domingo, 9 de julio de 2017

Un grano de trigo


Para que crezcan mujeres y hombres libres. 

A veces pienso que puedo cruzar África en solo dos zancadas. Arrancar en el Egipto de Naguib Mahfuz, apoyarme en la Kenia de Ngũgĩ wa Thiong'o, y volver a avanzar la pierna izquierda hasta la Sudáfrica de J. M.Coetzee. Por mujer, Doris Leasing está en otro plano. Hay quien no la considera una autora africana. Yo siempre vi su literatura negra. Enraizada. Sin matices. Atravesada de caminos. Existen otros y otras muchas, pero no conforman mis cimientos. Son paredes, puertas, ventanas, tejado incluso, todo lo que hace mi casa. Son ojos, remos, dedos. Pelo. Pero no el esqueleto que sostiene, que se tiende para que descanse, que duerme la siesta en el suelo. El que anda. El que te deja huérfana.

Hay un mapa dibujado en mi cuerpo. Pintado en el pecho. Alrededor de la tierra de África está el mar. Si no existiesen los ahogados, si hoy no me asaltase el gancho, de su verde, de las sombras de la luna en las barandas, quizá pudiera arrancarse una sonrisa.

Terminé ‘Un grano de trigo’ de Ngũgĩ wa Thiong'o. Lo leí febril de pura hambre. Como siempre que lo leo. Es un libro de una profundidad y de una belleza mayúsculas. Se adentra en la tierra. Frente a Thiong’o siempre me siento tan agradecida. Tan pequeña.

Sembrar hombres y mujeres. Atravesar la vida libres.

Los libros siempre llegan cuando tienen que llegar. Aunque no le tocaba, antes de salir de la casa, se empeñó en acompañarme. El vestido largo, el estómago apretado. Un libro valiente. Yendo hacia el cementerio civil, a acompañar, a enterrar con y en dignidad a Timoteo Mendieta. A enterrarlo como hombre, en una caja de hombre entero.

Para que broten hombres y mujeres libres.

Entre aplausos, las manos hechas hojas de palabras. Un paso atrás. Para no entrometerme en la intimidad desnuda del dolor de Ascensión Mendieta. En el tiempo desaparecido en el instante. En la urgencia del duelo no hecho. Sobrevenido. En las distintas edades que todos tenemos. Cantamos a la tierra. Nos sentamos en ella y levantamos la vista.

En la ida, a la salida del metro, conocí a Horacio con H, como Martín. Argentino. Por su trabajo y mientras esperábamos, hablamos del exilio de Juan Ramón y Zenobia Camprubí. De Huelva. De Platero. Y se hicieron presentes. Yo le enseñé el libro con pudor. Luego nos sobrevino la emoción y cada quien hizo con ella lo que pudo. Desde la parte de atrás de la cara se forman los surcos. 

Enterrar hombres y mujeres libres para que broten como semillas.

Llegar cuando tuvo que llegar. Estamos hechos de tantas edades distintas. De niños que no envejecen. De viejos que no tocan. De tantas miserias y grandezas. Somos de agua de olas.

Frente a Thiong’o, frente a la Memoria, frente a los Kihika y a las Mumbi, frente a los Timoteos y a las Ascensiones, me siento tocada por el don de la vida.

Aplaudo su camino. Compro flores moradas en la plaza. Sentada en este sofá rojo, intento escribir para exorcizar lo revuelto, limpiar las paredes blancas de esta casa mía de dentro. Lenta. Espesa.

Terminé ‘Un grano de trigo’ de Ngũgĩ wa Thiong'o. ‘Cambiaré la figura de la mujer. Tallaré una mujer … embarazada’.

Frente al silencio, frente al miedo, lo que tú siembras, sí es el cuerpo que va a brotar. Somos árboles.




jueves, 1 de junio de 2017

La teta asustada

Algunas noches naufrago y en mi arrastrarme al agua del mar que siempre está en el Golfo de Guinea, me llevo a algunas personas que me quieren. No me suelto. No me sueltes le decía mientras giraba y giraba, pero en realidad era yo la que se aferraba a sus brazos. Soy yo, le decía a mi madre, vestida de bailarina de tul. Mírame, giro, soy yo. Y mi madre en su cocina me contestaba que ya lo sabía, que ella siempre me había reconocido.

