domingo, 24 de mayo de 2020

Eslabones

Leo Eslabones de Nuruddin Farah. El primero de la trilogía del que ya leí el tercero. No importa, sino al contrario. Hay pasados que son más grandes que nosotros, imposibles de dimensionar. Que necesitan ser contados y leídos. En realidad, no sabíamos nada. Llenos de buitres. 


Tic-tac-tic-tac

La casa está llena de relojes que miden los tiempos: los lentos, los que van demasiado rápido, los que dan igual dos días antes o después. No quiero tener una colección de relojes que no nazcan de la tierra.

Estoy cansada en un giro que aburre a todos los que ya saben que siempre estoy cansada. Pero que mi cuerpo soporta creyendo que ya no puede más. Los ojos demasiado secos.


Día-noche-día-noche

En la casa hay solo dos espejos de medio cuerpo, que devuelven imágenes distintas según sea de día o de noche. A la del día le cabe aún un espacio de compasión. Diminuto. En una esquina. La de la noche es grotesca. Devuelve un amasijo de carne que se espanta a sí mismo. Como si surgiera de un grabado negro y sordo.

El mundo de Alicia se ha vuelto loco atrapado en sí mismo. Sin poder ver su tamaño real.


Un eslabón-otro eslabón-un eslabón- … conforman una cadena.

Leo Eslabones de Nuruddin Farah. Página 62: ‘En ese trayecto, fue como si su vida se hallase en una entreplanta, entre el piso llamado “Tedio” y el piso llamado “Esperanza”.

En Madrid existe una estación de metro llamada Esperanza, en la que trabajaba de guardia de seguridad un caballero que yo imaginaba andante. Solo porque me llamaba hermosa.

Me duele el estómago porque tomé casi un litro de helado de chocolate. Terapia para que duela menos.

Los pájaros han invadido el cielo. Nos hemos quedado sin azul. Sus trinos son estridentes. Insoportables si se pudiera decir. Porque mis oídos han ido creciendo y creciendo sin control y sin alas. Anoche incluso me visitó una mosca. Zumbaba como un mosquito, pero en sordo de mosca. Insolente. Sin campo.

Me está costando dormirme. Una vuelta, otra vuelta. No consigo pintar puertas mágicas en las paredes, ni inventar un cuerpo en mi cama. Se me están olvidando los abrazos. La saliva. Oler.

Ya no tiro alambres de un tejado a otro para escalar equilibrios. Sin estatuas. Tengo calor. Pesada a plomo.


Fortunata-Jacinta-Fortunata-Jacinta

Fortunata sube continuamente los escalones de una casa en cuesta que hay en la parte alta de la calle Toledo, llegando ya a la plaza Mayor. Altos, gastados de antes. Los sube a dos, con los ojos muy abiertos. Como si no pudiera esperar más a llegar arriba y abrir la puerta. La he visto esta mañana cuando pasé por allí corriendo. Como si se le escapase la vida.

Solo los sube, nunca los baja. Bajarlos los baja Jacinta. Resignada, con sombrero a la moda y vestida de verde. A pesar de asomarse a finales del siglo XIX, la pancarta del ‘No pasarán’, ya ha pasado, y los caciques siguen voceando su libertad.


Una piedra-otra piedra-una piedra

‘Mátalo, mátalo’- gritaba Doña Perfecta. Era una ‘Crónica de una muerte anunciada’ pero sin Caribe. Llena de envidia. La gente de siempre cogida del pescuezo con la soga bien corta.

Las mismas manos de unos y de otros. Las mismas cuerdas. El mismo llanto de los girasoles y las giralunas.


Razón-locura-razón-locura

Ayer vi Entre la razón y la locura. Emocionada asistí a los diálogos de las palabras encadenadas y al dolor de vivir en lo que no existe.


Una ola-otra ola- y otra, … hacen un mar.

Tengo sed. Demasiado helado de chocolate. 

En julio vendrá el mar, pero antes llegará junio con todo lo esperado y todas sus incertidumbres. Quién sabe si Fortunata dejará de subir, si los espejos se romperán.

Las palabras son eslabones. Y peldaños para alcanzar lo imposible. Deseo-desear. Poner una escalera.


Los pies, mis pies, anticipan los archi-pie-lagos en la orilla.


