domingo, 28 de julio de 2019

Un espacio llamado Limbo


Paso a través de la puerta del Limbo, esa parte del Infierno de Dante que los vivos pisamos todos los días. Me miro los pies y pienso si acaso los charcos profundos no serán su antesala. Nos recibe un barman con camisa de arlequín. Es un fabuloso acróbata con sonrisa de Cheshire y un único pendiente. Dos Alhambras especiales, por favor. Tras la puerta de entrada que se cierra, dejamos atrás el calor que escapa del asfalto de la ciudad.

Las puertas de adentro están abiertas de par en par. Seguimos el dibujo de las losas en el suelo hacia el patio. Si sigo un poco más, sé que podría volver a Roma.

Hemos llegado pronto. Están dispuestos el escenario y las mesas, encendidas las velas, pero aún no despertaron a la noche los virtuosos.

El Limbo es una casa andaluza con patio. O un patio andaluz con casa. Debajo del toldo descorrido, se ve un cacho del cielo del Paraíso. Alrededor, hay arriates con plantas y platos de cerámica semienterrados. Provenientes de nuestras ruinas. Un gato negro duerme atento en un cuadro de la pared. Atento a un perro de cal blanco que no deja de correr la casa. Me acerco y le toco el pelo casi erizado. Es tan hermoso. Siento su pulso. Sin tambores.

Doy un sorbo a la cerveza mientras extasiada por la belleza de los prados, me pierdo en las emociones del tiempo. Me enredo en los recuerdos y navego por la música que nos llega a los tobillos. Como el agua. Suena 'Step' de Vampire Weekend. Siento la verdadera embriaguez y me deslizo en un vestido de seda. Bailo como si fuese los ojos de Rebeca pintados en una fachada de piedra en una plaza. Se abren los libros y pasan sus hojas manos invisibles. Tendemos 2666 versos en las cuerdas que cuelgan del techo de nuestro mundo.

A mi vestido le ha nacido un árbol y a mi pelo rizos. Invoco a los otros ojos que una vez me quisieron y me vieron hermosa. Invoco a sus manos y a los sabios antiguos. A las estatuas de sal. Invoco a mis pies descalzos. A las mariposas que escapan de las escafandras. A los minotauros que derriban los muros de los laberintos en septiembre.

En coma. Sin conseguir entender. Sin encontrar la salida.

Invoco a la poesía de Lorca en Nueva York, al muro de Bartleby y a la piel arponada de Moby Dick. A un funambulista llamado Varsovia capaz de atravesar las líneas enemigas. Invoco a las ventanas que se abren al mar en mis sueños. Invoco al amigo que sigue sentado frente a mí. Qué se enfada conmigo. ¿Tú quieres seguir siendo testigo de cómo se mata poco a poco todos los días? ¿Es eso lo que quieres?

No, no es lo que quiero. Trago. Transparente. Incapaz de ocultar nada en este espacio cuadrado. Me revuelvo buscando el antídoto. Amaranta, cosiendo y descosiendo su mortaja. Porque no sé si seré capaz de sostenerme firme.

El uso de la razón ordena la jerarquía de las penas. Entre los traidores a nadie se le ocurrió incluir a los que se traicionan a sí mismos. Sin sitio en las Malasbolsas.

I feel it in my bones. I feel it in my bones.

En coma. Subida a un tren subterráneo llamada Moebius.

I feel it in my bones. I feel it in my bones.

Invoco al aire que hará desaparecer las esquinas en las que silenciosas y cubiertas de polvo se quedan las arpas.

El viernes estrené el vestido. Seguro que estabas guapísima.

Cómo duele vivir.

Gracias. Me gustó muchísimo el espacio, la música. 

Alicia había visto un gato sin sonrisa pero nunca una sonrisa sin gato.

Salimos. Vuelvo a traspasar la puerta de ese bar con escenario, velas, mesas en el patio, paredes encaladas y losas antiguas, llamado Limbo. Al que entramos para escapar del calor subsahariano de esta ciudad nuestra que ya es más tuya que mía. Donde decidimos quedarnos hablando, apuntalando a la verticalidad nuestra propia realidad. En el fondo esa peli del cine de verano que íbamos a ver no era tan buena.

Donde habita Averroes. Esa parte del Infierno de Dante que está más cerca de la luz.





sábado, 6 de abril de 2019

No puedes tocarme


‘No puedes tocarme’.

