tú, siempre te equivocas. Leo Vindictas. Las mujeres llevan velas y van iluminando el camino oscuro de las otras mujeres. En una canción de t-r-a-z-o-s. Pero yo no sé lo que debo hacer. Marta Brunet escribe Soledad de sangre:

- A casa- y lo siguió en lo oscuro.

Y no sé si soy yo ella o el perro del que tiran del collar: a casa.

Me voy porque no sé hacer otra cosa. Me voy huyendo. Avergonzada de mi laberinto de pasillos.

En quince años, nunca pensé que la historia pudiera contarse de otra manera. La mitad de los hombres que se suicidan en este país tienen más de 79 años. No quiero ser María, la mala. Por alguna razón me recuerdas cuando hablas de política a mi padre y no puedo soportarlo. Me quedo sin aire. No quiero hablar. Te miro las manos y no son las suyas, y aún así no lo consigo. Las siento en el cuello. Mi padre también dijo, aunque no fuera verdad y yo me tapase la cabeza con la almohada, que no le importaban sus hijos. El infierno de Dante tiene nueve círculos y un vestíbulo, pero no tiene los colores del Bosco. John Berger escribió sobre cómo Descartes le robo el alma a los animales y a nosotros nos dejó sin metáforas, en la Fama y soledad de Picasso. Quién sabe si también de sangre.

- A casa- y lo siguió en lo oscuro.

Mi amiga Inma siempre hacía los trabajos de la escuela mucho más bonitos que yo. A ella no le pegaban si pedía dinero para comprar cosas para la escuela.

Collage.

Cuando baje al pueblo, tomaremos un café en su cocina blanca. Donde no parece nadie dedique las noches a levantar los suelos.

Collage de libros. Entre los pinos que dan a la playa, me desnudo entre libros. Todos permanecen abiertos menos el Ensayo sobre la ceguera que se ha cerrado sobre sí mismo. Yo tenía una perra Maya que murió el mismo día que Saramago.

Termino Vindictas y aunque he escrito los países y las fechas de vida al lado de los nombres de las autoras, aunque yo no quiera, se me deshacen los cuentos entre los dedos y se me mezclan. Desenterrar. Aunque las cuentistas lleven luces de vigilia. 

Hojada. Des-hojada. Me-quiere. No-me-quiere. 




sábado, 15 de agosto de 2020

La pintora y el ladrón

 Yo soy la ladrona de mis cuentos.

‘Y sé todos los cuentos’ que escribiera León Felipe.

Si lo pienso, solo hay dos direcciones en las que siempre me he imaginado yendo. Hacia el frente donde se alcanza el horizonte, saltando girasoles amarillos, y hacia arriba, soñando enormes lianas de habichuelas verdes, para después de las nubes, escalar a lo alto las vidrieras de colores de Sainte-Chapelle. A manos y pies, como subo las montañas, conectada a lo primigenio de mi origen. A brazos y piernas de viento, como cuando juego a correr el cárabo con Azarías.

Así, mis cuentos tendrían que estar llenos de granjas al pie de las colinas de Ngong, de lluvia de la de atrapar con la boca muy abierta. De yo-creos-en-las-hadas que devuelvan la vida a las Campanillas a las que se les está apagando la luz. En cambio, me empeño en buscar una y otra vez, los caminos que hacia abajo se adentran en los lagos en los que solo es posible flotar o sumergirse. Sin hacer pie. Las ataduras. Los troncos huecos desde los que se cae a un mundo de conejos blancos con reloj. Tic-tac. Tic-tac. En el que me cuesta tanto encontrar mi tamaño.

Yo soy la ladrona que roba las semillas mágicas de mis cuentos y las esconde dejándome sin posibilidad alguna de alcanzar mis sueños. La Amaranta que se queda a la espera, entreteniendo su vida entre los hilos. La que no es valiente. La que se esconde tras los no-tiempos.

Yo soy la ladrona de mis cuadros.