El mar de las noches de tormenta solo es eso. Un mar donde el viento te azota la cara que luego te duelo mucho por la mañana, como si los huesos se estuvieran desencajando, pero solo eso. Se te cuela en los ojos, que se quedan inmóviles. Se te cuela en los pulmones que se hinchan como hígados. Pero solo eso. Es un mar donde no te mueres. Solo es un mar que duele. Y del que ya sabes que tus amigos salen un poco antes que tú, dando bocanadas. Es un mar que te mira. Hipnótico. Que espera paciente a que decidas salir por la rampa que te sale por la garganta. Soy Neda. Tengo voz. Pero no en este mar. Verde. Como todas las sirenas de los viajes a Ítaca.

Algunas noches naufrago y por la mañana me siento como si me hubiesen abofeteado la cara, que me la quito y la planto en el suelo. Intento buscar la vergüenza de haberme hundido. Pero no la encuentro. Es Madrid, me digo, aquí nadie me conoce. Y los que me quieren me dieron el permiso que necesito para ser yo. Tengo un bosque de máscaras.

En la cafetería, he preguntado por el título de esa canción que escucho casi todas las mañanas. Ja era fort. Los altavoces hasta ahora invisibles se han contagiado de los ojos de la pared, y tienen los suyos propios de fetiche de madera. Son mujer. En la puerta del palacio, han pegado un graffiti con un árbol de corazones rosas. Una declaración de guerra a la reina de corazones rojos, Alicia. En la plaza una niña en monopatín con coletas tiesas de poco pelo, mientras va al colegio, le dice a su padre que hay muchos cachivaches. Y estoy de acuerdo. Cachivaches y baches. La triste historia del elefante en su otro viaje.

Llego a casa. El gato Nuba está en la cama, camuflado en su rebecona. Por la mañana temprano ha vuelto a llevar la bolsa de las papas a la cama. Recurrente. La busca en la cocina, la saca de las puertas, de los cajones, y la arrastra. Sube el escalón, la altura de la cama y las pone ahí, y ya no las mira más. Solo hasta que las devuelvo a su sitio para volver a arrastrarlas. Esta mañana mientras ordenaba las sábanas de la cama de un solo lado, he pensado en sus raíces blancas, y las he extendido como si fueran una colcha. Las aliso con la mano y me pongo a jugar al juego de las tres razones para que el gato que no sabemos de dónde viene, que parte suya es real y que parte dibujada en una sonrisa asomada de Cheshire, elija las patatas y las traiga. Una: iban en las bodegas de los barcos llenos de esclavos. A Essi que tenía hambre, no le gustaban. Prefería los boniatos pero se las comía.  Dos: son las papas de Fausta que tenía la enfermedad de la teta asustada que mamó de su madre. Estaban en su vagina, para defenderla de los hombres. Tuvo que sacárselas para transitar la pasarela del miedo. Tres: si las abres, puedes usarlas como un pincel de nubes y de olas azules y blancas. Essi-Fausta-Alabama. Un puente.

Estoy cansada. Me pasa a la mañana de las noches. He cambiado la foto del perfil y he elegido una con mis hermanos y hermanas. En cadena. Para no soltarme. No me sueltes.

Estoy cansada. Las sirenas se zambullen profundo. La niña entra en el colegio. El padre sigue. Se cuela el ruido del día por la ventana abierta. Construyen en alguna casa cercana. Essi se tumba por un rato en el sofá y su piel negra que brilla lo ocupa todo. Como un espejo. Fausta deambula un rato más por la casa con Rebeca. Se cuentan cosas. Se escuchan sus faldas. Sus melenas de pelo recogidas. Cierro los ojos para poder hacer. El gato de Cheshire desaparece poco a poco, como ellas, hasta que no queda más que su sonrisa. Soy Alabama. Pienso en lo bueno que sería si pudiera dormirme un rato, solo un rato, como Alicia en el árbol. Hasta que no me duela la garganta de cristal roto.