Perfopoesía. Afropea. Aprender. Aprehender. El hibisco que era púrpura. Los libros.

‘No puedes tocarme’.

Está nublado y la colcha roja del sofá está tendida. Tendida. Recogida. Vuelta a tender. Me invento un desafío con la lluvia. Hubo un tiempo que me gustaba correrla. La carretera. Como quien corre el cárabo. Sudo. Miro las gotas que resbalan mis brazos. Las recorro. Alabama Monroe. Tatuajes.

‘No puedes tocarme’.

A veces la lluvia me sorprende en la playa. Llueve sobre el mar. Sigo leyendo bajo la sombrilla. Con la cara apoyada en la toalla y la toalla excavada en la arena. Trinchera. A ras de horizonte. Agua sobre agua. Archivo una fotografía mental. Monocolor. Detrás de los ojos.

‘No puedes tocarme’.

Me ayudas a recorrer el camino que lleva de la oscuridad hacia la luz. Me ayudas a desnudarme. Para volver a vestirme. Me enseñas que se puede encender y apagar la noche. Con el mismo interruptor con el que se puede encender y apagar una lámpara. Encender las estrellas, las ranas y los grillos. Para no tener miedo.

‘No puedes tocarme’.

En el vientre se me ha alojado un poliedro intramural. Un cubo casi perfecto. En la frontera de dentro. Con excepción de a la hija, hasta ahora solo había crecido cosas por fuera y de pájaro. Las plumas en la espalda para convertirme en otra, la máscara en la cara para mirar desde atrás. Me pregunto cómo será que se vuele con un poliedro enredado. Como un segundo cerebro. Chillida Leku. Desenredar el viento.

‘No puedes tocarme’.

Lo toco desde todos sus lados. Sube y baja las escaleras. Gritando. Reconozco sus urgencias pero no quiero oírlo.

‘No puedes tocarme’.

Hace tiempo que no sueño con la niña no nacida. Que no pinto puertas en el laberinto. Que no quiero andar los pasos ni aprender las lenguas. Que me escondo.

‘No puedes tocarme’.

Me asomo al acantilado. Me ha crecido un grito cuadrado en el vientre al que le amputo una y otra vez la voz. De un tajo. Como si fuera un brazo que cae al suelo y escondo. Ni una gota. Ni un grano de sal. Sin memoria.

Pido una mano. La mano, la mano, la mano. ‘No puedo tocarme’.

La colcha tendida. Las nubes. El poliedro enroscado en el eco de la poesía. Al rescate. Su mano. Sin saberlo. El vuelo torpe. Simulacro. Mujer. De viento o humo. Encender y cruzar el día. Escuchar la música. Llorando y riendo.


"Yves Bonnefoy: Une Hélène de vent ou de fumée II"
Grabado al Aguafuerte
Eduardo Chillida

domingo, 24 de junio de 2018

Si no sabes la letra, tararea


Me cuesta encontrar un título para mis entradas de blog. Pasen y lean. Todos los titulares suelen ser engañosos. Y las puertas también.

Alguna vez he utilizado el título de un libro que justo he leído. Así me es más fácil empezar. Quizá así alguien quiera saber qué hay detrás. Necesito un gran título, me digo. Una palabra llave. Un ábrete sésamo.

En el patio de atrás tengo un montón de títulos apilados que parecen zapatos viejos y desparejados. Inservibles en apariencia. Pero yo sé que no lo son. Solo necesito un poco de paciencia. Dejar atrás la urgencia, el miedo a no ser capaz.

Encontrar la belleza. Cada zapato es una escultura completa de sus pasos. Un mapa a dos caras.

Me gusta meter los pies en los zapatos grandes e intentar andarlos. Me devuelve a lo posible. Me sigo los pies en círculos arrastrados hasta que aparece un espejo en el que puedo levantar la vista y mirarme de frente. Te miro a ti que me miras sonreír. Pasen y vean. Transito ferias antiguas donde nos sentamos sobre alpacas de paja y queda espacio para todo el asombro de Melquiades.

Probarme zapatos grandes me hace feliz. 

Me obsesionan los zapatos. Que estén limpios. Que no estén rotos.

