miércoles, 5 de agosto de 2015

La trapecista de besos

Estoy sentada en la entrada del puesto fronterizo, esperando que abran las puertas. Me suspendo en el silencio calmo instalado por dentro, amarrado a los huesos de los hombros. Desde aquí vuelo el viento mientras sigo el balanceo de las hojas del árbol que me cobija del árido desierto, el deambular de los guardias de acecho.

Tengo hambre de mañana. Saco de la cesta unas almendras. Sonrío las que se deshacen amargas. Aparto algunos trozos con la lengua y las planto detrás de los dientes. He improvisado un invernadero de amores en los tiempos del cólera. ‘Tus casas siempre están llenas de árboles’, dijiste. Aún queda algo de café. Me recreo en el gesto de coger la taza con las manos. Como un abrazo estrecho. Y me lo llevo a la misma boca de la lengua y los dientes y la saliva y los almendros.

Anoche llegó otro viajero. Se agitó en el sueño. Está ensimismado en su urgencia. Si no abren pronto, se resquebrajará en sus grietas y se perderá en ellas.

Una alondra común que sobrevive a lo improbable, ha venido a posarse en una de las ramas y canta. ‘¡En verdad que el mundo debería pertenecer a los cantantes y a los bailarines!’. A los intrépidos que transitan los imperios sin esperar tras las puertas.

Me cubro la cabeza cerrando los ojos y vuelvo adentro. Barro la cueva de paredes encaladas del estómago. Repaso las repisas de las tripas y ordeno los libros. Ahueco las caderas recorridas por arroyos. Doloridas. Me siento a anudar los besos con los que hago todas las cuerdas. De escalar, de descender, de hacer piruetas. No son redes ni telas de araña. Solo agua trenzada en la que luego me muevo. Sudor. De vez en cuando intercalo un pañuelo blanco. Me gusta el blanco, la cal, la nieve. Conforma palabras y sueños, la infancia. Lugares de descanso en la altura en que me mezo. Con sombra azul.

Se mueven los cerrojos y se muestran los cancerberos del templo del orden. El hombre corre sin percatarse de que en su urgencia ha olvidado la voz en el suelo. Pienso si acaso no es ya el momento de entrar en la ciudad. Los días y las noches pasan y cada día como menos. Parte del tiempo mastico el aire de pajarera de flores. Al amanecer ya no es suficiente con quitarme y descansar un rato el esqueleto. Empiezan a dolerme los huesos de la cara y echo en falta los mordiscos que me los cuidan. Cuando dormito vuelven los fantasmas con los que me acuesto y que me penetran. En el vaivén de los barcos.
Quizá sea hoy que tenga que atravesar la frontera.

Está bien. Me levanto. Me sacudo el miedo a mostrarme. Me peino el pelo con los dedos. Agarro el hatillo de trapo, la voz olvidada, la labor hecha. Todo en orden. Sigo desnuda, estoy descalza. Me cubro los hombros. Todo está bien. Tu falta me sigue humedeciendo los ojos. Me despido del cobijo del árbol-faro. Salto en cada paso al paradiso del trapecio escalado en la cuerda de tus besos. Me cuelgo de manos y pies. La sombra se alarga tras de mí. Me vuelvo a los míos, a los bárbaros que escriben con los dedos y que no pretenden salvarse en la civilización del hombre. Después de esperar me doy cuenta de que no tengo nada que hacer entre los muros con puertas de la ciudad levantada.

Me vuelvo a los bárbaros a los que pertenezco.

Mientras me adentro en el desierto, nacen nubes que llueven y crecen las dunas al lado de la playa. Todo es arena. Me vuelven las escamas brillantes de caminante de orillas.

Mientras me alejo y me crece la sombra, se despliega el patio y el huerto en sus higueras, la mesa del comedor donde me esperan los hermanos y los amigos. Abierto a pie de mar. Los fantasmas corren alegres. Como si fueran perros.

Besos. Quiero más besos.


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