En el sótano, en esperables buenas condiciones de luz y de temperatura, hay dos pinturas que no son mías, del pintor albanés Maks Velo. De espaldas. Las mires como las mires, son oscuras e incluso si no fuera una barbaridad decirlo, hasta un poco feas. Parece que Velo hubiera pintado algo comprendido entre los barrotes de una celda y unos grilletes para inmovilizar el cuello, lo cual no sería nada sorprendente. Cada vez que vengo a la casa, les doy la vuelta, las dejo un poco al aire y las miro para devolverlas luego a un nuevo, prefiero no pensarlo, encierro. Intento sacudir la idea para no sentirme cómplice de la tiranía y subo todo lo rápida que puedo las escaleras.

Las pinceladas están llenas de palabras y, al contrario, cada frase puede ser un dibujo entero. En la casa los libros y los cuadros se disponen en los mismos sitios como si fueran iguales. Me gusta apoyarlos en las paredes encima de los muebles, en el suelo sobre las maderas y las piedras recogidas en la playa. Para que puedan escuchar el viento.

La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Alexiévich preside en vertical estos días el descansadero de los libros. Para apuntalar un poco el alma después de su lectura. Evoco las palas del corazón de Herta Müller. Leído como está escrito, en las intermitencias del trabajo y del sueño, tirando del título de Las intermitencias de la muerte de Saramago. Buscando la salida al miedo de seguir perdiendo la vida.

Estos días de retiro en mi casa, a pesar del trabajo y el limpiar y ordenar obsesivos, han estado llenos de libros y de películas. Con almuerzos en la hierba que rodea el lago soledad. A base de latas de caballa. Algún tomate y sandía. Auténtica felicidad.

Vi la película documental La pintora y el ladrón. La recomendé. A mis amigos les gustó, pero no tanto como a mí. A pesar de su belleza, el canto de sirenas de la autodestrucción de los personajes no es un imán igual para todos. He visto Tierra de Dios con sus países ingleses, y Moffie que transcurre irremediablemente en la frontera sudafricana de Esperando a los bárbaros. Y otras más. Pero la que más me ha impactado sin duda es System Crasher. Benni se me ha metido en la cabeza y no deja de correr en el pasillo que hay detrás de mi frente mientras grita mamá, mamá, mamá, mamá. 

El pasado es algo que no existe como lo pensamos. Un poliedro lleno de caras. Mamá, mamá, mamá, mamá.

Escribo en la mesa del salón. Hace al menos 4 días que esta página anda abierta. Coser y descoser. Lo que me gustaría contar no está aquí, pero sí detrás de la puerta que está al fondo de esta habitación.

Voy a cumplir años. Las siete vidas de un gato. Benni corre y no entiende. Benni grita para protegerse.

Es solo asumir de una vez por todas que no hay nada que perder. Cerrar el círculo de este blog. Girar el pomo y empujar. Entrar a un escenario donde no sea preciso seguir esperando a nadie que no sea yo. Dejar escapar a la Sherezade de Nélida Piñón. Ponerme a pintar. En un festín de Babette. Sin califas ni ladrones de fuera ni de adentro.

Un salto de fe.

domingo, 24 de mayo de 2020

Eslabones

Leo Eslabones de Nuruddin Farah. El primero de la trilogía del que ya leí el tercero. No importa, sino al contrario. Hay pasados que son más grandes que nosotros, imposibles de dimensionar. Que necesitan ser contados y leídos. En realidad, no sabíamos nada. Llenos de buitres. 


Tic-tac-tic-tac

La casa está llena de relojes que miden los tiempos: los lentos, los que van demasiado rápido, los que dan igual dos días antes o después. No quiero tener una colección de relojes que no nazcan de la tierra.

Estoy cansada en un giro que aburre a todos los que ya saben que siempre estoy cansada. Pero que mi cuerpo soporta creyendo que ya no puede más. Los ojos demasiado secos.