Todas las tardes cuando mi padre viene de trabajar, le llevo a la salida del baño la ropa limpia. La pongo en una silla. Luego me siento en el rebate del patio e intento limpiarle los zapatos. Pero siempre tardo demasiado en sacarles brillo. Aunque me empeñe y me empeñe no tengo magia ni en la cara ni en las manos y mi madre me riñe porque nunca les saco el suficiente. Todas las tardes. Estos zapatos no tienen brillo. No sé hacer nada bien. Date prisa. ¿Le has puesto el vaso de leche a tu padre? Si no me doy más prisa mi padre se irá sin tomárselo y mi madre volverá a reñirme. En una carrera. Sin avituallamiento.

Me gustan los zapatos limpios. Cuando al cabo de los años exhumaron el cuerpo de Allende, tenía los zapatos llenos de polvo. Como si le hubieran cortado las manos.

Yo me acuerdo de esas cosas. Una obsesión como cualquier otra. De niña no sabía limpiar bien los zapatos y por mi culpa a mi padre se le escapaba la luz en las tabernas. Sin brillo. Y después se le escapaba a mi madre. Y luego a nosotros, pero sobre todo a mí, que no sabía hacer casi nada y que iba a ser toda la vida una tonta.

R tiene una caja de lata con betunes, cepillos y trapos. Los trapos los puse yo. Como quien tiene un tesoro. 

Demasiado calor. Los títulos. Amontonados. Como si fueran arena.

También he pensado utilizar el título de alguna película o el de un cuadro. Luna en Brasil que vi hoy. Habitación en Nueva York. Pero entonces tendría que hacer poesía.

Hace mucho calor de tarde en el piso. La lavadora se ha parado. Estuvo a punto de despegar hace un rato. Mientras yo andaba enredada. Centrífuga. Centrípeta.

Los títulos. Si no sabes la letra, tararea, es el título de un libro que ni siquiera he leído. Será por libros y justo me quedo enganchada a este. Tararea.   Tararea.      Tararea.        Tararea.

Hablamos de ese libro, que casi salió ahora, en la pasada sesión del club de lectura. ¿Puedo cantar? No. ¿Y tararear? Bueno, venga, … le dijo el ogro al burro en la película infantil. Vuelvo a mirarme desde el espejo sonriendo. El conejo blanco con chistera corriendo. El tic-tac del verano.

Mi madre odiaba que yo tarareara. Y también me reñía por eso.

Hoy le he preguntado por teléfono por qué era que no le gustaba que tararease. Traspasar. A lo mejor te parece una tontería, pero había pensado escribir utilizando el título de un libro que habla de tararear y me gustaría saberlo. No lo sé, me ha dicho. No lo recuerdo. Solo sé que te decía: si sabes la letra, canta; si no te la sabes, cállate y deja de hacer ruido. Supongo me ponías nerviosa. Hacías un ruido muy corto. De no llegar a ninguna parte, he pensado. No lo sé. Yo prefería que cantaras, aunque cantaras mal. Pero yo canto bien, he vuelto a pensar. Porque, ¿tú te sabías las letras? Sí, si me las sabía, le he dicho. Y nos hemos quedado cada una en lo suyo.

Dicen que a mi madre le gustaba mucho cantar cuando era joven, usar pantalones y llevar el pelo corto. Recuerdo solo una vez de muy chica que la oí cantar mientras lavaba la ropa en la pila. Porque mi madre no cantaba. Ni yo tampoco. Ni tararear. Porque a mi madre no le gustaba que yo tarareara y siempre me reñía si lo hacía. Y yo tarareaba porque no me atrevía a cantar y se me olvidaba que a ella no le gustaba porque no sabía hacer nada bien. Aunque me supiese la letra.

Mi padre a veces cantaba en la ducha cuando venía de trabajar del campo. Antes de ponerse la ropa y los zapatos limpios que habíamos dejado en la silla de la salida de la cocina, a la puerta del baño. Antes de beberse la leche e irse a la taberna, que luego se llamaba bar. 



Dice Nuria Varela en su libro Cansadas (Ediciones B, 2017) que hemos sido hormigas, que ya es hora de que nos toque ser cigarras. Quizá era eso lo que a su manera quería decirme mi madre: canta pero no tararees. 

Porque yo me sabía la letra. Todas las letras. Como todos los cuentos.

Los títulos.



sábado, 9 de junio de 2018

Bosquejo


Si me pusiera a escribir, qué escribiría.

Si tuviese que elegir un nombre, cuál elegiría.

Ando los soportales de la plaza como si ese fuera el sitio en el que aguarda el tiempo, donde puede encontrarse lo perdido.