(Levitando, Estela Cuadro)




viernes, 10 de abril de 2020

Historias de una ventana


Un día


Al otro lado de la calle, los vecinos que hasta hace unos días no conocía, salen a los balcones. No sé nada de ellos, pero ya los espero. Y ellos también me esperan. En un saludo de manos, cuasi banderas. A la hora en punto e incluso un poco antes. De pie sobre la cama, me asomo al tejado por su ventana. Sin zapatitos de cristal. A la izquierda aparece mi hija desde la suya. La miro contenta como si no la hubiera visto en todo el día y me sorprendiera encontrarla: ¡Hola, hija! Extendiendo una distancia que necesito. A la derecha llega urgente el vecino que ha sido padre nuevo estos días. Pregunto por la mamá y la niña Alma que ya tan chiquita sabe contar historias. Arriba, los vecinos del ático. Ella trabaja en un hospital. Por eso sus hijas y la perra Alta están en el pueblo con los abuelos. Las hallan en falta. Después de aplaudir, nos preguntamos por el día. Encima justo de donde nació Gloria Fuertes. Con el tiempo que haga en la cara. 'Con cien cañones por banda, ...'. 'Viento en popa, a toda vela, ...'. Cierro los ojos y respiro.  ¡Hasta mañana, familia! Justo antes de cerrar de nuevo la ventana.

Me bajo de la cama. ‘En la lona gime el viento, ...'.

Otro día


En Navidad, cuando aún no sospechaba que pasaría esta Semana Santa en Madrid, lejos del Sur que me habita y que tanto necesito para no sucumbir a la anaerobia, un gran amigo con el que comparto el deambular voluntario de los pasos, me regaló un retrato en forma de Breve elogio de la errancia: la ausencia, el desarraigo y distanciamiento activo, lo que me ancla a mi identidad.

Me miro desde fuera estos días y lo releo mentalmente. Descubro la inercia a seguir confinada, el chirrío interno, la protesta, cada vez que imagino que vuelvo a salir. Tendrá que ser progresivo, dicen. Y tanto. Mientras escalo el cristal del salón en el que se instala el sol con mis patas crecidas de salamanquesa. Se llamaba Gregorio Samsa. Buscando mosquitos. Dicotomía.


Hoy


Hoy tengo el almuerzo hecho y como no trabajo quizá pueda ponerme a escribir un rato. En el muro encalado del pecho, sacudo el polvo al viejo letrero de lo imposible. Lo encuadro en su altar. Sé que entre los días marcados he pensado y he escrito en la cabeza, pero debió perderse como siempre por los desagües. Es mi canción del cobarde. ‘Es de ver cómo vira y se previene a todo trapo a escapar’. Quizá en alguna cloaca haya crecido un jardín.

Mientras esta mañana me vestía, pensé en el hilo que mantengo y me une a Aura Estrada, la mujer mexicana de Francisco Goldman que se ahogó en las olas. Siempre quise casarme en un campo cerca del mar. Para ponerme unas sandalias.

El Viernes Santo huele a magdalenas. Antes de escribir esta frase he puesto en el horno mi primer bizcocho de yogurt. Me he saltado un poco las medidas. Unas por defecto. Solo puse tres huevos aunque mi madre me dijo cuatro. ¿Es qué acaso ya no se acuerda que no podíamos permitirnos gastar tres huevos en un dulce? Y encima quería cuatro. Otras por exceso. Para compensar creo que me he pasado con la levadura. Quizá la masa se agrie. Pero el molde que estaba sin estrenar tiene forma de flor. Eso debería ser suficiente para compensar mis desmedidas.

En el pueblo para Semana Santa se iba al horno a hacer magdalenas. También roscos de vino y galletas. Pero esa es otra historia. Como la del primer bizcocho de limón que probé a los tres años. Incomparable. En el cortijo donde me escondí para darme el primer beso con lengua que desbarató una abeja revoltosa. Donde había un castillo si empujabas alto el columpio y nos asustamos de un toro cojo. Donde aún giro en mi primera ahogadilla dentro de un pilón de agua. Con los ojos abiertos. Donde un chico llamado Leoncio iba de más grande. Esta sería definitivamente también una historia para otro día.