Día-noche-día-noche

En la casa hay solo dos espejos de medio cuerpo, que devuelven imágenes distintas según sea de día o de noche. A la del día le cabe aún un espacio de compasión. Diminuto. En una esquina. La de la noche es grotesca. Devuelve un amasijo de carne que se espanta a sí mismo. Como si surgiera de un grabado negro y sordo.

El mundo de Alicia se ha vuelto loco atrapado en sí mismo. Sin poder ver su tamaño real.


Un eslabón-otro eslabón-un eslabón- … conforman una cadena.

Leo Eslabones de Nuruddin Farah. Página 62: ‘En ese trayecto, fue como si su vida se hallase en una entreplanta, entre el piso llamado “Tedio” y el piso llamado “Esperanza”.

En Madrid existe una estación de metro llamada Esperanza, en la que trabajaba de guardia de seguridad un caballero que yo imaginaba andante. Solo porque me llamaba hermosa.

Me duele el estómago porque tomé casi un litro de helado de chocolate. Terapia para que duela menos.

Los pájaros han invadido el cielo. Nos hemos quedado sin azul. Sus trinos son estridentes. Insoportables si se pudiera decir. Porque mis oídos han ido creciendo y creciendo sin control y sin alas. Anoche incluso me visitó una mosca. Zumbaba como un mosquito, pero en sordo de mosca. Insolente. Sin campo.

Me está costando dormirme. Una vuelta, otra vuelta. No consigo pintar puertas mágicas en las paredes, ni inventar un cuerpo en mi cama. Se me están olvidando los abrazos. La saliva. Oler.

Ya no tiro alambres de un tejado a otro para escalar equilibrios. Sin estatuas. Tengo calor. Pesada a plomo.


Fortunata-Jacinta-Fortunata-Jacinta

Fortunata sube continuamente los escalones de una casa en cuesta que hay en la parte alta de la calle Toledo, llegando ya a la plaza Mayor. Altos, gastados de antes. Los sube a dos, con los ojos muy abiertos. Como si no pudiera esperar más a llegar arriba y abrir la puerta. La he visto esta mañana cuando pasé por allí corriendo. Como si se le escapase la vida.

Solo los sube, nunca los baja. Bajarlos los baja Jacinta. Resignada, con sombrero a la moda y vestida de verde. A pesar de asomarse a finales del siglo XIX, la pancarta del ‘No pasarán’, ya ha pasado, y los caciques siguen voceando su libertad.


Una piedra-otra piedra-una piedra

‘Mátalo, mátalo’- gritaba Doña Perfecta. Era una ‘Crónica de una muerte anunciada’ pero sin Caribe. Llena de envidia. La gente de siempre cogida del pescuezo con la soga bien corta.

Las mismas manos de unos y de otros. Las mismas cuerdas. El mismo llanto de los girasoles y las giralunas.


Razón-locura-razón-locura

Ayer vi Entre la razón y la locura. Emocionada asistí a los diálogos de las palabras encadenadas y al dolor de vivir en lo que no existe.


Una ola-otra ola- y otra, … hacen un mar.

Tengo sed. Demasiado helado de chocolate. 

En julio vendrá el mar, pero antes llegará junio con todo lo esperado y todas sus incertidumbres. Quién sabe si Fortunata dejará de subir, si los espejos se romperán.

Las palabras son eslabones. Y peldaños para alcanzar lo imposible. Deseo-desear. Poner una escalera.


Los pies, mis pies, anticipan los archi-pie-lagos en la orilla.