Los pasos perdidos como las lágrimas de madre siempre son amarillos.

Empujo la puerta. Me adentro en el archivo donde se guardan todos los nombres. Todas las fechas.

Nació. Murió.

Desaparece el ruido. Solo avanzo. Me cruzo con caras que llevan personas dentro. 

Los nombres están llenos de polvo. Se pierden los hilos que los unen. El sentido de los tesoros. Nació.

Atravieso la frontera de nuestros mundos. En la esquina antigua pusieron un café moderno. Vuelvo de nuevo al mío. Con una bolsa con libros. Con pan que huele a pan. Compro una nueva planta.

Me duele la piel de las manos. Limpié los suelos. Olvidé cuidarlas. 

Si me pusiera a escribir, qué escribiría.

Fuera de la cabeza. Fuera de los ojos. Del loco que cruza la calle hablando. Tombuctú. Qué escribiría.

Elegí una canción que no es del todo mía. Tiene arena. Está lejos. Después de muchos días.

Pienso en el general Dann y en su perro de las nieves. Su camino es intransitable. Lleno de ciénagas.

Si pudiera elegir qué escribir, elegiría La estación de la sombra o los páramos de Comala. Con sus voces. Con su lluvia. Con sus manos cuarteadas. Olvidé cuidarlas.

En noviembre quiero ir a Ruanda. Quiero visitar una selva. Nacieron. Murieron.

Quiero escuchar el sonido del agua. Bañarme en ríos fríos. Volverme azul. Tocar el sol. Decir los nombres.

Tengo una amiga. Tengo otra amiga y otra.

Tengo una hermana. Tengo otra hermana.

Tengo una prima. Tengo otras primas y otras.

Tengo una tía. Tengo otras tías y otras.

Tengo una madre.

Tenía una abuela y también otra.

Todas tienen un nombre. Una historia.

También tenía una vecina con rosas amarillas. Y otras de antes y de ahora.

Y una perra. Tenía una perra que se fue en junio. Como Saramago y su Blimunda que ve las voluntades. Cierra los ojos. Come pan duro.

Casi se me olvida. Porque ella está hacia adelante. Justo de mí, tengo una hija. En la habitación de al lado.

La tarde. Los geranios en la ventana.

Si me pusiera a escribir cómo sería que contaría una historia Del color de la leche.

Después de atravesar países fue detenida en Libia. Otra mujer atrapada en su destino. En la cárcel fue obligada a prostituirse. Aunque no había quemado ninguna casa. Cargando cubos con piedras. Corre, no para, su niño.

Si tuviese que elegirle un nombre, cuál sería.

Esteban, se llamará Esteban, dijeron las mujeres de los pescadores.

Echar las redes al mar. Recogerlas. Tirando con las manos.

Elegí una canción. Khawuleza. Khawuleza, mama. Date prisa, mama. No te dejes atrapar.

La canto como una nana. Los niños duermen juntos. Con sus nombres colgando en las cunas. Atrapando los sueños. Date prisa, mama.

Todos los nombres. Todas las caras. Todas las manos.

En el mismo sitio. A través de la ventana veo a los pájaros volando el cielo.

domingo, 25 de febrero de 2018

El peine de la luna


Escribir se ha vuelto una frustración, muy lejos de aquel concepto encontrado de eutopía en un octubre de menos años.  La existencia real de la utopía. El buen lugar alcanzable.

Se ha vuelto un lugar de miedo a los otros, en el que no consigo sentirme libre. Sigue siendo ese espacio de miedo al fracaso de mí misma.

Pienso un para-qué-excusa si luego no voy a encontrar tiempo para seguir. Estoy tan cansada que apenas puedo ver por dentro, encender una pequeña luz sobre la mesa en el cerebro. Acaso un fósforo. Como una niña vendedora de cuento. Para no morir congelada. Entonces escribo en la cabeza. Sobre los escritos surgidos de otros fósforos. Donde todo desaparece.

No es definitivamente un buen lugar. Eutopía.

Ayer escribí de mi sueño y luego salí a la calle y seguí escribiendo. Como quien fotografía todo lo que ve.

Soñé que me habían vuelto a diagnosticar cáncer. Estaba en el pueblo de al lado de mi pueblo y hacía cola en una larga cola de mujeres. Todas mujeres. Como quienes esperaban a la puerta de las cárceles. La cebolla es escarcha cerrada y pobre. Tiene sentido. Por la noche me había acostado esperándote. Hay cierta condena en esta espera que no sé atajar. Escarcha de tus días y de mis noches.