Empieza a oler a bizcocho. Vaya, tendría que haberle puesto el azúcar por encima que también me dijo mi madre. Quizá demasiado tarde. ‘¿Mi ley? La fuerza y el viento’.

No detallaré lo que me ha pasado. El horno, la manopla, la rejilla y el molde en combate. He puesto un poco de azúcar por encima. Definitivamente, una tormenta de resultados inciertos.

Hoy es Viernes Santo. Y este, como para casi todos, no era el que tocaba este año.

Mi hija nació un Miércoles Santo por la noche. Ese viernes, porque había menos personal disponible por festivo, en el hospital no se acordaron de venir a limpiarme los puntos. Y yo no dije nada aunque lo necesitaba. Me visitaron algunos familiares. Mi abuela Dolores quería venir, pero no quedaba sitio. A las dos semanas, nos fuimos al pueblo y yo no quería que ella la cogiese de pie en brazos. Porque creía que como era viejita se le caería. Apenas dejaba que lo hiciera sentada. Murió solo dos semanas después. No hay consuelo para mi terrible ignorancia.

Cuando fui a conocer a la niña Emma y la tomé de la cuna, sus padres alargaron los brazos aterrados. No se me va a caer, les dije asombrada. Era yo entonces apenas el cascarón de hueso de un barco fantasma. Reinventándome en los espejos. Suspiro. Esta también es una historia para otro día.

Ya he sacado el bizcocho. Huele muy bien. El azúcar que añadí a destiempo ha quedado blanco y suelto. La masa ya no lo quiso. Bueno, no pasa nada, lo sacudiré un poco. Aún así tiene buen aspecto. Lo he dejado enfriándose. Nos hemos mirado como perfectos desconocidos.

Estos días he leído Fortunata y Jacinta, en homenaje a Pérez Galdós y a los toros mariposa. Aún no puedo hablar del libro. Temo que Fortunata se me escape de dentro si lo hago. He subido y bajado todas las calles del barrio que ahora no transito: la Concepción Jerónima, la Ave María, la Mira del Río, la calle Toledo; la Cava Alta y la Baja, los escalones del Arco de Cuchilleros. He retorcido en la mano pañuelos blancos y negros.

Tengo el pelo largo hasta la cintura. De perfil parezco un Jesús Nazareno.

A mi tronco le ha salido una flor violeta. Parecida a un cardo, pero sin pinchos. Con los pétalos divididos en peldaños. Para entrar y salir. Ay, si se me va y ya no me vuelve.

Mi tronco tiene desde ayer una gota de agua escapada y sostenida en la flor. ‘Qué raro, si ni siquiera hay nubes’ en el techo. Quizá una lágrima. A la espera. Me acordé al verla de la estatua y la golondrina.

A la espera. Porque esta Semana Santa no era la que nos tocaba este año. La íbamos a pasar juntos en el Sur. Nos íbamos a amar yendo y viniendo calles. A emocionar, a callarnos y a reírnos. Cogeríamos azahar en la Alameda para tu madre. Tomaríamos amontillado con un papelón de pescaíto frito. De anochecida, nos pondríamos debajo de tu ventana de antes que da a la catedral y veríamos pasar los pasos. Nos recogeríamos arrullados en tu cama de madrugada. Después con el sol alto recorreríamos el barrio de Las Viñas. Para terminar sentándonos en el escalón de la casa de la calle del Madroño, que hemos elegido. Con su puerta abierta al patio y la buganvilla. ‘¿Qué es mi barco? Mi tesoro’.

El Madroño. Parece que no dejáramos Madrid.

Te he llamado: he hecho mi primer bizcocho. Y tú has hecho tu primer puchero y te has tomado hasta un poco de Tío Diego. Dices que me quieres. Mi tronco, al que le ha salido un primer hijo, enreda sus hojas en el tuyo y que te cuido. Se aclara un poco la tarde. La ventana enmarca un tímido azul del cielo con nubes. Los pájaros que ahora hacen lo que quieren, dan saltos.

El azúcar me ha entonado un poco el estómago y la tristeza, que no la distancia. Me pongo un café y sigo leyendo. Tengo el pelo demasiado largo. Me lo recojo. Será que consiga que Fortunata no se me escurra.