(Levitando, Estela Cuadro)




viernes, 10 de abril de 2020

Historias de una ventana


Un día


Al otro lado de la calle, los vecinos que hasta hace unos días no conocía, salen a los balcones. No sé nada de ellos, pero ya los espero. Y ellos también me esperan. En un saludo de manos, cuasi banderas. A la hora en punto e incluso un poco antes. De pie sobre la cama, me asomo al tejado por su ventana. Sin zapatitos de cristal. A la izquierda aparece mi hija desde la suya. La miro contenta como si no la hubiera visto en todo el día y me sorprendiera encontrarla: ¡Hola, hija! Extendiendo una distancia que necesito. A la derecha llega urgente el vecino que ha sido padre nuevo estos días. Pregunto por la mamá y la niña Alma que ya tan chiquita sabe contar historias. Arriba, los vecinos del ático. Ella trabaja en un hospital. Por eso sus hijas y la perra Alta están en el pueblo con los abuelos. Las hallan en falta. Después de aplaudir, nos preguntamos por el día. Encima justo de donde nació Gloria Fuertes. Con el tiempo que haga en la cara. 'Con cien cañones por banda, ...'. 'Viento en popa, a toda vela, ...'. Cierro los ojos y respiro.  ¡Hasta mañana, familia! Justo antes de cerrar de nuevo la ventana.

Me bajo de la cama. ‘En la lona gime el viento, ...'.

Otro día


En Navidad, cuando aún no sospechaba que pasaría esta Semana Santa en Madrid, lejos del Sur que me habita y que tanto necesito para no sucumbir a la anaerobia, un gran amigo con el que comparto el deambular voluntario de los pasos, me regaló un retrato en forma de Breve elogio de la errancia: la ausencia, el desarraigo y distanciamiento activo, lo que me ancla a mi identidad.

Me miro desde fuera estos días y lo releo mentalmente. Descubro la inercia a seguir confinada, el chirrío interno, la protesta, cada vez que imagino que vuelvo a salir. Tendrá que ser progresivo, dicen. Y tanto. Mientras escalo el cristal del salón en el que se instala el sol con mis patas crecidas de salamanquesa. Se llamaba Gregorio Samsa. Buscando mosquitos. Dicotomía.


Hoy


Hoy tengo el almuerzo hecho y como no trabajo quizá pueda ponerme a escribir un rato. En el muro encalado del pecho, sacudo el polvo al viejo letrero de lo imposible. Lo encuadro en su altar. Sé que entre los días marcados he pensado y he escrito en la cabeza, pero debió perderse como siempre por los desagües. Es mi canción del cobarde. ‘Es de ver cómo vira y se previene a todo trapo a escapar’. Quizá en alguna cloaca haya crecido un jardín.

Mientras esta mañana me vestía, pensé en el hilo que mantengo y me une a Aura Estrada, la mujer mexicana de Francisco Goldman que se ahogó en las olas. Siempre quise casarme en un campo cerca del mar. Para ponerme unas sandalias.

El Viernes Santo huele a magdalenas. Antes de escribir esta frase he puesto en el horno mi primer bizcocho de yogurt. Me he saltado un poco las medidas. Unas por defecto. Solo puse tres huevos aunque mi madre me dijo cuatro. ¿Es qué acaso ya no se acuerda que no podíamos permitirnos gastar tres huevos en un dulce? Y encima quería cuatro. Otras por exceso. Para compensar creo que me he pasado con la levadura. Quizá la masa se agrie. Pero el molde que estaba sin estrenar tiene forma de flor. Eso debería ser suficiente para compensar mis desmedidas.

En el pueblo para Semana Santa se iba al horno a hacer magdalenas. También roscos de vino y galletas. Pero esa es otra historia. Como la del primer bizcocho de limón que probé a los tres años. Incomparable. En el cortijo donde me escondí para darme el primer beso con lengua que desbarató una abeja revoltosa. Donde había un castillo si empujabas alto el columpio y nos asustamos de un toro cojo. Donde aún giro en mi primera ahogadilla dentro de un pilón de agua. Con los ojos abiertos. Donde un chico llamado Leoncio iba de más grande. Esta sería definitivamente también una historia para otro día.

Empieza a oler a bizcocho. Vaya, tendría que haberle puesto el azúcar por encima que también me dijo mi madre. Quizá demasiado tarde. ‘¿Mi ley? La fuerza y el viento’.