No llores, niña, que no sabré qué decir
No llores, niña, que eres más guapa cuando ríes
...
¿O es que usted no está de acuerdo conmigo?
¿Quién quiere un cuento triste para ir a dormir?

domingo, 28 de mayo de 2017

Ellas [también] cuentan

Ellas [también] cuentan es un libro, una antología maravillosa de narrativa breve y poesía de escritoras africanas de expresión inglesa de mi compañero del Club de Lectura Mamah África (él llegó antes), Federico Vivanco (Baile de Sol Ediciones, 2017). Agradecida.

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Lo empecé anoche. Me emociona. Me he trenzado el pelo. Me hormiguean los dedos de las manos, los labios. Cada capítulo abre una puerta.

Lo último que he leído, el relato Ekow de la ghanesa Ayesha Harruna Attah. Lo hice en la ‘cafetería del espejo’ que seguro tiene otro nombre, aunque no para mí, que los voy superponiendo. Como tatuajes que no puedo hacerme: Alabama Monroe. En la mesa larga me escondí detrás del jarrón con raíces invertidas. Para no ocupar espacio, ni para los de dentro ni para los de fuera que estuviesen por llegar. Que no moleste. Que no me note. Solo un café. Enfrente, el portal verde descolorido, y nosotras con el estómago al revés en la boca (decoración interior propia), incapaces de traspasarlo. Azúcar moreno. Gachas. ‘Querida, dice ella, ¡Eres puro hueso!’. La mesa de la ventana abierta que nos conocía ha quedado libre.

Salgo. He comprado un vestido y un pañuelo amarillo, medio pan de trigo y centeno.

El umbral de los padres como horizonte. El cuadro del museo como horizonte. El final del campo de girasoles como horizonte.

Recogí dos libros que había pedido me reservasen en la librería. Encargué otro como a veces lo hago, con el apellido del escritor con las consonantes cambiadas. Costumbre. Rayuela. Arayala. Ya no lo veo. Todos los nombres extraviados detrás de un mostrador.

***

Ayer te conté una historia de cuando era pequeña y yo aún no lo sabía. A recaudo. Corría entre los tallos verdes de los girasoles. Las hojas grandes como caras. Las flores de un amarillo-sol imposible, haciendo acrobacias en el aire. Cargadas de semillas. Por encima, cubriéndome la cabeza. Como sombreros. Eran altas, enormes y hermosas. Conformando un cuadro. Al final de la sala con suelo enlosado. Como un tablero de ajedrez. Corría y corría, abriéndome paso, remando con los brazos entre los girasoles. En otra vida fuiste un remero, me dijo el chamán. Corría y corría, animándome a seguir. Con una determinación que luego no recuerdo haber vuelto a tener. Pero entonces yo aún no sabía del tamaño de los girasoles. Ni del mío. Por debajo del cielo. Corría y corría. Era una saltadora de vallas con el único propósito de alcanzar el horizonte que atardecía. Mis pies que escapan el suelo, los brazos como remos, el pensamiento una liana que no cesa entre los tallos. Si sigo un poco más, llegaré hasta el horizonte. Ya está más cerca. Solo es necesario correr hasta el final del campo de girasoles. Solo hasta el final y habré llegado al horizonte por donde el sol atardece.

Casi cinco años. Mi madre hizo un flan y le puso bolas de merengue. Cinco años. El vestido solo podía ser azul. Cinco años y me viene la imagen del hombre de los perros que me daba miedo. La barba. Sus dientes. El hombre. Los perros.

Ayer te conté una historia de cuando era pequeña y aún no sabía que no es posible alcanzar el horizonte. Aunque se pinten cuadros y se visiten museos. Ganan las blancas. Pierden las negras.

Agotada, me di la vuelta, y deshice el camino largo. El campo de girasoles. El melonar de al lado. Subí la cuesta que lo bajaba. El melonar de nuestros esfuerzos no estaba reservado para la belleza del sol que solo se ponía a la derecha del padre. Ni para las respuestas. Las hojas que me pican las manos. Subí a cuatro patas porque no podía más. Estaba tan cansada. Los terrones secos. Empinados. Sin recompensa para los sueños. Al final de este camino estaba el cansancio de mi madre y su dónde has estado.

***

El amarillo de los girasoles de Van Gogh que no pueden atrapar las fotografías. Ni las reproducciones.

El tamaño de las flores que me cubren la cabeza.

El pan frito con azúcar. Duro.

Casi cinco años. Los perros que ladran. Sin horizonte.