Tenía el cáncer en los ojos, en los pulmones, en los glúteos. Solo este último era realmente mío. Los otros dos eran prestados. Como entonces, cuando fue la primera vez, no me importó que me quitasen lo que me tuvieran que quitar. Mi cáncer era rojo de escamas. Yo hasta que no me lo dijo el médico no lo había visto. Como un pez. Desde el primero, a menudo por las noches me duelen por dentro las cabezas de los fémures, sobre todo el derecho. Y esa noche que soñaba, me dolían. Me muevo de un lado para otro, echando en falta mi cama y mi casa, en la que puedo colgar los huesos para dormir mejor. Como quien tendía libros. Para que no se me claven. Para airearlos. El último vuelo del flamenco. 2666.

Volvía a tener cáncer y esta vez no lograrían salvarme como antes las nalgas. El médico me las enseñaba como si ya no fueran mías.

Las mujeres de la cola se desesperaban porque tardaba mucho. Tardaba más. Como otras veces.

El médico se puso a peinarme. Ese era su principal y el único cuidado que tenía para mí. Porque aunque solo aquellas escamas rojas me pertenecieran y los otros dos cánceres fueran prestados, estaban allí, muriéndome por dentro. Empezó a hacerme trenzas tejidas desde la misma raíz del pelo. Las mujeres de la cola protestaron. Y qué iba a hacer yo. Me gustaba aquel peinado de olas en la cabeza. Qué podía hacer yo si siempre quise ser pez y tener el pelo rizado.

Me desperté. Me froté fuerte con las manos primero un lado y luego el otro lado del culo. Masaje de esqueleto. Las mujeres seguían allí incluso con la luz encendida. No querían dejarme sola en la sentencia.

Fui descalza a poner la cafetera. Seguía sintiendo que llevaba las trenzas en el pelo suelto.

Te espero tanto que hasta me prestas lo que no me pertenece.

Pensé en el peine de la luna que está colgado duplicado en la pared. De madera africana. En el cuadro de Haití. Al lado de la mujer que fuma en pipa. Verde. Te los pido siempre. Recuerda que son míos.

Verdes. Hubiera preferido mis escamas verdes. De donde vendrá ese rojo si yo todo lo pinto verde. Con la sombra en la cintura.

La primera vez que estuve enferma de tristeza, mis amigas me peinaban. Anoche me acosté en una tristeza vieja. Será que por eso soñé.

Salgo a la calle con el café puesto. Me he mirado en el espejo del ascensor donde solo sé verme fea. Ahora que la niña se está casi yendo, vuelvo a tener miedo a seguir viviendo, a no reconocerme en los cimientos.

Escribir se ha vuelto una frustración. Porque todos consiguen hacerlo y yo no. A este paso ya no quedarán historias que contar, te había dicho. En el mercado se habrán agotado las palabras.

En el semáforo, para contradecirme, un hombre con barba se habla a sí mismo con voz. La barba forma otras olas blancas. ¿Son mis trenzas? Lanza al aire palabras flotantes. No puede ser, se va diciendo. Navega. Unos pasos más adelante el albañil polaco habla con su teléfono móvil. Pienso si acaso se escapó del Capital, si habría ya encontrado la maleta de billetes antiguos, si se habría ya enamorado. Tiene su propia historia que contar. Al lado de otro andamio, pasa una mujer con un hombre debajo, muy muy hermosa. Lleva el pelo negro en una cola de novia. Vuela. Es la belleza. Mueve las caderas escurriéndose. Pez. Detrás del cristal al sol, un bailarín esmerilado, con el torso desnudo, descansa en una pirueta de nudo. Cuando la deshace, forma con los brazos otro peine. De los vientos.

Entro en la panadería para después seguir bajando la calle. Escribiendo una historia parecida a esta y otras que ya no consigo recordar en mi cabeza.

Ahora frente al ordenador pienso que la utopía es también verde. Como una lechuga de las que cogíamos en el huerto. Con las hojas por fuera que había que limpiar de lo inalcanzable.

                                                                                                 (Gabriel Alix, pintor haitiano).

miércoles, 11 de octubre de 2017

Vuelo retrasado

Escribo desde el aeropuerto. Se retrasó el vuelo de ida y vuelta.