No detallaré lo que me ha pasado. El horno, la manopla, la rejilla y el molde en combate. He puesto un poco de azúcar por encima. Definitivamente, una tormenta de resultados inciertos.

Hoy es Viernes Santo. Y este, como para casi todos, no era el que tocaba este año.

Mi hija nació un Miércoles Santo por la noche. Ese viernes, porque había menos personal disponible por festivo, en el hospital no se acordaron de venir a limpiarme los puntos. Y yo no dije nada aunque lo necesitaba. Me visitaron algunos familiares. Mi abuela Dolores quería venir, pero no quedaba sitio. A las dos semanas, nos fuimos al pueblo y yo no quería que ella la cogiese de pie en brazos. Porque creía que como era viejita se le caería. Apenas dejaba que lo hiciera sentada. Murió solo dos semanas después. No hay consuelo para mi terrible ignorancia.

Cuando fui a conocer a la niña Emma y la tomé de la cuna, sus padres alargaron los brazos aterrados. No se me va a caer, les dije asombrada. Era yo entonces apenas el cascarón de hueso de un barco fantasma. Reinventándome en los espejos. Suspiro. Esta también es una historia para otro día.

Ya he sacado el bizcocho. Huele muy bien. El azúcar que añadí a destiempo ha quedado blanco y suelto. La masa ya no lo quiso. Bueno, no pasa nada, lo sacudiré un poco. Aún así tiene buen aspecto. Lo he dejado enfriándose. Nos hemos mirado como perfectos desconocidos.

Estos días he leído Fortunata y Jacinta, en homenaje a Pérez Galdós y a los toros mariposa. Aún no puedo hablar del libro. Temo que Fortunata se me escape de dentro si lo hago. He subido y bajado todas las calles del barrio que ahora no transito: la Concepción Jerónima, la Ave María, la Mira del Río, la calle Toledo; la Cava Alta y la Baja, los escalones del Arco de Cuchilleros. He retorcido en la mano pañuelos blancos y negros.

Tengo el pelo largo hasta la cintura. De perfil parezco un Jesús Nazareno.

A mi tronco le ha salido una flor violeta. Parecida a un cardo, pero sin pinchos. Con los pétalos divididos en peldaños. Para entrar y salir. Ay, si se me va y ya no me vuelve.

Mi tronco tiene desde ayer una gota de agua escapada y sostenida en la flor. ‘Qué raro, si ni siquiera hay nubes’ en el techo. Quizá una lágrima. A la espera. Me acordé al verla de la estatua y la golondrina.

A la espera. Porque esta Semana Santa no era la que nos tocaba este año. La íbamos a pasar juntos en el Sur. Nos íbamos a amar yendo y viniendo calles. A emocionar, a callarnos y a reírnos. Cogeríamos azahar en la Alameda para tu madre. Tomaríamos amontillado con un papelón de pescaíto frito. De anochecida, nos pondríamos debajo de tu ventana de antes que da a la catedral y veríamos pasar los pasos. Nos recogeríamos arrullados en tu cama de madrugada. Después con el sol alto recorreríamos el barrio de Las Viñas. Para terminar sentándonos en el escalón de la casa de la calle del Madroño, que hemos elegido. Con su puerta abierta al patio y la buganvilla. ‘¿Qué es mi barco? Mi tesoro’.

El Madroño. Parece que no dejáramos Madrid.

Te he llamado: he hecho mi primer bizcocho. Y tú has hecho tu primer puchero y te has tomado hasta un poco de Tío Diego. Dices que me quieres. Mi tronco, al que le ha salido un primer hijo, enreda sus hojas en el tuyo y que te cuido. Se aclara un poco la tarde. La ventana enmarca un tímido azul del cielo con nubes. Los pájaros que ahora hacen lo que quieren, dan saltos.

El azúcar me ha entonado un poco el estómago y la tristeza, que no la distancia. Me pongo un café y sigo leyendo. Tengo el pelo demasiado largo. Me lo recojo. Será que consiga que Fortunata no se me escurra.