La hija que ahora solo sabe ser su madre. Las raíces invertidas en una vasija de cristal.

La voz de las que también cuentan. Los pasos. Las manos que se sujetan el vientre frente al portal verde. Parirse.

Entro en la casa. Remar en un mar de papel dibujado en un atlas.



domingo, 7 de mayo de 2017

El peluquero de Harare

Tomo café. El gato al lado. Llevo puesta una camisa burdeos. Una amiga de mi hija dice que estoy guapa. Un camarero donde tomamos unas tapas creo pensó lo mismo.

Esta mañana salí a correr. Primero ando, luego corro. Durante todo el tiempo mi cerebro piensa y quizá también escriba sus mejores frases. Llevo toda mi vida corriendo y siempre que inicié una etapa intensa, solo lo hice por amor o desamor. He decidido correr como única forma de poder volver a respirar. Aparte quiero recuperar mi cuerpo. Necesito sentirme los huesos por dentro. Y por fuera. Deslizarme.

Ayer también salí. Fui pensando en ‘El peluquero de Harare’. Lo había empezado de madrugada y me había fascinado. De entre todos los libros pendientes de leer, me decidí por este. Porque era un libro precioso. Me gustaba su portada que se enredaba en los dedos. Lo había recogido la tarde de antes en la librería de los encargos y los amigos. Es un lugar donde siento que puedo hacer magia. Sobre el mostrador, el hermano del hombre del encuentro inesperado de la semana pasada, anunciaba su libro. Les hablé de él a los libreros como quien lanza un anzuelo al destino. Otra manera de correr para ser alguien.

Es un libro precioso, repetí acariciándolo. No hacía ni cinco minutos le había hablado al amigo que nada solo en piscinas de entradas seguras – no quiso aclararme que había de las salidas-, que quizá en este momento y después de tantos libros africanos, libros-calor, necesitaba colarme en uno frío, alguna historia del Este. Pero fue inevitable. Aunque es solo un espejismo, Harare me suena a caravanas de viajeros, a polvo en los labios, a deseo, más de lo que estoy dispuesta a exorcizar corriendo. Estaba deseando llegar a casa y seguir leyendo lo que tenía que pasar. Porque hay historias así, como en la vida, ya leídas, incapaces de contenerse en sus propios márgenes de libro.

Así corrí. Contando las plumas del suelo, con el susurro de las manos del peluquero y con un abrazo no dado, perdido, sobre el que me fui preguntando qué hacer. Subí a lo alto de los cerros, desde donde busco la nieve de las montañas. A estas alturas del año queda solo un hilo cuasi invisible. Decidí sembrarlo para que naciera, que no solo se entierran los muertos. Un abrazo-planta acaso como una judía verde gigante que crezca hasta las puertas de un cielo en el que acaso siempre aguarde un ogro. O un molino.

Por la tarde, quedé con una amiga para ir al cine. Respirar. Seguir respirando. Vimos por recomendación del hombre-seguro, ‘El viajante’, una película excepcional, en las que la historia transcurre paralela en la vida y en su escenario, de esas en las que el guion te hace literalmente despegar del suelo. Como Mr. Vértigo. Pero con todos los dedos de las manos. Enamorarte del protagonista. Con barba. Para seguir viviendo.

Termino el café. El gato sigue al lado. La misma camisa. Se ha hecho un ovillo de gato. Esta mañana salí a correr después de haber terminado el libro y que, como no podía ser de otra manera, está lleno de hombres con palos. Después de apagar la luz y esperar a que amaneciera confiando en que no me alcanzaran los truenos y la hiel. Pero llegaron.

Salgo. Correr me curará.

Voy contando plumas.

Voy pensando en la película. En el actor. En su barba. En su trabajo de profesor de literatura con carpeta cruzada de profesor. En los libros censurados. En las gafas de Arthur Miller. En sentirme culpable de no haber hecho lo suficiente. No puedo respirar. Una pluma. Dos plumas. Tres plumas.

Cuento plumas porque le gustan a mi gato. A falta de pájaros.

A veces también las cojo para pintarlas y hacerlas separalibros. Para regalar. Esta tarde haré una y por atrás escribiré ‘hermosa’. Pintaré y coseré la muñeca quitapenas que de tanto ir de acá para allá en la boca del gato fiel, se ha deshilachado. A veces otras cosas se rompen y no puedo arreglarlas.