En un rato, los aplausos en el tejado y los vecinos. ¿Cómo están Victoria y la niña? ¿Y Almudena? Al final hice el bizcocho. Apenas cuatro frases en carne y hueso que me amarran al día. Para no perderme como Aura en las olas.





sábado, 28 de diciembre de 2019

Rosalía


Se llamaba Rosalía aunque nunca la escuché cantar. Eso sí, le gustaba la música, que seguía al compás con su pie derecho metido en su zapato de niña eterna y una sonrisa incontenible de muñequita de cuerda, que le hacía temblar todo el cuerpo. Cuando la ocasión lo permitía, hacía palmas. A la altura del corazón con los dedos muy abiertos. Sin terminar de aprenderlas. Como si la Melliza, como todos la conocíamos y la llamábamos, anduviese en su cerebro repartida de una manera un poquito más visible que el resto de nosotros. Sin esconderse ni protegerse.

Se llamaba Rosalía y siempre te buscaba con la mirada generosa y te dejaba entrar muy, muy adentro en sus ojos. Para que la siguieras y la acompañaras a una casa ordenada y limpia. Nerviosa, contenta, andaba por delante, dando pequeños saltitos ilusionados. Como cuando le compraron el dormitorio nuevo. Su casa. A la casa arriba de la mía. La entrada con su mesa y sus sillas, arrimadas a la pared encalada, dejaban en mitad un espacio donde en mi memoria de niña, nunca supimos quererla lo suficiente. Eran tiempos en los que aún no habíamos aprendido a decir que nos queríamos. Con ventanas pequeñas abiertas a la luz.

No necesito cerrar los ojos para tocarle el pelo corto recogido con lañas detrás de sus orejas. Como se peinaba mi abuela. Su falda. Su camisa y su rebeca. Sus medias y sus zapatos de hebilla. No necesito cerrar los ojos para llegar hasta el patio que ya no existe en la que ella era más grande y lavaba y yo más pequeña. Abrir el grifo que había justo a la izquierda conforme entrabas. Llenar el cubo de zinc de agua. Oírla caer. Mojarnos las manos hasta los codos. Como solo podíamos hacer en su casa sin que nadie nos riñera. Coger el jabón verde. Nuestros dedos como peces.

No necesito cerrar los ojos para verla sentada en una silla de mi casa. Con sus pies pequeños apoyados en el garrotillo más bajo de la silla. Antes o después de almorzar. Para pasar la mañana o la tarde. En la mesa con la enagüillas en invierno. Con mi abuela Dolores. Escuchando callada, como yo, todas las conversaciones.

Se llamaba Rosalía aunque cuando le preguntábamos como se llamaba, nos decía Rosa: Rosa López Ortega. De nuevo sonriendo con los ojos que abrían su puerta. Cuando le preguntaba por su familia, siempre acudía primero al hermano que más tiempo quiso, su mellizo, que había muerto cuando era joven. De su padre, que le dejó su casa para asegurarse que alguien la cuidara al menos a cambio de su pago, hablaba con devoción. En silencio, con la mirada muy atrás y triste. Intentando quién sabe si tocar el tiempo de antes. Como un río en su memoria. Otro grifo, otra agua. Añorando un espacio donde estoy segura se sentía protegida. Su padre. De su madre no hablaba en mi memoria. Desconozco el posible dolor que se callaba o que yo borré.

Sus tres hermanos la tenían por meses para comer y dormir. Como muchas personas mayores que entonces eran solo viejos y mudaban de hijos. Cambiaba todos los días uno, que venían precedidos de entusiasmo o mohín según un destino impuesto, inamovible e implacable que mandaba en una vida de ella pero que no la tenía en cuenta. Yo lo sentía terriblemente injusto. En mi mente de niña, cómo podían hacerle eso si eran su familia. Por pura lealtad, todavía hoy recuerdo la casa que ella siempre prefería y la que menos le gustaba.

Se llamaba Rosalía y hubo un tiempo en que fuimos muy amigas aunque ella hubiera nacido mucho antes que yo y tuviese años de mujer y yo fuera solo esa niña. Aun así hablaba las palabras a cuartos o a medias. Aunque a mí me valía, sé que a ella le dolía no hablar como los otros adultos que a veces, solo para no hacer el esfuerzo de escucharla, le decían no entenderla. Anticipaba lo que yo aún no sabía: que crecería y me iría como antes se habían ido otros, mientras ella solo envejecería un poquito más.