Escribo como si lo hiciera en el cuaderno rojo de mano. Para sacar lo de dentro. Como terapia frente a esta manera mía de seguir viviendo. Sherezade. Como quien se cuenta un cuento.

Busco las historias que escribí estos días atrás en la cabeza. Calles dispuestas, sol, gente con la que me cruzo. Pero no las encuentro. Intento invocar la piel de afuera a la que le ha crecido algo que empieza a parecerse a un cuerpo. Sin máscaras. Células epiteliales dispuestas en capas como en la ilustración de un libro. Acercándose a un sitio de dentro donde quizá esté, si existe y no es más que un holograma en el cerebro, la esencia de lo que soy. No más que una esfera muy pequeña, rellena de una luz que a veces se apaga y otras se enciende. Parpadeante. Corazón.

Soy como una marea, le decía ayer a mi amiga. Subo y bajo. De un tiempo a esta parte he aceptado que me es inevitable. Pienso en un sentido y luego de inmediato en el otro. Quiero hacer y no hacer. Cambio de dirección. No soy un junco flexible. No estoy agarrada a tierra. Simplemente floto. Quizás un alga y no más a la deriva, que a veces naufraga.

Este fin de semana discutí sobre una película como quien se reta a un duelo a muerte. No tenía sentido. Era solo una película. En lo racional necesitaba que me gustase. Era lo que tocaba. Porque si la analizaba y profundizaba en los personajes, podía mantenerla en pie. En la piel, me chirriaba, no me había gustado. Otra vez la piel. Pero necesitaba retar para poder ser yo. Matar. Morirme en la batalla.

Si lo pienso ahora con los dedos sobre estas teclas, sé que tiene que ver con la búsqueda de la identidad. Bucear. Disponer un cuadro de lo que soy. Detrás de la reja cerrada, mujeres de distintas edades esperan quietas. Miran al frente. En la reja hay atado un pañuelo azul. Una señal. Delante de la reja, en el suelo, espera un muerto dentro de una mortaja. Cosida como la de que son arrojados al mar. Hundirse. Amaranta. 

Todo está quieto. Blanco. Quedan las mujeres mirando al frente y el silencio pero el muerto se ha esfumado. Retrato de un fantasma. Queda la mortaja en su dimensión. Pero está vacía. La señal, un pañuelo azul. He aquí un muerto enemigo, un muerto que no nos pertenece, que expulsamos, que sacamos fuera. He aquí un muerto que me ponía en contacto con una parte de mí misma.

Me adelanto, desato el nudo, abro la puerta, no hay ya nada en el suelo. Entra el aire en el cuadro y en la casa. Me muevo. Soy una mujer en tres dimensiones con un delantal puesto sobre el vestido. No miro el camino. No espero a nadie. No busco a nadie. Vuelvo a cerrarla con la certeza de que es una puerta. Subo las escaleras. Me dirijo a la cocina. Un café. Leer un rato con la ventana abierta. Siempre la ventana.

Buscar la identidad. Ser solo una. Capaz. Pisar. Hacer el duelo de lo que ya se fue. Puse tanto empeño en ese pañuelo azul que ataba la puerta de algo que no podía ser. En esas puntadas que nunca quería terminar. Dejar que me duela, que se vaya. Llorarlo.

Escribo en un aeropuerto. Se retrasó el vuelo.

Hoy no había gancho pero si mucha angustia cuando me puse frente a este cuaderno rojo. Ahora siento erizada la piel. Me miro y soy un cuerpo pegado a unos huesos. Reconozco mis huesos. Soy unos ojos. Nadar. Sé que es un proceso largo, porque conozco a esa mujer que se mueve dentro de esa pintura y que se deshace en otras de todas las edades. Miro las arrugas de sus comisuras. Conozco a esa mujer que no se gusta, que se desespera en la espera, que se amputa, que envía a su niña a salvarla, que cose eternamente una mortaja. Conozco a esa mujer que soy yo.

Sé que es un proceso largo. Que me cuesta. Desprenderme. El duelo. Pero siento cierta esperanza cuando pienso en el jazmín que tanto deseaba y que por fin compré y puse en la casa. Como una tabla a la que agarrarme. Rellenar el hueco que había dejado el rosal secado. La ventana al sol. Con sus hojas verdes y tiernas, formando flores. Desde el sofá lo imagino crecido. Puedo ya olerlo.

Al final puede que no fuese algo tan malo ni la película ni este vuelo retrasado.