Respirar. Seguir respirando.


miércoles, 3 de mayo de 2017

Un encuentro inesperado

El día que lo conocí, yo sabía quién era él pero él no sabía quién era yo. Ni consideré que le importara por un momento ni que siquiera me contabilizara como un instante en su mundo. Por eso me fui sin despedirme, como había estado. Porque no era nadie. La eterna Ana no.

Lo vi en la cola. Me sorprendió más alto, más delgado de lo que yo esperaba. Su pelo ralo. Me sorprendieron sus huesos. Capaces de conformar una estructura no solo para sostenerse a sí mismo. Sus hombros. Como una mecedora.

No sé si él me vio. Aunque yo fuese la mujer más alta de la cola. Me había puesto los botines de tacón de tres dedos que tienen la facultad de alzarme al menos el doble. La chaqueta negra. Ahora mientras escribo me recreo en mis hombros anchos, ahí de pie, que quizá también fueron dispuestos para aguantar el peso. Me incomoda. Me revuelve el estómago. Los borro. Los dibujo como jaulas que escupen. Asocio la cola con los colores negro y rojo de quienes se permiten la locura. Y la envuelvo de bruma.

No sé si él me vio pero parecía buscar nuestros mismos asientos. Me presentaron sin nombre, le di la mano y él añadió los dos besos en la mejilla. Sé quién eres pero no quiero que creas que me importa quién eres. Que te escucho más de lo que escucharía a cualquier otra persona. Pero lo cierto es que él se sentó justo a mi lado y yo cambié de pareja. Y me incliné a la izquierda e hicimos confidencias, y a mí me importaba sobre todo aprender cuándo tocaba reír, cuándo aplaudir, no distorsionar con un gesto, con una sonrisa, en el momento no adecuado. Pero me sentía de agua de riego. Extraño. Me había quitado la chaqueta, me había quedado en blanco, me sentía fluir y al mismo tiempo, me empeñaba en seguir solo los hilos de la corriente. Acaso buscaba el curso de su estructura. En cualquier caso yo hice lo que mejor me sale hacer. Implorar que me viese sin que se me notase demasiado, que me devolviese que yo era, que soy algo más que nadie.

A la salida varias personas lo solicitaron. Justo cuando empezaba a hablarme de su hermano. Y yo me quedé intentando recordar qué animal era el hermano más pequeño en ‘Los pescadores’. Pero solo me salía recordar que la madre era una halconera, que guardaba copia de las mentes de sus hijos, en los bolsillos de su propia mente.

A la vuelta comentó que uno de los jóvenes se había presentado como un mal pianista. Un buen comienzo, añadió. Hablamos del humor. ‘Las personas serias no son de fiar’. Yo buscaba con urgencia en mi listado de frases hechas apropiadas para intentar quedar bien en una situación. Pero el río es a veces un río terrible, y no me permitió ocultar que con frecuencia no diferencio las bromas de lo que no lo son. Así que añadí un lastimero, bueno, eso también me sirve para no distinguir la realidad de la ficción, lo que, según para qué, puede ser útil. Y al oído insistí. Yo soy seria pero de un tipo distinto a los que no son de fiar. Creo que no pareció ridículo porque lo dije de verdad, intentando insuflarle un poco de esperanza al curso de la frase, antes de que las arañas se colasen por todas partes.

Él terminó contándome lo de su hermano que también era un juego de humor y provocación inaccesible para mí. A cambio yo le conté historias que parecían no terminadas y que quedaban suspendidas en negro. Sin rojo. Sin alas. También que había enseñado a leer a mi hija y que con los años ella seguía pidiéndome hacerlo. Me hubiera gustado tener una hija que me leyese. Mirándome.

Y ahí quedó prácticamente la historia. Como coger un poco de agua prestada entre los dedos sin tiempo ni intención de beberla. Yo había vuelto a mostrarme con comentarios no coincidentes. La he vi dos veces. No me gusta nada. A estas alturas no había mucho más que esconder. Lo siento, siempre me he sentido atraída por la locura, envuelta en la bruma del caballero en rojo y negro del rey pescador. Quizá tenga que volver a darle una oportunidad. Por si acaso no añadí cuánto me había gustado Mercedes Ruehl y cuánto más, haberme parecido a ella, y mucho menos su baile de la victoria. Mientras me miraba en el espejo alargado de la barra. Agradecí la recomendación de una serie que le había gustado mucho y me guardé alguna frase más para pensarla. De regalo.