No estuve cuando se murió. Me gustaría pensar que en algún lugar de su cerebro consiguió guardarme como yo la guardo, aunque lo más probable es que si alguna vez se acordó de mí, sintiese que era solo otra persona más que la había abandonado.

Se llamaba Rosalía y aunque yo era chica, me enseñó que no a todas las personas se las puede querer de la misma manera, que hay personas a las que hay que respetar y querer siempre un poco más. Me enseñó que las palabras duelen. Lo que decimos y cómo lo decimos. Me enseñó que crecer significa empezar a ver las diferencias en las personas, mudarnos a unos ojos más ciegos, a un corazón peor. Como cuando le decían que la llamaban para que se fuera porque no sabía irse. Como cuando ya no podía venir tanto a mi casa porque mi hermana pequeña, que siempre estaba con ella, tenía que aprender a hablar mejor. Como cuando una moto la atropelló al cruzar la calle y la dejó toda magullada y ningún vecino dijo haber visto el accidente.

Eran otros tiempos y la calle Nueva de mi pueblo, como otras muchas de otros pueblos, aún no sabía ni de los abrazos ni de cinemas paradisos. Ni yo tampoco.

Eran otros tiempos pero a mí aún me avergüenza no haberla sabido querer mejor.

Hoy en mi casa está su mesa que heredamos. Aunque pasa el año arrimada a otra pared, la ponemos en el centro del comedor en la Nochebuena para caber todos. La sacamos al huerto el día de Navidad, para comer al sol. El bombo de la Melliza en el centro de lo que somos. Un regalo de la vida. Con todas nuestras carencias y nuestros querer aprender a mirarnos y vernos más. En la calle Nueva.

No necesito cerrar los ojos para darle la mano y entrar pa’dentro por el jilo de la casa. Para que se siente otra vez en una de las sillas de mi casa. Mi abuela Dolores también viva.

Se llamaba Rosalía y aunque nunca la escuché cantar, le gustaba palmear y bailar la música. Con sus pies de mujer encerrados en zapatos de hebilla de niña.

Se llamaba Rosalía y era mi amiga y yo la quería y la sigo queriendo. Ojalá allá dónde esté pueda perdonarme la ausencia.

La Melliza, tan hermosa.

lunes, 9 de diciembre de 2019

El paseo


El espacio de adentro y el espacio de afuera.

Supongo que el espacio de adentro a veces no nos cabe y duele tanto que se vomita. Como una sombra, no se puede desprender y se lleva puesto de vestido largo. Por delante y por detrás. Enredando el pelo. Apretando el cuello.

Cuando el espacio de adentro está afuera me falta el aire para respirar y me hago cada vez más pequeña. Tanto que tengo que salirme entera y habitarme enfrente. Me llevo la mano al pecho y me tiro hacia fuera de la piel. Para romperla.

Cuando el espacio de adentro está afuera, salgo a andar mucho. Aunque las piernas y los pies me pesen como si fueran de piedra dura.

Mi espacio de adentro es gris. Como el aire contaminado de esta ciudad. A plomo.

Pienso que tengo fijación por la quietud de las estatuas de los tejados. Como Bartlebies alzados.

Hoy he hecho el recorrido de siempre. Nada más enfilar la calle abajo he leído un mensaje. Si algo existe de alma, también ésta se me ha caído a los pies. Por lo que faltaba. Ahora que lo escribo, me pregunto que tendrá eso que ver con que mis calcetines se hayan empeñado durante toda la tarde en escaparse una y otra vez de mis talones. Para enrollarse y quedarse sin remedio en la planta de los pies. Haciéndome daño. Aquí sentada mientras tecleo se mantiene intacta su presencia incómoda en el pie derecho. Como una soga. No hay poesía plausible en un calcetín enrollado en el pie que se te clava. Ni aunque el cielo atardezca en rosa en la ventana.

Así con el alma en los zapatos y el espacio de adentro por fuera, he vuelto a acordarme de aquel amigo mío. A veces uno deja atrás a un amigo como quien se corta un brazo y no pasa nada. Como si no doliera. Como si nunca hubiera existido una mano izquierda. A-brazos.