En un rato, los aplausos en el tejado y los vecinos. ¿Cómo están Victoria y la niña? ¿Y Almudena? Al final hice el bizcocho. Apenas cuatro frases en carne y hueso que me amarran al día. Para no perderme como Aura en las olas.





sábado, 28 de diciembre de 2019

Rosalía


Se llamaba Rosalía aunque nunca la escuché cantar. Eso sí, le gustaba la música, que seguía al compás con su pie derecho metido en su zapato de niña eterna y una sonrisa incontenible de muñequita de cuerda, que le hacía temblar todo el cuerpo. Cuando la ocasión lo permitía, hacía palmas. A la altura del corazón con los dedos muy abiertos. Sin terminar de aprenderlas. Como si la Melliza, como todos la conocíamos y la llamábamos, anduviese en su cerebro repartida de una manera un poquito más visible que el resto de nosotros. Sin esconderse ni protegerse.

Se llamaba Rosalía y siempre te buscaba con la mirada generosa y te dejaba entrar muy, muy adentro en sus ojos. Para que la siguieras y la acompañaras a una casa ordenada y limpia. Nerviosa, contenta, andaba por delante, dando pequeños saltitos ilusionados. Como cuando le compraron el dormitorio nuevo. Su casa. A la casa arriba de la mía. La entrada con su mesa y sus sillas, arrimadas a la pared encalada, dejaban en mitad un espacio donde en mi memoria de niña, nunca supimos quererla lo suficiente. Eran tiempos en los que aún no habíamos aprendido a decir que nos queríamos. Con ventanas pequeñas abiertas a la luz.

No necesito cerrar los ojos para tocarle el pelo corto recogido con lañas detrás de sus orejas. Como se peinaba mi abuela. Su falda. Su camisa y su rebeca. Sus medias y sus zapatos de hebilla. No necesito cerrar los ojos para llegar hasta el patio que ya no existe en la que ella era más grande y lavaba y yo más pequeña. Abrir el grifo que había justo a la izquierda conforme entrabas. Llenar el cubo de zinc de agua. Oírla caer. Mojarnos las manos hasta los codos. Como solo podíamos hacer en su casa sin que nadie nos riñera. Coger el jabón verde. Nuestros dedos como peces.

No necesito cerrar los ojos para verla sentada en una silla de mi casa. Con sus pies pequeños apoyados en el garrotillo más bajo de la silla. Antes o después de almorzar. Para pasar la mañana o la tarde. En la mesa con la enagüillas en invierno. Con mi abuela Dolores. Escuchando callada, como yo, todas las conversaciones.

Se llamaba Rosalía aunque cuando le preguntábamos como se llamaba, nos decía Rosa: Rosa López Ortega. De nuevo sonriendo con los ojos que abrían su puerta. Cuando le preguntaba por su familia, siempre acudía primero al hermano que más tiempo quiso, su mellizo, que había muerto cuando era joven. De su padre, que le dejó su casa para asegurarse que alguien la cuidara al menos a cambio de su pago, hablaba con devoción. En silencio, con la mirada muy atrás y triste. Intentando quién sabe si tocar el tiempo de antes. Como un río en su memoria. Otro grifo, otra agua. Añorando un espacio donde estoy segura se sentía protegida. Su padre. De su madre no hablaba en mi memoria. Desconozco el posible dolor que se callaba o que yo borré.

Sus tres hermanos la tenían por meses para comer y dormir. Como muchas personas mayores que entonces eran solo viejos y mudaban de hijos. Cambiaba todos los días uno, que venían precedidos de entusiasmo o mohín según un destino impuesto, inamovible e implacable que mandaba en una vida de ella pero que no la tenía en cuenta. Yo lo sentía terriblemente injusto. En mi mente de niña, cómo podían hacerle eso si eran su familia. Por pura lealtad, todavía hoy recuerdo la casa que ella siempre prefería y la que menos le gustaba.