A la vuelta del baño dicen que preguntó por mí pero yo me había ido sin despedirme. Porque salió así sin proponérmelo y porque no pasaba nada porque yo sabía quién era él pero él no sabía quién era yo. Ni importaba.



domingo, 12 de marzo de 2017

El cuaderno dorado

Domingo tarde. Leo ‘El cuaderno dorado’ de Doris Lessing.

Leerla me cura por dentro. Me serena.

Doris Lessing es de color amarillo.

Quiero reescribir uno de mis posts anteriores, ‘El otro pie de la sirena’. Pero dentro del agua, alegre. Un pie de madera que se vuelva pez. Que no tenga taras. Encontrar los colores de pintar.

Hoy estuve a punto de comprar un geranio. Solo a punto. Si lo compro no sabré sostener su belleza quieta en la casa con techo. Con las manos abiertas de quien no puede hacer nada. Esperaría a que le saliera la primera flor y me lo comería llena de hambre. A dos manos. Hasta escupir la raíz. La boca de tierra.

Es domingo, Doris Lessing es de color amarillo, el pie de madera de la sirena en el agua es un pez y los geranios abren patios.

Arrastro la mano por la pared blanca del de mi casa. Como si tocara letras de nombres.

Leo a Doris Lessing porque me sana por dentro. Me gusta tocar las piedras.

Intento imaginarme a Paulina, la protagonista de 'el otro pie', sentada a la orilla de un riachuelo que salta su agua entre las piedras. Una sirena de carne y hueso, con la falda abierta y remangada y los pies más descalzos. El bueno quieto apoyado en el lecho, el de madera alegre, moviéndose inquieto. Lleno de escamas verdes. Escurridizo. Incapaz de dibujar precipicios. Intento imaginarme la selva, su piel negra, los dibujos de su ropa. Pero se me escapan. No lo consigo. El hatillo lleno de los alambres que le salen por la boca está anudado a un lado. Pero ahora no importan. Aunque se retuerzan.

Paulina echa el cuerpo hacia atrás en la orilla. Sin sacar los pies del agua. Siente su espalda tumbada, el descanso en la nuca. Le suenan las tripas. Escucha sus tripas. Siente el cerebro enfriándose con la tierra, el pie este izquierdo que se le escapa, da igual en la tierra que en el agua. Como si no fuera suyo.

Intento imaginármela riendo en el río pero está demasiado cansada. Le dibujo el deseo trepándole los muslos, pero incluso así, Paulina se duerme. Como si hasta ahora solo pudiera ser piernas, una coja, sin resto de forma en el cuerpo. De no dormir. Demasiado cansada de andar enterrando estrellas caídas todas las noches. De andar vendiendo fetiches en el mercado todos los días. La dejo estar. Cierro yo también los ojos y a tientas vuelvo a su casa con el patio gris.

Lo encalo. El geranio que no quise comprarme esta mañana ha florecido en mitad. Han desaparecido los arriates de espinos. Como un Guernica sin Guernica, solo con flor.

Volvéis. Nos sentamos en el rebate de la entrada de la casa. Los perros son perras y mueven el rabo. Como si no estuvieran hechas de pan duro. Me siento feliz. Paulina, Doris Lessing y yo. Leales entre nosotras. En silencio. Mirando al frente. Nos hacemos color. Violeta. Amarilla.

Yo soy marrón. Como una lluvia de barro. Sonrío, me siento acompañada, les doy la mano.

Es domingo por la tarde y leo ‘El cuaderno dorado’ de Doris Leasing de las mujeres libres que se sientan en rebates para mirar al frente si les da la gana. La ropa tendida. Me suenan las tripas de sirena de Paulina dentro. En un concierto glorioso de chasquidos de leona sin cojera. Busco mis manos, mis ojos.

Es domingo por la tarde. Intento escribir pero solo consigo quedarme en la superficie. Caótica. Enredada. A manotazos. Quizá simplemente sea que no pueda escribir desde donde no estoy.