Una muleta. Unas alas postizas en un boca a boca urgente. Un dolor que duele un poco menos.

En el puente del viaducto han colgado una guirnalda de luces de Navidad. Una silueta de ángel se suspende en el aire sobre el establo donde está el Niño. Paso por debajo y pienso como siempre en sus suicidas. Sonrío el desatino o el atino del ángel, que nunca se sabe.

Cruzo las calles esperando que los semáforos se pongan en verde. Qué pena es a veces no creer en un dios.

En el parque todo sigue igual. Las personas pasean a los perros olvidándose de ellos mientras miran el móvil. Los perros ladran a la pelota devuelta a sus pies. Los padres pasean a los niños bien abrigados, olvidándose de ellos mientras miran el móvil. Los niños agitan sus manitas delante de sus ojos por si acaso los vieran. Las aves anticapitalistas se bañan en el hilo del río. Agua con sed de agua. Entre las cañas. Tan tiesas. Casi lanzas.

Cruzo el puente con todas mis necesidades colgando. Siempre que empiezo a llegar, se despliega una nueva arena.

El mendigo del mercado una vez fue un hombre libre, pero en el desierto, el Sol le quemó los ojos. Adivina por el sonido el valor de las monedas que caen en el platillo. En el palacio, Sherezade no quiere seguir contando historias para seguir viviendo.

Doy la vuelta al lago y enfilo la vuelta.

Una joven con el pelo corto camina sobre una cuerda elástica agarrada a dos árboles. Entre los pasos ensaya algunas piruetas. Un joven con rastas le da la mano izquierda ayudándole en el equilibrio. En la otra lleva un pájaro. Como en El paseo de Chagall, sonríen.

La pirueta es un libro de Halfón. A mí no se me olvida su apellido porque si le cambio la f es un halcón. Pienso que para ser equilibrista el pelo corto es imprescindible. Este pelo mío largo, sobra. Pasa al contrario que con la cola de los gatos.

El otro día en la playa un gato gris que tomaba el sol no tenía cola. Sentí vértigo en el estómago al imaginarlo saltar entre ventanas. Como cuando a Mr. Vértigo le faltó un dedo y dejó de levitar y volar.

Siempre he querido ser trapecista. Mrs. Vértigo. Con pelo corto. Para no caerme.

Subo la cuesta. Me pesan las piernas. Traspaso otra vez el puente. Después de mirar hacia los cristales para la disuasión. El ángel aún no se iluminó.

En el banco donde antes de instalarnos en Madrid, intentaba adivinar los ruidos que se nos colarían en la casa, como una medida de las probabilidades de felicidad futura, me miro las manos y me pienso los trozos, lo que va quedando. Las tripas como un colador. Otra soga.

Las tripas solo están en el espacio de adentro. Aunque se vacíe por fuera.

Ya en la casa como pipas. Me tranquiliza lo que se repite. Me meto los dedos. La ropa está tendida.

Aquí todo me resulta más difícil. Hasta amar.

El espacio de afuera en el que me hago más grande, se ha quedado en la otra casa. Allí tengo un balcón y un espejo largo. Un patio con macetas y una amiga. 

Con ella cerca siempre es más fácil, todo parece casi posible. Desprenderme de mis necesidades. Vestirme violeta. Sin exilios.



lunes, 28 de octubre de 2019

Mientras dure la guerra


Cierro los ojos y vuelvo atrás en el tiempo.

¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!

Sístole, sístole, diástole, diástole. El corazón desacompasado. Sin recurso poético.

En la cámara mientras hacía la cama de mi madre jugaba a ser otra frente al espejo que había encima de su cómoda. Cogía una de las sábana y me la ponía por el cuerpo, ya de una manera, ya de otra. Me deleitaba observando una transformación y un tiempo que solo se reflejaba en mi cerebro. Date prisa, date prisa. ¿Cuándo vas a terminar? Mi madre cerraba a golpe de grito cualquier puerta.

Por la noche, no entendía el mundo. No entendía por qué nosotros vivíamos en lo más cerca donde nada era posible, donde no podíamos tener tamaño. Me tapaba la cabeza hasta casi no poder respirar y temblaba intentando entender esto de vivir y de morir, para qué era que mi madre me había nacido.