Se llamaba Rosalía y hubo un tiempo en que fuimos muy amigas aunque ella hubiera nacido mucho antes que yo y tuviese años de mujer y yo fuera solo esa niña. Aun así hablaba las palabras a cuartos o a medias. Aunque a mí me valía, sé que a ella le dolía no hablar como los otros adultos que a veces, solo para no hacer el esfuerzo de escucharla, le decían no entenderla. Anticipaba lo que yo aún no sabía: que crecería y me iría como antes se habían ido otros, mientras ella solo envejecería un poquito más.

No estuve cuando se murió. Me gustaría pensar que en algún lugar de su cerebro consiguió guardarme como yo la guardo, aunque lo más probable es que si alguna vez se acordó de mí, sintiese que era solo otra persona más que la había abandonado.

Se llamaba Rosalía y aunque yo era chica, me enseñó que no a todas las personas se las puede querer de la misma manera, que hay personas a las que hay que respetar y querer siempre un poco más. Me enseñó que las palabras duelen. Lo que decimos y cómo lo decimos. Me enseñó que crecer significa empezar a ver las diferencias en las personas, mudarnos a unos ojos más ciegos, a un corazón peor. Como cuando le decían que la llamaban para que se fuera porque no sabía irse. Como cuando ya no podía venir tanto a mi casa porque mi hermana pequeña, que siempre estaba con ella, tenía que aprender a hablar mejor. Como cuando una moto la atropelló al cruzar la calle y la dejó toda magullada y ningún vecino dijo haber visto el accidente.

Eran otros tiempos y la calle Nueva de mi pueblo, como otras muchas de otros pueblos, aún no sabía ni de los abrazos ni de cinemas paradisos. Ni yo tampoco.

Eran otros tiempos pero a mí aún me avergüenza no haberla sabido querer mejor.

Hoy en mi casa está su mesa que heredamos. Aunque pasa el año arrimada a otra pared, la ponemos en el centro del comedor en la Nochebuena para caber todos. La sacamos al huerto el día de Navidad, para comer al sol. El bombo de la Melliza en el centro de lo que somos. Un regalo de la vida. Con todas nuestras carencias y nuestros querer aprender a mirarnos y vernos más. En la calle Nueva.

No necesito cerrar los ojos para darle la mano y entrar pa’dentro por el jilo de la casa. Para que se siente otra vez en una de las sillas de mi casa. Mi abuela Dolores también viva.

Se llamaba Rosalía y aunque nunca la escuché cantar, le gustaba palmear y bailar la música. Con sus pies de mujer encerrados en zapatos de hebilla de niña.

Se llamaba Rosalía y era mi amiga y yo la quería y la sigo queriendo. Ojalá allá dónde esté pueda perdonarme la ausencia.

La Melliza, tan hermosa.

lunes, 9 de diciembre de 2019

El paseo


El espacio de adentro y el espacio de afuera.

Supongo que el espacio de adentro a veces no nos cabe y duele tanto que se vomita. Como una sombra, no se puede desprender y se lleva puesto de vestido largo. Por delante y por detrás. Enredando el pelo. Apretando el cuello.

Cuando el espacio de adentro está afuera me falta el aire para respirar y me hago cada vez más pequeña. Tanto que tengo que salirme entera y habitarme enfrente. Me llevo la mano al pecho y me tiro hacia fuera de la piel. Para romperla.

Cuando el espacio de adentro está afuera, salgo a andar mucho. Aunque las piernas y los pies me pesen como si fueran de piedra dura.

Mi espacio de adentro es gris. Como el aire contaminado de esta ciudad. A plomo.

Pienso que tengo fijación por la quietud de las estatuas de los tejados. Como Bartlebies alzados.

Hoy he hecho el recorrido de siempre. Nada más enfilar la calle abajo he leído un mensaje. Si algo existe de alma, también ésta se me ha caído a los pies. Por lo que faltaba. Ahora que lo escribo, me pregunto que tendrá eso que ver con que mis calcetines se hayan empeñado durante toda la tarde en escaparse una y otra vez de mis talones. Para enrollarse y quedarse sin remedio en la planta de los pies. Haciéndome daño. Aquí sentada mientras tecleo se mantiene intacta su presencia incómoda en el pie derecho. Como una soga. No hay poesía plausible en un calcetín enrollado en el pie que se te clava. Ni aunque el cielo atardezca en rosa en la ventana.

Así con el alma en los zapatos y el espacio de adentro por fuera, he vuelto a acordarme de aquel amigo mío. A veces uno deja atrás a un amigo como quien se corta un brazo y no pasa nada. Como si no doliera. Como si nunca hubiera existido una mano izquierda. A-brazos.

Una muleta. Unas alas postizas en un boca a boca urgente. Un dolor que duele un poco menos.

En el puente del viaducto han colgado una guirnalda de luces de Navidad. Una silueta de ángel se suspende en el aire sobre el establo donde está el Niño. Paso por debajo y pienso como siempre en sus suicidas. Sonrío el desatino o el atino del ángel, que nunca se sabe.

Cruzo las calles esperando que los semáforos se pongan en verde. Qué pena es a veces no creer en un dios.

En el parque todo sigue igual. Las personas pasean a los perros olvidándose de ellos mientras miran el móvil. Los perros ladran a la pelota devuelta a sus pies. Los padres pasean a los niños bien abrigados, olvidándose de ellos mientras miran el móvil. Los niños agitan sus manitas delante de sus ojos por si acaso los vieran. Las aves anticapitalistas se bañan en el hilo del río. Agua con sed de agua. Entre las cañas. Tan tiesas. Casi lanzas.

Cruzo el puente con todas mis necesidades colgando. Siempre que empiezo a llegar, se despliega una nueva arena.

El mendigo del mercado una vez fue un hombre libre, pero en el desierto, el Sol le quemó los ojos. Adivina por el sonido el valor de las monedas que caen en el platillo. En el palacio, Sherezade no quiere seguir contando historias para seguir viviendo.

Doy la vuelta al lago y enfilo la vuelta.

Una joven con el pelo corto camina sobre una cuerda elástica agarrada a dos árboles. Entre los pasos ensaya algunas piruetas. Un joven con rastas le da la mano izquierda ayudándole en el equilibrio. En la otra lleva un pájaro. Como en El paseo de Chagall, sonríen.

La pirueta es un libro de Halfón. A mí no se me olvida su apellido porque si le cambio la f es un halcón. Pienso que para ser equilibrista el pelo corto es imprescindible. Este pelo mío largo, sobra. Pasa al contrario que con la cola de los gatos.

El otro día en la playa un gato gris que tomaba el sol no tenía cola. Sentí vértigo en el estómago al imaginarlo saltar entre ventanas. Como cuando a Mr. Vértigo le faltó un dedo y dejó de levitar y volar.

Siempre he querido ser trapecista. Mrs. Vértigo. Con pelo corto. Para no caerme.

Subo la cuesta. Me pesan las piernas. Traspaso otra vez el puente. Después de mirar hacia los cristales para la disuasión. El ángel aún no se iluminó.

En el banco donde antes de instalarnos en Madrid, intentaba adivinar los ruidos que se nos colarían en la casa, como una medida de las probabilidades de felicidad futura, me miro las manos y me pienso los trozos, lo que va quedando. Las tripas como un colador. Otra soga.

Las tripas solo están en el espacio de adentro. Aunque se vacíe por fuera.

Ya en la casa como pipas. Me tranquiliza lo que se repite. Me meto los dedos. La ropa está tendida.

Aquí todo me resulta más difícil. Hasta amar.

El espacio de afuera en el que me hago más grande, se ha quedado en la otra casa. Allí tengo un balcón y un espejo largo. Un patio con macetas y una amiga. 

Con ella cerca siempre es más fácil, todo parece casi posible. Desprenderme de mis necesidades. Vestirme violeta. Sin exilios.