Garbancito, ¿dónde estás? Diminuta, en una pesadilla recurrente, caía desde el borde de arriba al agua del cubo de la fregona. Era mi mundo más amplio. El miedo y las ganas de hacer pis me despertaban. Otras veces lo hacía mi madre que toda la vida tuvo un ogro tragado, dedicado a asfixiar los sueños incluso antes de que se formasen.

Alicia, Alicia, sin duda es ya muy tarde.

En la escuela participaba en todo lo participable para desesperación de mi madre que siempre tenía preparada una lista enorme con las cosas que yo tenía que hacer. Qué poco le pareces a tu hermano, que no se apunta a nada. Para mi hermano, mi madre no tenía una lista. Ponle el vaso de leche a tu hermano. Ni gritos por perra ni por pájaros en la cabeza.

Siempre me han gustado los animales.

Leía a escondidas todo lo que encontraba, fuese o no apropiado para mi edad, levantando las historias en escenarios imaginados en los que yo tenía siempre un papel. Ponía el despertador muy temprano para estudiar y escribir en la cama, antes de que fuera la hora de las cosas que tenía que hacer antes de ir a la escuela. Era el tiempo que le dedicaba a escribir la poesía y el teatro que luego recitaríamos o representaríamos en clase. El teatro estaba lleno de diálogos, algo maravilloso que consistía en hablar de frente o entre personas. Qué poco le pareces a tu hermano, que no necesita levantarse temprano para estudiar. Para mi madre mi hermano era el más listo de los dos.

Sístole, sístole, diástole, diástole. El corazón desacompasado.

Una vez quise apuntarme a clases de guitarra, pero mi madre dijo que no podíamos permitírnoslo y no hubo manera de convencerla de lo contrario. Qué poco le pareces a tu hermano. Me gustaba, me gusta tanto la música. Un cuadro que se pinta en el aire. 

Frente al espejo de encima de la cómoda de mi madre podía ser una directora de orquesta. Date prisa, date prisa. ¿Cuándo vas a terminar? Hasta que descubrí lo que realmente más me gustaba. No quedarme en los brazos sino bailar con todo el cuerpo, teatralizando por completo cada una de las notas. Con la cara y el cuerpo pintados. Con vestidos casi de aire. Un cuadro en blanco y en movimiento. Eso era lo que más me gustaba. Pero el reflejo del espejo en la habitación de mi madre se empeñaba en no mostrarme mi fuerza.

Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino? La más guapa nunca era yo, así que un día dejé de mirarme en el espejo mientras hacía las camas para bailar solo por detrás de los ojos. Aun así mi madre seguía gritando siempre que me diese prisa. Esta niña no sirve para nada.

Libros. Teatro. Cine. Música. Danza. Escondidos.

Que va, no creas, soy más fea de lo que parezco. 

Con listas interminables de lo que hay que hacer.

¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!

Estudié una ingeniería, que era lo apropiado porque servía para algo, de manera que aquí sigo, casi sin haberme movido de mi sitio asignado: temblando sin entender para qué vivo, leyendo todo lo que puedo y siempre que puedo en una continua lucha por descubrir, como si tuviese un hambre y sed insaciables, como si me jugase la vida en cada libro; levantando espejismos en los que yo soy la directora de cada obra; bailando músicas dentro de cuerpos que nunca son el mío; visitando museos; condenada a comparaciones forzadas en las que siempre pierdo. La belleza siempre cayendo hacia el otro lado. Qué poco le pareces a tu hermano. Queriendo encontrar confianza para sacarme los órganos de dentro. Para limpiarlos y que no se me pudran. Tenderlos al sol. Para poder crear algo. Como una necesidad imperiosa de respirar. Respirar y amar.

Tú siempre te equivocas. Sin tiempo.

Hace unos días vi una obra de teatro hermosa, Lo nunca visto. Las actrices en su interpretación conseguían crecerla y crecerla, dejando las frases sostenidas en lo oscuro de la sala. 

Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino? Garbancito, ¿dónde estás? 

Cuando la obra terminó y todos aplaudieron y salieron de la sala con sus felicitaciones, con un corazón desacompasado en una doble diástole, yo me quedé otra vez quieta y atrapada frente al espejo de la cómoda.

¡Sí se puede! ¡No se puede! ¡Sí se puede! ¡No se puede! ¡Sí se puede! ¡No se puede! ¡No se puede!, decían las actrices formando círculos.

Sí se puede cambiar la realidad. No se puede cambiar la realidad. Qué poco le pareces a tu hermano.

Yo quería escribir novelas y tocar la música. Quería ser directora de orquesta. Pintarme las manos y hacer cuadros, la cara y hacer teatro. Danzar con un cuerpo portentoso.

¿Os ha gustado? Esto es lo que hacemos.

¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!

Yo quería. Sin tiempo. Alicia, Alicia, sin duda es ya muy tarde. De mis bolsillos se escapan todas las listas de lo que hay que hacer. Nunca llegarás a nada en la vida. Todo está oscuro. Me he perdido. Soy la más fea.

Aunque yo lo grite, en la cámara vieja ya no duerme nadie. ¡Sí se puede! ¡No se puede! ¡Sí se puede! ¡No se puede! Me duele el corazón. Sin poesía.

Cuando yo era pequeña pensaba que todos teníamos la misma capacidad de sentir el dolor y la emoción, aunque yo saltase y me cayese más que mi hermano. ¡Sí se puede! ¡No se puede! Las listas, todas por el suelo. Sin un beso. Con todos los gritos. Esta niña no sirve para nada.

Eso no es amor.

Ayer fui al cine y vi Mientras dure la guerra. En la fila 2, de lado y con la rebeca por encima como parapeto para evitar las embestidas de la pantalla. Sola en la sala para el último crédito. Salí emocionada. Me pareció excepcional. Amenábar siempre me cura. Sobrevolar el mar, matarme antes de que me maten, darme las claves para perdonarme. Necesito tanto perdonarme.

¡Sí se puede! ¡No se puede! Vas a llegar tarde. ¿Qué es lo que hay que hacer ahora?

Perdonarme por ser yo. Qué poco le pareces a tu hermano. Por no haber sido más valiente para vivir la vida que me había soñado. Sin gritos. Con los besos. Con los dedos gastados y todos los versos. 

Hasta ahora.

Perdonarme y quererme un poco más. Cuidarme. Qué no me duela tanto el corazón.

Sístole, sístole, diástole. Acompasado.


lunes, 14 de octubre de 2019

Apuntes de una sala de espera


Leer En la orilla no ha sido un buen preámbulo para esta sala de espera. Los cuerpos hinchados y flotando en el marjal. Como grandes medusas llenas de tierra.

El marjal es un laberinto en el que el tiempo no es ninguna dimensión. No pasa. Los hombres perseguidos y matados como alimañas. Los rostros ahogados. Sin presente.

Marjal. Alimañas. El hombre es una bestia. Los cañones de los revólveres, las escopetas de caza. Estos muertos incómodos.

Marjal. Matar. Caza.

Sí, leer este libro ahora. Por aquello de lo inexorable. Abiertos. Sin aire. 

En el marjal se oyen los trinos de los pájaros y los saltos de los sapos al entrar en el agua. Algunos sapos deberían escribirse con z. Porque son enormes cuando se tragan.

En el cartel, ‘silencio, por favor’.

Empezar Zoco chico apoyada en el quicio de un vagón de metro, con un perro moribundo al que no dejan de dar patadas, no ha sido tampoco una buena idea. Los hilos en la boca. El charco de sangre con forma de cabeza.

Otra z.

En la pintura que compartimos ayer antes de despedirnos, un Guernica de inmigrantes se hunde en una patera mientras, en el horizonte, un barco de vacaciones pasa. El mar es azul pero no me acuerdo de buscar la flor.

Salgo del hospital. Me agarro fuerte al borde. Invento una tierra al fondo. Salto al vacío de la noche.

En el marjal hay una tierra con un mar adentro.


En el marjal el agua es verde. Es la misma red, pero con menos gritos.

En el marjal hay hoy un muerto solo, vuelto hacia sí mismo, pero en algún momento, como ahora en el mar, el muerto de este enredado de cañas, también fue colectivo.

El ruido seco de las cañas.

Escribo ovillada en la silla de plástico del fondo de la sala. Vadeando el vértigo de perdernos. En un cortejo de solos. Con tiempo.

En el cartel, ‘silencio, por favor’.


No había flor.


"Guernica 2015", versión europea. Por Javcho Savov